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Categoría: Aforismos de juventud

 

 

 

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Retrato de juventud de Ignacio Iglesias

Pensamientos ingeniosos de un imbécil de 23 años recién cumplidos

Publicada el 31 de julio de 202431 de julio de 2024 por Ignacio

(tras noche en vela con borrachera incluida)

 

 

 

Cuando uno rebaja sus ideales, está rebajándose entero: lo rebaja todo de sí mismo, ––incluso, hasta las ganas de morir.

*          *          *

De acuerdo: la vida –al menos tu vida– es una apuesta perdida… ¡Pero, muchacho, te creía hecho de otra madera!: ¿Acaso esa inexorable pérdida –llámala “trágica”, si eres aficionado a la grandilocuencia–, acaso ésta tu perdición, es excusa para dejar de luchar?

*          *          *

No hay sentimiento más triste que éste de saberse innecesario: ¡Qué sórdido y asqueroso cuando, en medio de una situación, junto a aquellos a los que considerabas tus amigos, descubres que eres completamente indiferente ––o sea, que, a todos los efectos, da igual que estés o no presente!

*          *          *

Hermann Hesse –y con él, muchos y muy eminentes pensadores y artistas– afirma que los motivos reales, auténticos –“fundacionales”, podríamos decir– de nuestra conducta permanecen siempre al margen tanto de nuestra consciencia como de nuestra voluntad: esto es, ocultos en algún recóndito rincón de nuestro ser, en el rincón de los instintos –el rincón donde se instalarían estas especies de resortes que, supuestamente, nos gobiernan como a muñecos–.

Pues bien: no estoy de acuerdo, ni con Hesse, ni con nadie que piense lo mismo; bien es verdad que los hombres actúan, en innumerables ocasiones, movidos por oscuros, inconscientes, involuntarios y hasta indecibles instintos, deseos o querencias; pero, sin duda, también es verdad que un ser humano es capaz de actuar con arreglo a su clara, consciente, voluntaria –¿decible, indecible?– decisión. A éste lo llamo yo “torero”, pues se atreve a agarrarle los cuernos a su destino, –aún a riesgo de descornarse–. Lo jodido, a fin de cuentas, no es ignorar por qué hacemos lo que hacemos; lo jodido es averiguar que lo hemos hecho porque otro quiso que lo hiciéramos.

*          *          *

¿Por qué no vives de tal manera que, a la hora de mirarte al espejo, te enorgullezca enamorarte de ti mismo?

*          *          *

Algo tienen en común estas palabrejas con los proverbios de Confucio, las máximas de Buda, las sentencias de Mahoma o los preceptos de Jesús: muchos concuerdan en ellos, pero ninguno los practica.

*          *          *

¡Ay Dios mío! Líbrame de esta degeneración: no permitas que llegue a convertirme en un puñetero moralista.

*          *          *

Esto de poner por escrito las normas de un buen vivir… Esta ridícula pretensión de adoctrinar a los semejantes en la esperpéntica aventura de la vida con palabras, seducciones, razonamientos, camelos y caramelos… me parece una putísima mierda. Mucho más vale un beso en la mejilla, una sonrisa sincera, un caluroso apretón de manos, un puñetazo a tiempo.

*          *          *

“Rebajar el sufrimiento a la categoría de costumbre”, dijo una vez Rosa Chacel. Y yo le doy la razón a Rosa: ¿Qué otra cosa mejor cabe hacer, si, desde el principio de los tiempos, los humanos hemos rebajado la costumbre a la categoría de sufrimiento?

*          *          *

¡Qué admirable es aquél que hace el bien sin ni siquiera caer en la cuenta de lo que está haciendo! ––Pues éste, al acometer la buena acción, no ha pensado ni en su deber ni en el derecho de los otros, no se ha sometido a obligaciones morales: el bien le mana espontáneo, su corazón es fresco y tierno como un pedazo de pan recién hecho.

Aunque, por otra parte, ¡Qué admirable es aquél que hace el bien porque –y sólo porque– cree que es lo que debe hacer! ––Pues éste sacrifica sus propios intereses a la bondad, renuncia a su egoísmo, se sobrepone –incluso se contrapone– a la naturaleza: es un mártir del amor (sólo es mártir quien se percata de su martirio).

*          *          *

Te voy a dar una lección, amigo mío, con la esperanza de que la aprendas: yo no soy quién para darte lecciones. Desconfía de mí, jamás se te ocurra juzgarme un valor absoluto: no soy Dios, y si no lo recuerdas, acabaré defraudándote, y dejaremos de ser amigos.

*          *          *

Soy como la espiga de trigo: la más leve brisa la doblega, pero ni siquiera un huracán puede desarraigarla. Por esto ni los más feroces ventarrones son capaces de arrastrar consigo a la endeble espiga: porque ésta se ha humillado tantas veces, conoce tan bien sus inevitables flaquezas, que nunca se creerá Dios.

*          *          *

¿Quieres ser un héroe? ––Mantén tensos tus músculos, vigilante tu consciencia: siempre al acecho de la circunstancia oportuna para tu heroísmo, esperada por él. Puede que sí, puede que no; quizá llegues a ser un héroe.

*          *          *

¿Por qué dije antes que la vida es una apuesta perdida? ––Porque sé que es imposible que llegue a ser el que quiero ser, llegue a tener lo que quiero tener, llegue a vivir tal y como aspiro a vivir. Lo lógico, entonces, sería que me suicidase de una puta vez. Pero… ¡me gusta tanto el acto ilógico de quien lucha rabiosamente aunque –o precisamente por ello– se sepa perdedor! ¡Bendita lucha desesperada!

 

20 de mayo de 1990

Ignacio María Iglesias Labat

NOTA DEL 2024:

Ahora tengo 56 años, y no concuerdo en absoluto con lo de que «quiero ser Dios»: sé perfectamente que no lo soy, y no aspiro ni a «comprender» a Dios (la infinitud es totalmente incomprensible, a Dios gracias).

