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Categoría: Ensayo

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Muerte entre las flores

La filosofía del joven Wittgenstein y el héroe taciturno de las novelas de Dashiell Hammett

Publicada el 28 de noviembre de 2024 por Ignacio

Vaya por delante que al joven Wittgenstein le encantaban las revistas pulp donde aparecían relatos de autores de novela negra, muy presumiblemente de Dashiell Hammett, Raymond Chandler y otros autores… y también las películas de cine negro, para ver las cuales se situaba en las primeras filas, a fin de «ser absorbido» —por así decirlo— por la gran pantalla.

 

 

La intersección entre filosofía y literatura ha sido un terreno fértil para el análisis y la reflexión. Dos figuras aparentemente distantes en sus respectivos campos, Ludwig Wittgenstein, un filósofo del lenguaje, y Dashiell Hammett, un maestro de la novela negra, comparten una característica intrigante: el uso del silencio y la concisión como herramientas fundamentales en su obra. Wittgenstein, con su filosofía de la «inexpresabilidad» y el héroe taciturno de Hammett, personifican una economía del lenguaje que revela tanto como oculta. Este artículo explora cómo la filosofía taciturna de Wittgenstein se refleja en los héroes lacónicos y reservados de Hammett, y cómo ambos abordan la complejidad de la comunicación humana.

El joven Wittgenstein: El Silencio Filosófico

Ludwig Wittgenstein, uno de los filósofos más influyentes del siglo XX, centró gran parte de su trabajo en los límites del lenguaje. En su obra temprana, el Tractatus Logico-Philosophicus, Wittgenstein propone que sobre lo que no se puede hablar, es mejor callar. Esta afirmación, en el famoso aforismo «De lo que no se puede hablar, hay que callar», subraya la idea de que el lenguaje tiene límites y que más allá de estos límites reside lo inexpresable.

Wittgenstein sostenía que el lenguaje es un medio para representar el mundo, pero que ciertas experiencias y conceptos están más allá de su alcance. Este enfoque taciturno de la filosofía sugiere que el silencio no es una falta de comunicación, sino una forma de reconocer la profundidad y la complejidad de aquello que no puede ser dicho. El silencio, en este contexto, se convierte en una herramienta poderosa para explorar la esencia de la realidad y la condición humana.

El Héroe Taciturno de Hammett

Por otro lado, Dashiell Hammett, con sus novelas de detectives, introdujo al mundo literario héroes que comunican más con su presencia y acciones que con sus palabras. Personajes como Sam Spade en El Halcón Maltés y el Continental Op en Cosecha Roja son figuras lacónicas que emplean el silencio como una estrategia tanto de supervivencia como de comunicación. Estos personajes operan en un mundo donde la información es poder y la reserva es una forma de protegerse y mantener el control.

El héroe taciturno de Hammett refleja una economía del lenguaje similar a la de Wittgenstein. Sus silencios y breves respuestas a menudo revelan más sobre su carácter y sus intenciones que largos discursos. En un entorno de corrupción y peligro constante, la concisión se convierte en una herramienta esencial. La falta de comunicación explícita no implica una falta de profundidad; al contrario, estos personajes poseen una rica vida interior que se sugiere más que se declara.

Paralelismos y Convergencias

Tanto el joven Wittgenstein como los héroes de Hammett comparten una visión del lenguaje como algo que tiene límites definidos. Para Wittgenstein, estos límites son filosóficos y epistemológicos, mientras que para Hammett, son prácticos y existenciales. En ambos casos, el silencio y la concisión no son simplemente ausencia de palabras, sino formas deliberadas de comunicación que sugieren una comprensión más profunda y compleja de la realidad.

Además, ambos plantean una crítica implícita a la superficialidad y la ineficacia del lenguaje prolijo. Wittgenstein desafía la idea de que el lenguaje puede capturar todas las dimensiones de la experiencia humana, mientras que Hammett muestra cómo el exceso de palabras puede ser una distracción o una forma de manipulación. En lugar de confiar en el lenguaje para resolver todos los problemas, tanto el filósofo como los héroes literarios recurren al silencio y la acción.

