Monigote logotipo
Menú
  • Inicio
  • Aforismos de juventud
  • Ensayo
  • Obras fuente
  • Contacto
Menú

Categoría: Aforismos de juventud

 

 

 

[hmenu id=1]

Retratos de juventud de Ignacio Iglesias

Sobre la experiencia estética

Publicada el 20 de julio de 202420 de julio de 2024 por Ignacio

No es casual, en modo alguno, que el término ‘Estética’, cuyo significado original se circunscribía al campo de las sensaciones, se haya desplazado en su uso significativo hasta designarse con él la reflexión sobre lo bello, lo sublime y lo “artístico”. Pues el origen y el fundamento de la cacareada experiencia estética es puramente ‘sensacional’: la posibilidad del acontecimiento estético se funda en la capacidad humana de sentir –recibir sensaciones, puras u organizadas en impresiones– poniendo a la vez entre paréntesis, durante un mágico instante preñado de eternidad, toda reflexión sobre dicho sentir. Es entonces cuando la “verdad” del arte acontece: al desaparecer toda (ex)torsión de la emoción por la tenaza verbal (conceptual), el signo se con‑funde con lo significado, con lo que ambos desaparecen, quedando tan sólo la pura manifestación, en orgasmática epifanía, del Ser (es, sin embargo, seriamente discutible que semejante «pura manifestación» –la experiencia estética– exista, acontezca de hecho en toda su pureza; algunos lo juran, pero…).

Si nos propusiéramos acotar reflexivamente la experiencia estética, esto es, si nos propusiéramos encontrar una fórmula verbal siquiera lejanamente e‑vocante (orientada a la apertura) de dicho fenómeno, entonces tendríamos que inventar una forma imposible del verbo ‘ser’ que reuniese en fundamental y plena unidad las tres personas gramaticales; o sea, una palabra (una “idea”, diríamos a la antigua usanza filosófica) que expresase en indisoluble integridad, pero preservando a la vez la plenitud de sus respectivos sentidos, el ‘soy’, el ‘eres’ y el ‘es’. Hay una formulación cristiana alusiva a la imposibilidad de concebir este arcano verbal, cifra absoluta de todo acontecer (de la posibilidad misma de que algo ex‑ista). Se trata del Misterio de la Santísima Trinidad.

 

 

Retratos de juventud de Ignacio Iglesias

Cómo hay que hacer las cosas

Publicada el 18 de julio de 202418 de julio de 2024 por Ignacio

La única manera de hacer las cosas es haciéndolas.

Todo lo que sean preparativos para planear aquello que nos proponemos realizar–siempre y cuando no caigamos en el exceso de preparación, que suele encubrir miedo a la acción o la incapacidad de decidir–, bienvenido sea.

A fin de cuentas, lo que queda es que el movimiento se demuestra andando.

¿Cuándo está uno preparado para pasar a la acción?

No creo que haya reglas fijas al respecto; ni menos, universales.

Hay tipos que son auténticos maestros en el arte de la improvisación; esto es, que disponen de un talento natural para lanzarse a hacer cosas sin apenas previa preparación –y aún así las hacen bien.

Hay otros que son duchos en el arte de la aplicación, entendiendo por tal la correcta interpretación –paso anterior– y traslación –paso posterior– a la acción práctica de lo previamente aprendido.

Maestros, sin embargo, no abundan, –ni en este arte, ni en aquel… ni en arte alguno que merezca tal nombre.

Sólo hay que advertir que la preparación excesiva puede ser tan peligrosa para llevar alguna acción a buen puerto como la falta de preparación. Mientras que acometer una acción, o pretender hacer algo, sin la debida preparación es imprudencia o temeridad –especialmente si la citada acción entraña riesgo para seres humanos, ya sea el propio sujeto de la acción, ya sean otros–, no hacerlo cuando ya se está lo suficientemente preparado –y dado por supuesto, lógicamente, el propósito de hacerlo– es paralización y delata miedo; o falta de autocontrol, inseguridad, nerviosismo, etc. … Miedo a fin de cuentas.