El yo ideal y el yo real

El yo ideal y el yo real

Publicada el 22 de julio de 202430 de julio de 2024 por Ignacio

Yo. Yo, yo, yo. Yoyó.

Todo lo veo, menos a ti: permaneces siempre oculto, como el ojo detrás de la mirada.

“Yo”. Ay, palabra mendaz y maldita.

Eres una artimaña del lenguaje, ese tramposo que siempre juega sucio, vendiéndonos gato por liebre cuando de conocer la realidad, “lo que hay”, se trata. Este Gran Embaucador entre cuyos barrotes, los signos, estamos fatalmente presos.

“Yo”: ¿Cómo osas aunar en un solo concepto dos objetos tan dispares, tan contrapuestos, tan irreductibles el uno al otro, como lo son el yo ideal y el yo real, el sujeto metafísico y el sujeto empírico?

El primero es esa supuesta substancia que yo me supongo que soy: la cacareada unidad de sentimiento, pensamiento y acción, unidad de cuerpo y espíritu, unidad transcendental. La causa mei et toti, el soporte de todo mi ser y del mundo entero en cuanto mundo por mí conocido.

El segundo es este yo, mucho más cercano y familiar, del que se ocupa la psicología: el yo que yo realmente soy: un amasijo multiforme de innumerables instintos, impulsos, pulsaciones, tendencias, deseos, aspiraciones, sentimientos-pensamientos, ideales, actitudes, actuaciones, acciones, amagos, posturas, posiciones, disposiciones, gestos, señales, imágenes, reflejos, suspiros, huellas, figuras… mezclados unos en otros y otros en unos y todos en mí; un anárquico ovillo hecho con un sinnúmero de hilos a los que enreda una precaria experiencia común; una enloquecida mascarada donde bailan infinitas identidades, persiguiéndose y rechazándose mutuamente, atrayéndose y eludiéndose, descubriéndose y encubriéndose. Engañándose y engañándome. Tantas máscaras, en fin, que ya no me reconozco en ninguna de ellas, ya no sé cuál es mi auténtico rostro, si es que tengo alguno.

Ignacio Iglesias con arcadas

El mundo de los impotentes

Publicada el 22 de julio de 20244 de agosto de 2024 por Ignacio

El mundo de los impotentes está hecho de condicionales contrafácticos, o sea, de lo que podría haber sido si no hubiera sido lo que fue.

Yo soy un impotente. Y me doy cuenta de que si hubiese hecho esto ayer o lo otro siete años atrás mi vida sería diferente, y yo quizá no fuese ahora el monicaco que en efecto soy.

Siempre igual: toda la vida agarrado a la cola de la vida intentando subirme sobre sus lomos, cometiendo sucesos a fin de remediar, o anular, o compensar el efecto de otros sucesos que jamás tenían que haber sucedido. Y mi identidad, mientras, extraviada en este oleaje de sucesos, siempre temerosa y frágil, soñando con llegar algún día a tierra firme.

Soy un vencido, una derrota, una apuesta perdida, el fondo del agujero. Soy una lágrima que baja rodando por la cuesta de la vida y que, como la vieja bola de nieve, no hace sino crecer mientras rueda por la pendiente.

Y el Mundo, el mundo es un gigantesco chicle de menta al que hace siglos se le gastó su sabor. Y ahora tiene mal aliento. Mi mal aliento. El mundo es el espejo en el que se impregna el vaho de mi mal aliento. Es el pulmón que todo lo respira y que me devuelve este pútrido aliento, haciéndomelo tragar por la boca y la nariz y las orejas y hasta por el culo.

Al fin y al cabo, ¿qué es el Mundo sino mi mundo, sino el mundo tal y como yo lo veo y lo siento clavarse en mis carnes y mi sangre? Yo soy el mundo, soy su retrato mal hecho. Soy ese chicle gastado al que toneladas de inmundicia han ahogado su sabor y su voluntad.

¿Qué puedo hacer? –Caramba, pues, o apago la luz, o ¡me compro otro chicle de menta! ––A ser posible, de mejor sabor y mayor duración que éste que mastico. ––Aunque también puedo comerme un chicle de fresa y volverme definitivamente loco: ver la vida… ¡de color de Rosa!

Ésta es mi única salida: convertirme en una canción y redimirme haciendo bailar al Mundo.

Tantas cosas destruídas a mi alrededor. Tanta desolación por fuera y por dentro. El Mundo en ruinas, y yo, en él, un yermo desierto. Cuánta sequía en mi alma. (Tengo que exprimirla, y arrancarle hasta la última gota de su llanto: que llore, que llore un espumoso océano de vida en el que bañarme y renacer luego hecho un sol.)

El mundo está equivocado, y empieza a parecerme que yo sólo voy a estar de acuerdo con él cuando me haya vuelto un maldito cadáver. El otro día soñé que me clavaba un puñal en el corazón y luego visitaba mi tumba. “A este impotente lo mató el ansia de vivir”, rezaba mi epitafio.

El Mundo es una equivocación o Yo soy una mentira o las dos cosas a la vez. La Vida es un túnel lleno de púas haciéndonos agujeros. La Humanidad, un genérico montón de muñecos retorciéndose sobre las brasas de su impotencia.

Unos lo hacen mejor y otros lo hacemos peor. Algunos están hechos de amianto y son lo que se dice Triunfadores (¡Un hurra por ellos!). Los mejores son ¿valientes? soldaditos que se abrasan con gusto por Amor a alguien o a algo. A mí de nada me ha valido llevar tantos años jugando a que soy un Duro y que por eso no me quema. En el fondo estoy hecho de cera, la cual se derrite con facilidad. No soy un tipo apto para vivir esta perra vida (eso para los fuertes, los listos y los tontos). Todo me duele, todo me lastima, soy un blandengue. Soy un pecado, porque tenía que haber nacido siendo Dios. Ya que no me fue posible, me gustaría ser Satanás el Soberbio. Pero tampoco soy capaz. Satanás es poderoso y dinámico. No llora como lo hago yo a todas horas. Yo soy un pobre diablo.

Soy un alcohólico.

Pero esto se acabó. Hasta aquí hemos llegado. Se acabaron los malos rollos y la impotencia, se acabó también mi alcoholismo. Por fin me he construído mi torre de marfil, una torre de marfil en una isla paradisíaca. En realidad, ni la isla ni la torre existen sino en mi cabeza. Pero qué más da. Me basta con amarrarme a mi mesa de trabajo, bolígrafo en mano y montones de papel delante, para alcanzar la redención.

Por fin, a fuerza de una introspección exhaustiva, he empalmado vida y filosofía en una sola línea maestra. Ahora sólo tengo que dibujarla, tarea sin embargo nada fácil, puesto que jamás se ha visto línea tan enrevesada y encima me tiembla el pulso.

Pero antes, antes he de expulsar de mis entrañas a todos los demonios que las corroen y a toda la mierda que las anega. Operación de limpieza que sólo puede llevarse a buen término mediante la aplicación de la vieja técnica curativa homeopática. Debo, pues, dejarme barba, ponerme los cuernos y el rabo, y lancinarme con el tridente. Debo volverme un excremento.

A fuerza de tenacidad e incontinencia en todos los vicios, lo he conseguido. He caído lo más bajo que se puede caer. Me he vuelto un degenerado absoluto; un borracho, una babosa, un blasfemo, un sacrílego, un pervertido –puta, homosexual y sadomasoquista–, un violador, un asesino. Me han golpeado, pisoteado, violado, sodomizado y crucificado. He golpeado, pisoteado, violado, sodomizado y crucificado. Me he perdido todo el respeto y se lo he perdido también al mundo. No queda en mí ni un solo vestigio de valía. Ya nada tengo que perder, ya nada puede hacerme daño. He aquí, desnudo, el fundamento sobre el que identificar mi identidad, el estiércol de abono para un espíritu en proceso de purificación. Pero es duro, muy duro, acostumbrarse a la negra y áspera miseria de uno mismo. Es difícil sostenerse la mirada: uno se marea, y siente miedo de sí mismo, pánico de los pozos negros de su alma. Hace falta valor para afrontar la propia Leyenda negra, ésa que cada cual porta en su interior. Tiene uno que armarse de un ánimo bien templado a fin de no sucumbir ante los terribles hallazgos que le depara el escarbar, a fondo y decidido a no detenerse ante nada, en las zonas prohibidas de su persona. Porque bien puede averiguar que es aún más asqueroso de lo que creía ser.

 

 

Ignacio Iglesias sorprendido

Yo y yo

Publicada el 22 de julio de 2024 por Ignacio

—¿Quién eres?

—Yo soy tu Yo transcendental.

Soy aquel que está siempre detrás de ti –como el ojo lo está detrás de la mirada.

Soy tu “yo pienso”, el hilo invisible que engarza tus pensamientos en una misma consciencia.

Soy, dicen, la causa agente de tu obrar, pero eso está muy alejado de lo que te acontece en realidad: tú danzas al son del primer aire que te sopla.

Yo soy una semilla rara y delicada que en el baldío terreno de tu alma –repleta de malas hierbas– jamás florecerá. Soy el destello en tus ojos de una Luz inalcanzable. La distancia inconmensurable que te separa de las estrellas. Soy las Alas que tú echas de menos.

Soy tu quiero y no puedo. Lo mejor de tus sueños. Tus más altas aspiraciones.

Soy la parte más pura y noble de tu ser (aquella que no te pertenece). Soy tan noble y puro que no existo.

Soy una ilusión: tu ilusión necesaria.

 

—Y yo… ¿Quién soy yo?

—Tú, pobre infeliz… eres el desdichado yo de carne y hueso a mí correspondiente. Eres la sombra de una ilusión, la huella de una fantasía, la historia de una Impotencia.

Eres mi fracasado espejo: ese espejo que, en su infructuosa tentativa de reflejarme, se quiebra en millones de añicos de vida; ese que, al intentar atrapar en sí y para sí mi sublime imagen, se fragmenta en un sinfín de caras, gestos, momentos, recuerdos, pasiones, actitudes, acciones, suposiciones… Eres la reacción de una acción imposible.

Eres un susurro perdido en un enjambre de alaridos (y uno y otros forman parte de ti). Un niño despedazado por una manada de voraces alimañas (y tuyos son el llanto del niño y los afilados colmillos). Un débil hombrecillo maltratado por fuera y por dentro, a la entera merced de las circunstancias. Un llorón al que todo le lastima (lo que le hacen y lo que hace, lo que deja de hacer y lo que le dejan de hacer).

Eres una lucha a muerte contigo mismo –y ambos pereceréis–. Un toro que se embiste a sí mismo, y en cada embestida se deja los cuernos, pierde otro trozo de identidad. Una legión de desalmados “en guerra de todos contra todos” en el desolado desierto de tu alma.

Eres un hatajo de valoraciones, ideales e instintos. Un tropel de sucios y nobles instintos. Una avalancha de buenas y malas intenciones –una piedra más del infierno–.

Eres un montón de carne, huesos y excremento, con una pizca de principium vitae. Eres un pedazo de carne duro y corniforme, frenético por acertar en el agujero; eres también ese agujero ansioso de ser acertado.

Eres el sinfondo de una botella de whisky. Un saco roto de vicios. Las cuatro patas de una borrachera y la pesantez de la consiguiente resaca. El mal sueño de una indigestión. La malavida, la malasangre, tu propia perdición: un pozo tapiado.