Hay casos, sin embargo, en los que hacer algo sin preparación puede ser, no ya aconsejable, sino incluso un deber moral: se trata de casos de necesidad vital, en los que la supervivencia física –sea propia o ajena– está en juego… Por poner un par de ejemplos: tratar de detener el curso de la acción de un asesino sin ser un experto en artes marciales ni en el uso de armas, cuando no hay otra persona más cualificada que pueda hacerlo; o conducir un vehículo sin saber hacerlo, a falta de conductor, para trasladar a alguien que se está desangrando a un lugar donde puedan salvarlo.

Personalmente, un procedimiento que viene funcionándome bastante bien en los últimos tiempos, es el de fijar plazos de ejecución razonables para el cumplimiento de mis propósitos; a partir de este plazo, resulta relativamente sencillo trazar un plan de preparación adecuado para el propósito en cuestión.

Ahora bien: el plazo de ejecución –o fecha límite en que el propósito debe cumplirse– debe considerarse, por así decirlo, “sagrado” –salvo razones de fuerza mayor–. Lo que quiero decir con esto es que, llegado el plazo del cumplimiento, hay que abstraerse de si uno está o no lo suficientemente preparado para llevar a cabo su propósito y, simplemente, hacerlo.

Lo contrario –darles entrada a cábalas y dudas sobre si uno está o no lo suficientemente preparado, si puede o no hacerlo bien, etc.– no conduce más que a una ansiedad evitable, que a menudo desemboca en la parálisis del propósito –o, peor todavía, en una deficiente ejecución provocada por el exceso de nervios.

Cuando uno, ante un determinado propósito que se ha fijado a sí mismo, se falla en repetidas ocasiones, incumpliéndolo una y otra vez, debe revisar con lupa este propósito, así como las circunstancias, dificultades y motivaciones que implican su posible cumplimiento: porque quizá no sea un propósito adecuado, quizá no sea un propósito lo suficientemente deseado… o quizá sea, simplemente, un propósito de imposible cumplimiento. En tales casos, un examen atento de uno mismo y sus circunstancias, y la consecuente supresión en su vida de propósitos inadecuados, ahorra penalidades, frustraciones y desgastes innecesarios.

Retratos de juventud de Ignacio Iglesias

No soy un incomprendido

Publicada el 18 de julio de 202418 de julio de 2024 por Ignacio

No soy un incomprendido. Soy un incomprensible.

Tampoco puedo comprender a nadie.

No he perdido la brújula. Son los puntos cardinales los que se han desintegrado. Y yo con ellos.

Des-integrado, radicalmente.

El que tenga oído, escuche esta cadencia en su propia caoticidad. El que no, que se meta un dedo en el culo.

No es lo mismo oído que larga oreja.

No es lo mismo oído que destreza de compás.

No es lo mismo oído que dureza de ritmo.

El primero creerá que rebuzno: está oyendo el eco de su propia voz, que rebota en mis palabras.

El segundo sentenciará. “Te contradices”. No le cabe en su razón que el compás puede trazar círculos acirculares. Por eso me río en sus narices.

El tercero me mirará por encima del hombro. No te equivoques, tú: ¿Quién es el acojonado? ––Espectáculo hermoso verte nadar guardando la ropa (ropa de calidad, por supuesto). Al compañero orejilargo le parece admirable y terrorífico: se estremece de pies a cabeza con tu risa de pirata hollywoodiense. El compañero diestro lo encuentra divertido y abominable: Buena música para copas de lujo.

Pero yo…

Yo te escupo a la cara mi verdad, o sea, tu mentira: No soy yo El Cobarde.

Siempre, siempre estoy desnudo: así cuando nado como cuando, tiritando, me estremezco más allá de la orilla.

No tengo harapos con los que cubrir mi soledad. Ni mucho menos trapitos.

Soy El Solitario.

Siempre solo. Sin raíces. Sin estrellas. Sin amantes.

Siempre.

Solo.

Viento y oscuridad: única compañía.

Me chupo, chupo, chupo la sangre.