Eres una voz enronquecida por las circunstancias y el humo del tabaco. Eres un viejo de alma chepuda.

Eres barro herido por el aliento divino, monigote a la imagen de Dios, pedorreta del Creador, ángel caído, hijo bastardo de Dios. Eres una acometida a todo lo sagrado. Eres un Pensamiento impuro, un sentimiento prohibido. Eres el revólver que le reventó los sesos a Pepito Grillo.

Eres Narciso cuando se desenamoró de sí mismo.

Eres el signo de los significados que los otros atribuyen a ti. Un insignificante puñado de consideraciones ajenas. Un muñeco más. Una peonza que gira desatadamente sobre sí misma, sin fuerzas para frenarse.

Eres una puta preñada de herejías, eres una histérica.

Eres el arrepentimiento que siempre llega tarde.

Eres una malhadada consecuencia de la Ley de Vida. Un jodido efecto de quiénsabequé causas. Un argumento equivocado, una falsa solución. Un punto ficticio del Universo.

Eres una lánguida y romántica estela de llanto. Una maldición del Universo, el resultado de tu orgullo contra la Conjura de los Elementos. Eres un desecho de las Estrellas, el detrito de un Hombre, el desdeño de una Mujer, la burla de un Niño.

Eres Amor y Muerte: Ansiedad. Eres un aullido a la Luna. Sangre de lobo. Eres Autodestrucción indestructible. La espiga, que por más que el viento la echa abajo siempre vuelve a levantarse. Eres una mala salud de hierro, la enfermedad mortal de un inmortal.

Eres los Doce Trabajos de Heracles, el trabajo de Sísifo, el suplicio de Tántalo, el castigo de Prometeo, la cólera roja de Zeus…

Eres el sinsentido de la vida. Eres las ganas de vivir. Eres más chulo que un ocho.

Eres todo esto, y aun eres mucho más.

Eres, en una palabra, un Laberinto. Pero, amigo: también eres la salida de ese laberinto.

 

—Dime, por favor, ¿dónde está la salida?

—Soy Yo.

 

 

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Tocando fondo

Publicada el 22 de julio de 202422 de julio de 2024 por Ignacio

Se habla a menudo del amor propio; en cambio, se ha hablado poco del pánico propio. A éste le es constitutivo el primero: no cabe el miedo a uno mismo en quien reina un desprecio absoluto de sí. Dicho miedo sólo puede aparecer en quien en alguna medida se quiere. (Quizá habría que añadir que esta medida ha de ser, probablemente, una gran medida.)

Quien experimente el “pánico propio” o miedo de sí experimentará, en rigor, muy poco de lo que aquí voy a decir. Para empezar, es bien difícil encontrarle justa expresión a los sentimientos humanos. Pero, además, en la medida en que los presentes apuntes sobrepasan la mera expresión de sentimientos, esto es, en la medida en que constituyen una tentativa de racionalización de ciertas experiencias sentimentales, implican, como toda racionalización del mundo afectivo, una deformación de tales experiencias. Deformación que es, por así decirlo, el “impuesto” que se paga por efectuar el tránsito de la experiencia a la reflexión conceptual, del sentimiento al pensamiento.

En primer lugar, la “vivencia”, o “sentimiento”, o “experiencia”, no se corresponde, ni mucho menos, enteramente con su concepto… Se corresponde, en todo caso, como se correspondería un ser vivo con el cadáver en que luego se convertirá. Y ni siquiera esto. Pues hay un sinnúmero de vivencias carentes de correlato conceptual; y a la inversa, unos cuantos conceptos que son puro artificio de la razón.

Pero, en segundo lugar, incluso aunque se supusiera un ingenuo isomorfismo entre la vivencia y su concepto, nada aseguraría entonces una nueva correspondencia: la que habría de darse entre el encadenamiento intelectual de conceptos, y el encadenamiento real de vivencias.

En tercer lugar, el problema se agudiza cuando caemos en la cuenta de que la justificación racional de nuestra experiencia requiere cadenas de conceptos que se remontan, eslabón tras eslabón, a conceptos de segundo, tercer, …, enésimo orden, esto es, conceptos alejados de nuestra –ya remota– experiencia inmediata. Y entonces sí que nos encontramos definitivamente perdidos: porque nuestros conceptos “meta-físicos” no admiten confrontación directa con la experiencia.

En efecto, dada su naturaleza metafísica, habrían de corresponderse con entidades reales homólogamente metafísicas; mas, ¿cómo se manifiesta la existencia de entidades metafísicas? –Por definición, no se manifiesta, no puede hacerlo. Quedamos, pues, condenados a la confrontación indirecta, a la frágil cuerda floja del “Todo concuerda (por ahora)”, que en cualquier momento puede romperse.

En fin. No podemos embarcarnos –estábamos a punto de hacerlo– en disquisiciones epistemológicas que nos forzarían a reconsiderar, desde sus cimientos, el edificio entero de la filosofía (¿Qué edificio?). Espero que se me disculpe, por otra parte, la superficialidad simplificadora con la que he tratado el problema del conocimiento, puesto que no es él el objeto de mis apuntes. En realidad, lo que quería decir con tanta palabrería no es sino que el requisito de la inteligibilidad (inexcusable en todo mensaje que se quiera comunicable) impide que lo aquí escrito llegue a ser más que un pálido reflejo de lo que acontece realmente bajo nuestro torturado pellejo. Mas quizá esto sea suficiente, al menos para quien haya padecido en sus propias carnes los inquietos y tenaces sentimientos que aquí intento describir y, en la medida de lo posible, explicar.

No aspiro, pues, sino a facilitar la evocación del dolor que produce la mordedura del “pánico propio” (lo que justifica el frecuente recurso a modos de expresión más propios del género poético que del filosófico), así como a suministrarle a dicha mordedura alguna que otra explicación plausible (en la que, por otra parte, tampoco confiaré demasiado). Y, al fin y al cabo, ¿pueden acaso llegar más lejos nuestros pobres aparejos conceptuales? (Aquí serían pertinentes, entre otras muchas, las reflexiones de mi colega Simón Royo sobre “la sinestesia de los pensamientos”, sinestesia que sólo puede hacerse efectiva merced a la colaboración del receptor del mensaje. En efecto, lo que no puede poner en palabras el autor, debe suplirlo el lector, y tanto al uno como al otro compete la correcta añadidura de lo indecible a lo dicho: el autor debe escribir con la suficiente precisión evocadora; el lector debe llevar dentro eso que se pretende evocar.)

Hay que distinguir entre el amor propio y el mero instinto de supervivencia: todo bicho viviente se aprecia a sí mismo en tanto que quiere seguir vivo, en cuanto que quiere seguir siendo. (“Instinto de persistencia”, diríamos, si enfatizamos el ansia de ser –de no dejar de ser– del individuo, en lugar del ansia de vivir. Pero este énfasis en el ser podría dar pie a una generalización probablemente falsa: afán de ser de todo ente, sea o no viviente.)

Cuando nos amamos a nosotros mismos, lo que amamos en realidad es una imagen de nosotros mismos: uno no puede abrazar a su yo como abraza a su amante en la cama. Sobre esa imagen “egótica” proyectamos lo que sabemos y/o creemos ser; y también, sin duda alguna, parte de lo que queremos ser (lo seamos o no de hecho). Pues no puede haber amor hacia uno mismo si no se es, al menos en alguna medida, lo que se quiere ser. –Lo cual muestra una diferencia fundamental entre el amor propio y el instinto de supervivencia: frente a éste, aquél no es incondicional. (Además, el amor propio es autoconsciente.)

Hay en el amor propio, pues, una proyección, sobre el yo imaginario (proyección de lo real o de lo ilusorio), de lo que uno quiere de sí mismo. Tan significativo es lo proyectado en esta proyección, como lo que en ella se omite. Del mismo modo que uno puede proyectarse ante sí mismo como lo que no es, puede también no proyectarse como lo que es.

El “pánico propio”, en caso de germinar, hunde sus raíces en la tensión existente entre el “ser” y el “querer ser” del sujeto en cuestión. Está, entonces, estrechamente emparentado con el amor propio: éste demanda una elevada imagen egótica, cuyo contraste con el ser efectivo es condición necesaria para el conflicto del que nace el miedo de uno mismo.

Todas estas consideraciones no valen un duro. Cambio radical de estrategia.

Exhortado por el terrible “conócete a ti mismo”, miro en mi interior, y lo que veo me hace sentir vértigo. Escarbo en las entrañas más profundas de mi alma y, en este inquisitorial removerme por dentro, levanto hedores que lo tumban a uno por su pestilencia.

A poco que me investigo descubro que, no sólo no soy quien quiero ser, sino que, además, soy, precisamente, quien no quiero ser.

Ráfagas de viento helado sacuden mi espinazo. Siento frío interior, porque otra vez se apaga el sentido del mundo y de mi vida. Es el eterno miedo a mí mismo. Miedo a la ignorancia de mi autoconsciencia; miedo aún mayor a su sabiduría.

Miedo terrible, de una parte, a no saber de mí todo lo que me convendría saber, a fin de conducirme rectamente. Y miedo mucho más terrible, de otra parte, a averiguar de mí cosas que jamás querría saber; cosas que preferiría ignorar, también a fin de conducirme rectamente –a fin de poder conducirme siquiera de alguna manera.

En efecto: hay determinadas cosas (tendencia, impulsos, deseos… sentimientos) inherentes al ser de ése que yo soy que no me es dado conocer (pregúntaselo a Freud, ese neurótico marrullero que alivió su neurosis echándola sobre los hombros del resto de la humanidad). Mas también hay otras cosas (del mismo género que las anteriores) entre las que llevo dentro, que me aterraría conocer (también se lo puedes preguntar a Freud –pero éste no conoce toda la respuesta).

En pocas palabras: no podemos saberlo todo acerca de nosotros mismos; mas tampoco queremos saberlo todo.

En ese no-poder, en esa imposibilidad de la autoconsciencia total consiste cierta impotencia humana (uno de los modos de la impotencia humana). De este no-querer, de esta indeseabilidad de la autoconsciencia total deriva cierta mendacidad humana (uno de los modos de la mendacidad humana: la mendacidad necesaria). Lo esencial de esta mendacidad no estriba en que, con ayuda de retóricas, logremos engañar a los demás; lo esencial, antes bien, es que nos engañamos, en primera instancia, a nosotros mismos.

Un cura ingenuo y bonachón –J.L. Martín Descalzo, en el Blanco y Negro nº …– asegura que bastaría un cuarto de hora de oración “a lo” San Ignacio de Loyola para erradicar la melancolía de nuestro sentir: y ello porque –sigue asegurando– no hay más que mirar al fondo de nuestra alma, para ver que lo esencial de ella se mantiene intacto a los embates de la vida: nuestros desvanecimientos vitales sólo afectan a la “corteza”, a la superficie.

Quizá precisamente en esto radique la grandeza de los santos: en su capacidad de salir fuera de sí mismos y depositar su alma sobre un fondo inhumano (un fondo suprahumano: divino). Pero nosotros, los de la raza maldita de los filósofos, empeñados como estamos en desentrañar lo que en realidad somos –lo consubstancial a nosotros en tanto que seres humanos– encontramos, al mirar hacia el fondo de nuestra alma, que ésta gravita temblorosa sobre abismos de insondable negrura: simas y pozos amenazadores que sospechamos fundamentalmente poblados de acechantes bestias negras.