Me sorbo, sorbo, sorbo los sesos.

Me masturbo, turbo, turbo.

Sin piedad.

Estrello contra mi cabeza el ariete de la locura: espantosos, demoledores ataques de angustia.

Sigo adelante retrocediendo, sin tregua, sin pausa, sin freno.

Hundido en un valle desierto. Hundido en la cuenca del ojo de una luna negra.

Barro al que se le secó el agua.

Agua que flota sin cauces.

Perdido.

Sin direcciones.

Ni hombre, ni bestia, ni Dios.

Un interrogante en la sombra.

La encarnación del único Misterio, sólo si encarnado misterio.

¿Por qué, por qué, por qué?

¿Dónde, dónde, dónde?

¿Dónde estás, mi amante?

¿No hay tú? ¿No existes, alma mía? ¿No hay grieta en el sinsentido?

Con una cuchilla de afeitar me achiné los ojos, me rasgué el escroto, me afeité los pelos del pecho.

Con un puñal me atravesé el corazón.

¡Ven, vampiro, ven, ven a chuparme la sangre antes de que caiga la noche!

¡Ven, lejana, perdida estrella de mi alma, atrévete a acariciar a la pobre Bestia de la Noche!

Envuelve, vuelve, vuélveme en tu útero caliente. Riégame con tu sangre. Antes de que la presión de mis colmillos me rompa las sienes estrujadas.

Acércate, Luz. Reconoce a tu sombra viajera.

Quiero echarte el lazo y trepar hasta ti, para que me ciegues, pequeña estrella errante.

¡Abrázame, tú, sí: Tú!

Mi amada, las montañas, el pasto de los ciervos…

Ignacio Iglesias

Madrid, hacia finales de los 80

  • Previous
  • 1
  • 2

Entradas recientes

  • La filosofía del joven Wittgenstein y el héroe taciturno de las novelas de Dashiell Hammett
  • La segunda vuelta · Prólogo
  • Claves para la segunda vuelta
  • LO QUE UNO TIENE QUE SABER
  • Dos pensamientos

Comentarios recientes

No hay comentarios que mostrar.

Archivos

  • noviembre 2024
  • agosto 2024
  • julio 2024

Categorías

  • Aforismos de juventud
  • Ensayo
  • Obras fuente
© 2026 Filosofía para todo el mundo | Funciona con Minimalist Blog Tema para WordPress
Gestionar consentimiento
Para ofrecer las mejores experiencias, utilizamos tecnologías como las cookies para almacenar y/o acceder a la información del dispositivo. El consentimiento de estas tecnologías nos permitirá procesar datos como el comportamiento de navegación o las identificaciones únicas en este sitio. No consentir o retirar el consentimiento, puede afectar negativamente a ciertas características y funciones.
Funcional Siempre activo
El almacenamiento o acceso técnico es estrictamente necesario para el propósito legítimo de permitir el uso de un servicio específico explícitamente solicitado por el abonado o usuario, o con el único propósito de llevar a cabo la transmisión de una comunicación a través de una red de comunicaciones electrónicas.
Preferencias
El almacenamiento o acceso técnico es necesario para la finalidad legítima de almacenar preferencias no solicitadas por el abonado o usuario.
Estadísticas
El almacenamiento o acceso técnico que es utilizado exclusivamente con fines estadísticos. El almacenamiento o acceso técnico que se utiliza exclusivamente con fines estadísticos anónimos. Sin un requerimiento, el cumplimiento voluntario por parte de tu proveedor de servicios de Internet, o los registros adicionales de un tercero, la información almacenada o recuperada sólo para este propósito no se puede utilizar para identificarte.
Marketing
El almacenamiento o acceso técnico es necesario para crear perfiles de usuario para enviar publicidad, o para rastrear al usuario en una web o en varias web con fines de marketing similares.
  • Administrar opciones
  • Gestionar los servicios
  • Gestionar {vendor_count} proveedores
  • Leer más sobre estos propósitos
Ver preferencias
  • {title}
  • {title}
  • {title}