Muchacho, es peligroso acercarse a esos abismos. Esto inquieta, agita, aviva, excita a sus moradores, las bestias negras. Aléjate, pasa de largo, no detengas tu oído: ¡Ya la estridente jauría de alaridos perfora tu cabeza! ¡Huye mientras puedas! No te pares, no las mires, no se te ocurra mirarlas con ojos demasiado curiosos, no oses mirarlas frente a frente: ¡Ya desgarran tu alma sus mortales zarpazos!

Son las Huestes Negras, a las que tu mórbida curiosidad sacó de su infecto cubil, y que ahora avanzan, avanzan frenéticas, imparables, enardecidas, devorándolo todo a su paso, tiñendo el mundo de gris, apoderándose de tu alma, carcomiéndote la cabeza, enloqueciéndote, empujándote a la hasta ahora demorada Autodestrucción.

Esto –estas malditas bestias negras que llevamos en nosotros encerradas, pruebas vivientes de nuestra congénita bastardía– es lo que mueve a los humanos a escapar de sí mismos: ya sea pegándose un tiro en la sien, ya entregándose a Dios y así santificándose. (A la mayoría, sin embargo, le basta con cerrar los ojos –“ojos que no ven corazón que no siente”– y seguir circulando.)

La escalera mecánica (epílogo)

La vida es una frenética carrera sobre una escalera mecánica. Tú corres desesperadamente hacia arriba, mientras la maldita escalera te arrastra hacia abajo.

—Si mueves el culo con la suficiente rapidez –apunta la experiencia–, puedes contrarrestar la velocidad de descenso de la escalera. Y si aún aumentas el ímpetu de tu movimiento de culo, entonces conseguirás avanzar en un sentido absoluto, o sea, acortar la distancia entre tu culo y tu meta: la salida superior, el final de la escalera.

—Pero jamás, por nada del mundo, se te ocurra detenerte a descansar –advierte de nuevo la experiencia–. Porque entonces, mientras recuperas el resuello fumándote un bien merecido pitillo, la escalera, sin que tú te apercibas de ello, te devolverá abajo. Y, cuando quieras darte cuenta, estarás como al principio; como al principio, pero el doble de cansado y de viejo, ya que los años no pasan en balde.

Y es que la vida es lucha eterna, incesante y dura refriega en la que nada hay más fácil que perder lo antaño conquistado: basta con quedarse quieto, con no añadir nuevas conquistas a las ya ganadas, para acabar perdiendo también estas. (Quién sabe, quizá la “meta” sea sólo una excusa: quizá corremos, no tanto para llegar arriba, sino para no caer abajo, en el principio de la escalera, en ese pozo desfondado que somos nosotros mismos).

Tratamos de exorcizar nuestros demonios y nuestras impotencias mediante acciones. Pero no caemos en la cuenta de que el exorcista no es la acción en sí, sino el propio hecho de actuar.

De este modo, creemos que un acto valiente nos vuelve hombres valientes; una buena obra, seres bondadosos; una acción heroica, héroes; una dádiva generosa, espléndidos de corazón.

Y, claro, nos aturdimos cuando una situación comprometedora nos pone de nuevo a prueba. Habíamos creído que, una vez conquistada –conquistada por una vez– la valentía, o la bondad, o la grandeza, o la prodigalidad, seríamos capaces de afrontar y superar sin esfuerzo cualquier otra circunstancia que nos adviniese. Pero ahora vemos que no es así.

—Vemos que temblamos, o sudamos, tanto como aquella primera vez, o más, si cabe, puesto que al temor original se le añade ahora el temor a la decepción, el miedo de no estar a la altura de las expectativas que albergaban o albergábamos respecto a nuestro poderío.

Vemos que no existe la redención en este mundo: porque no hay acto o serie de actos que nos redima. A no ser una acción continua, un hacer constante, un dinamismo plenamente actualizado, un no parar: no-dejar-de-superarse-a-sí-mismo hasta caerse muerto. ¡Combate hasta que revientes!

Madrid, diciembre de 1990

 

 

Are you bipolar?

El signo de los significados

Publicada el 22 de julio de 2024 por Ignacio

¿Quién soy?

Lo que los demás piensan de mí.
Soy la antípoda del yo cartesiano,
soy el signo de los significados
que los otros atribuyen a mí.

Es paradójico
que para saber quién soy
tenga que interpretarme a mí mismo.

Añoro la suerte de aquellos
cuyo ser quedó para siempre estampado
en la imborrable consecuencia
de una acción
que les hizo ser Alguien.

 

 

Ángel y demonio

Transitando la senda del dolor

Publicada el 22 de julio de 2024 por Ignacio

Salmo desde los infiernos,
transitando valles tenebrosos.

 

En cuestión de horas, todo se te va de las manos.

La percepción del dolor, tanto del ajeno como del propio, se intensifica exponencialmente hasta hacerse insoportable, conquistada por avalanchas de sufrimiento y de sombras.

Somatizas todos los males, tanto los tuyos como los de otros. El estómago se contrae negándose a ingerir alimento. Los achaques, dolores, trastornos y padecimientos se ceban en ti.

Pierdes pie y te abandonas a los demonios: sucumbes a las dentelladas de las tentaciones infernales que, sin poder evitarlo, tú mismo invocas.

En el sueño tampoco hay cobijo, sólo agonía y pesadillas. Bestias negras.

El pánico multiplica tu ansiedad brutal e incontrolable. El impulso de la auto aniquilación por inanición, inacción y desesperación se desata ingobernable, sometiendo tu voluntad.

La autoestima desciende a temperaturas glaciales que te abrasan.

No hay cobijo.

Es sólo un presentir: sabes que la cosa se va a endurecer.

Y que sólo hay un camino:
postrarte ante tu libertad, ejerciendo la elección imposible.

Y seguir adelante.

Pase lo que pase.

Oh jefe, que no existes y nunca mandas: provee lo imposible.

 

 

Ignacio Iglesias desde su estudio mirando al exterior

Una reflexión sobre el tiempo

Publicada el 22 de julio de 2024 por Ignacio

Hace unas horas, pensando en unos objetivos definidos que me propongo cumplir sí o sí en los plazos fijados, he pensado: «Estoy luchando contra el tiempo».

Pero, cavilando sobre la expresión, le he dado una segunda vuelta y me he dicho a mí mismo: «Es absurdo: No se puede luchar contra el tiempo. Es una guerra perdida de antemano, siempre vas a fracasar… Es mejor viajar, no «contra«, si no «con» el tiempo: acompañarlo de la mejor manera posible y, si acaso, pedirle humildemente que te ayude a conseguir tus objetivos, esperanzas, anhelos…

En conclusión, podría decirse respecto al tiempo lo mismo que los filósofos estoicos latinos referían respecto al destino: «fata volentes ducunt, nolentes trahunt«; que viene a significar algo así  como: «El destino conduce amablemente a los que lo aceptan; a los que no… ¡Los arrastra miserablemente!»

 

 

Carnés de biblioteca de la facultad de filosofía de Ignacio Iglesias

La muerte es vida

Publicada el 22 de julio de 2024 por Ignacio

La vida está atravesada de muerte en todos sus momentos. Más aún: la muerte es el momento estructural decisivo de la vida, ya que es la condición necesaria de su renovación. Toda muerte está generando vida desde el instante mismo en que comienza a producirse (el proceso de descomposición, orgánica o espiritual, es simultáneamente proceso de recomposición de la vida).

Al ser la muerte ‘momento’ de la vida, y no ‘tiempo’ como ésta, puede entenderse siempre como la misma cosa: el concepto de muerte es descomponible en la pluralidad de muertes efectivas (todas idénticas en su acontecer, circunscrito éste al estricto instante en que cada viviente muere), porque su fundamento es puramente subjetivo (sólo muere, en cada caso concreto, un sujeto viviente). Por el contrario la vida, al ser su fundamento siempre suprasubjetivo (hay vida mientras haya sujetos que viven, independientemente de que unos mueran y otros nazcan ocupando su lugar), no es inteligible como concepto, sino sólo como entidad positiva y singular (‘entidad positiva’, en un doble sentido: positiva como afirmativa; y positiva de ‘posición’, ‘posición’ de ‘poner’: la vida ‘pone’ a los entes vivientes, y en ellos ‘se pone’ a sí misma).

Paradójicamente (en la realidad vital, siempre paradójica, no rige el principio lógico de no contradicción), la vida debe su singularidad al doble hecho de que es trascendente a cada sujeto concreto y, a la vez, sólo posible si encarnada en sujetos concretos. De este modo la vida es integradora: omniabarcante desde la particularidad de cada sujeto. Es incomprensible, puesto que es imposible adoptar los puntos de vista de todas las formas vivientes (lo singular es ininteligible en su mismidad: sólo captamos lo que de universal o de nuestro hay en ello). Por lo tanto, la vida contiene a la muerte y va más allá de ella.

La vida triunfa de continuo sobre la muerte. Pero esta victoria no se obtiene sin rendirle a la de la guadaña su funesto tributo. Es una victoria dolorosa, trágica. En la lucha existencial entre la vida y la muerte (o tensión entre el tiempo y su momento —momento, y no momentos—, pues en rigor sólo existe el momento presente; y ni siquiera éste: el concepto de ‘momento’ es tan ficticio como el de ‘punto’ en física espacial), en esta lucha, sucumbe en todos los casos el viviente: esa endeble composición orgánica dotada de una aparente autonomía funcional y, ocasionalmente, también de ínfulas espirituales; desde el protozoo monocelular hasta los más complejos entes racionales, respecto a los cuales aún está por probar que su existencia no constituya una enfermedad del presente mundo.

 

 

Fotos de fotomatón de juventud de Ignacio Iglesias

La presunta sabiduría natural

Publicada el 22 de julio de 2024 por Ignacio

Cuántas veces los filósofos han depositado una ingenua, optimista e injustificada confianza en el siguiente argumento –que, como todo argumento ontológico, comienza por afirmar precisamente aquello que trata de probar–: “La realidad debe con-formarse al intelecto humano. Pues, si no fuera así, sería como si la naturaleza hubiera dispuesto en alguna de sus criaturas la necesidad fisiológica del hambre, sin proveerle al mismo tiempo de la posibilidad de alimentarse; lo que no conviene en absoluto a la portentosa sabiduría que la naturaleza revela en todas sus manifestaciones.”

Pero, vamos a ver. En primer lugar, ¿dónde está escrito que la mater Natura sea “sabia”? ¿En sus “manifestaciones”? Es evidente que concluir la sabiduría de la naturaleza en base a sus manifestaciones no es la única lectura posible de tales manifestaciones; con el mismo derecho puede sostenerse, sobre esta base empírica, que la naturaleza es ciega, mema, caprichosa, carente de todo orden y designio racionales. Esta afirmación es sostenible aún cuando la naturaleza responda provisionalmente a nuestras previsiones: ¿Cómo no va a hacerlo, si la esclavizamos, la violamos, la sodomizamos? También la mula de carga, ciega y con orejeras, “responde” como queremos que lo haga cuando la apaleamos. Pero, ¡ojo!: Cuidado con la coz, que llega tarde o temprano, y puede pillarnos por sorpresa.

Suponer una mayor o menor “inteligencia” en la naturaleza, atribuirle una mente privilegiada o concebirla oligofrénica, es incurrir en el más grosero de los antropomorfismos.

Pero, incluso aunque supusiéramos que la naturaleza es, en efecto, “sabia”, no por ello quedaría automáticamente convalidado el susodicho argumento “filosófico”; pues, ¿acaso hay una implicación necesaria, como sostenía Sócrates, entre “sabiduría” y “bondad”? ¿El segundo de estos conceptos se contiene en el primero? O sea: Que la naturaleza sea “sabia”, ¿significa que también tiene que ser “buena”?

¿No será la naturaleza, más bien, una pervertida, una enferma mental, una psicópata incurable, una entidad taimada? ¿No puede ser acaso una progenitora despiadada y cruel? Un análisis frío y sosegado del carácter del devenir natural inclina la balanza en favor de esta tesis antes que de su contraria: ¡Tantas especies animales inmoladas al sublime y sagrado proceso natural pomposamente denominado “la evolución”! Y el animal auto-situado en la cúspide de dicha evolución natural, ese pegote de barro con una pizca de divinidad… ¡Qué ridícula e impotente criatura, permanentemente insatisfecha, siempre in-cierta de sus certezas! Más que los Señores del Cosmos, parecemos la broma pesada de un demiurgo cachondo, una jugarreta de mal gusto, el pus de un quiste de la creación.

La intencionalidad

Publicada el 20 de julio de 2024 por Ignacio

La única manera que tiene la conciencia pensante de rehuir el absurdo existencial, su único modo de introducir en la tragedia de la vida una cuña de sentido que torne valioso lo vivido, consiste en aventurar el posible funcionamiento teleológico de la realidad vital. Surge entonces la cuestión de si la vida misma no estará provista de inteligencia: pues, de no ser la vida inteligente, resultaría una increíble casualidad que caminase hacia fin alguno. Si la vida tiene una inteligencia, esta inteligencia es sin duda Dios. (Cfr. con el concepto wittgensteiniano del Supremo: “Dios es el sentido del mundo”.)

La teleología acaba, pues, conduciéndonos a la teología (no es caprichosa la recurrencia histórica con que se presenta el argumento teleológico de la existencia de Dios, cuya formulación paradigmática encontramos en una de las vías tomistas. El viejo doctor Kant le dedica una especial atención. Lo que es indudable es que todo argumento de este tipo arranca de una manifiesta petición de principio, para la cual hay infinitas razones aducibles a favor y en contra: la tesis de la constitución teleológica del mundo). Y la teología, a su vez, funda el discurso de la teodicea: Si Dios es la inteligencia de la vida, cobra sentido la existencia humana. En tanto entes rudimentariamente inteligentes, estaría en nuestras manos la posibilidad de ejercer una función rectora en la realidad, contribuyendo así a su gobierno por parte de la vida, cuyo entendimiento sería Dios.

 

 

Retratos de juventud de Ignacio Iglesias

La dimensión trágica

Publicada el 20 de julio de 2024 por Ignacio

La posición filosófica coherente con la emoción es la posición trágica. El hombre trágico se caracteriza por juzgar la realidad desde la perspectiva de la vida –su vida–. En otras palabras: se caracteriza porque mide todo juicio o consideración sobre la realidad por su rasero estético; y, desde el punto de vista estético, la cosmo‑visión más valiosa –más hermosa– es aquélla que interpreta al hombre, un tanto narcisistamente, como un ente grandioso en su pequeñez: “Estoy destinado a la perdición –clama el personaje trágico–; pero no por ello voy a dejar de luchar: como el boxeador que jamás tira la toalla, como el toro de lidia que arremete mientras vive, así soy yo. Mi dramático empeño en vencer la Conjura En Mi Contra De Los Elementos Del Universo –conjura que se manifiesta, en su primera fase, en una especie de susurro concertado de todos esos malditos elementos que me anuncia: “No te vamos a permitir que realices tu Deseo de deseos: ¡Jamás llegarás a ser Dios!”– me eleva a la condición de Héroe, esto es, me otorga el derecho de proclamar mi superioridad moral sobre todo lo demás, de confirmar mi diferencia cualitativa con el resto de lo viviente.”

Si, preñado de este sentimiento trágico, uno se fuma un porro, o se dedica a cualquier otra actividad que lo faculte para reírse de sí mismo, se conjuga ironía con tragedia, razón con emoción; y aparece así la posibilidad de alumbrar el sentido tragicómico de la vida (sentido sin duda el más adecuado, si no para la vida en general, sí al menos para la vida humana en particular): El “baile sobre todas las cosas” que preconizaba Zaratustra el tentador: la carcajada que brota de enjugar el llanto.

 


Nota

Cuando escribía este ensayo, yo era más joven, y la vida aún no me había castigado como lo ha hecho más tarde (jugaba con fuego, y aún no me había quemado); por eso suscribía ciertas máximas de Zaratustra. Pero Zaratustra era débil en su aparente fortaleza; o más precisamente: su fortaleza lo hizo débil, hasta el punto de enloquecerlo.

Sabido es que un hombre vulnerable que sabe que lo es está mejor protegido que otro que, siéndolo, no lo sabe o prefiere ignorarlo. Zaratustra era débil porque se negaba a aceptar sus limitaciones; paradójicamente, esto lo limitaba, encadenándolo a la pesada carga de una encubierta exigencia de autodivinización, merced a la cual acabó por tomarse en serio a sí mismo.

Hay que tener la entereza y, también, la humildad de aceptar las propias limitaciones, obrando la dolorosa transmutación, alcanzado cierto punto extremo, de la voluntad de poder en voluntad de no poder (ya más). Aunque a ciertos ojos dar este paso parezca una cobardía, en realidad es justamente lo contrario: una acción que entraña valentía y sinceridad, a las cuales debe añadirse la constancia, pues, dado el paso, adviene la travesía del desierto; pero, a medida que se avanza por ésta, uno comprueba aliviado la liberación de una carga muy pesada (la carga más pesada). Así que, en definitiva, no: de ningún modo se puede bailar “sobre todas las cosas” (no al menos más de unos instantes); no, por ejemplo, sobre las brasas: porque las brasas queman y nuestros sesos se derriten con facilidad.

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