Conclusión

La filosofía taciturna de Ludwig Wittgenstein y los héroes taciturnos de las novelas de Dashiell Hammett, aunque surgidos de contextos muy diferentes, convergen en su enfoque hacia el lenguaje y la comunicación. Ambos utilizan el silencio y la economía de palabras como herramientas esenciales para explorar y revelar la complejidad de la realidad y la naturaleza humana. Wittgenstein nos enseña que hay límites en lo que se puede expresar con palabras, y que el silencio puede ser una forma de reconocimiento de esos límites. Del mismo modo, los personajes de Hammett demuestran que a veces, lo que no se dice es tan importante, o incluso más, que lo que se dice. En ambos casos, el silencio se convierte en una forma poderosa y reveladora de comunicación.

 

 

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La segunda vuelta · Prólogo

Publicada el 1 de agosto de 20243 de septiembre de 2024 por Ignacio

A Pilar Blanco, por ayudar a tantos a emprender su segunda vuelta.

 A mis padres, por sobrellevar con tanta entereza sus vueltas y las de sus hijos.

 A Samuel Neris, porque en cierta ocasión

le pedí a mi jefe una buena travesía,

y mi jefe me escuchó.

 

 

 

Prólogo

 

 

 

Una noche, recientemente, me encontraba solo, bebiendo una cerveza en un garito de copas, e incumpliendo así cierto compromiso conmigo mismo… Reflexionaba sobre el absurdo de mi vida; más concretamente, sobre lo absurdo de tantas acciones innumerablemente repetidas, tantos errores cometidos una y otra vez –y siempre vueltos a cometer, de nuevo, en circunstancias muy parecidas; –y con finales similarmente patéticos, sórdidos, absurdos a fin de cuentas…

El fracaso, a horcajadas sobre la debilidad humana –mi debilidad–, como constante vital.

Pero esa noche, en ese momento, sentí de pronto que ya no iba a ser así; que ya no debía seguir siendo así…

Porque esa noche, en ese momento, comprendí de súbito que, independientemente de mis esfuerzos más o menos aislados o congruentes por mejorar mi vida, independientemente de mi voluntad o mi falta de ella, de mis aciertos y mis errores, de mis éxitos y mis fracasos, había un motivo de fondo –un motor, podría decir, utilizando la misma raíz léxica y ajustando un poco más el significado– que explicaba –y, en cierto sentido, incluso justificaba– que mis esfuerzos me condujeran una y otra vez al error, al fracaso, al absurdo.

Y es que, hasta entonces, yo aún no había concluido mi primera vuelta: no sabía de dónde venía ni adónde iba.

Pero ahora –esa noche, en ese momento– comprendía asimismo, en un mismo único acto de comprensión, que –sin saber exactamente dónde, ni cómo, ni cuándo– yo ya había concluido esa primera vuelta, y me encontraba en el comienzo de la segunda…

Supe entonces que, a partir de ese momento, iba a repetir de nuevo todas esas acciones, a volver de nuevo a los mismos lugares, a vivir las mismas situaciones… Pero, ahora, todo iba a ser –o debería ser, al menos– diferente. Porque yo ya estaba emprendiendo la segunda vuelta: ahora sabía –o debería saber, al menos– de dónde vengo, y adónde voy.

Porque estoy repitiendo el mismo camino, el camino que ya recorrí una primera vez; pero ahora lo hago, al menos en cierta medida –una medida suficiente– con conocimiento de causa, lo que me permite –debería permitirme– evitar el desgaste de tantos palos de ciego, tantas innecesarias tiradas al barro, tantos infiernos, charcos y pantanos… (Donde, dicho sea de paso, los errores no consistieron tanto en atravesarlos –lo que, sospecho, en muchos casos habré de volver a hacer–, cuanto en profundizar en ellos más de lo necesario… y perder voluntariamente el autocontrol.)

Ahora tengo la posibilidad de hacerlo bien. Lo que a su vez implica: tengo también la responsabilidad. Ya no valen excusas.

Es desde aquí –desde el comienzo de la segunda vuelta– desde donde escribo estas meditaciones.

Con la certeza de que volveré a cometer errores. Con la esperanza de hacerlo mejor que en la primera. Con el propósito de prepararme a fondo para la tercera.

 

Quiero advertir expresamente, sin embargo, que no escribo desde la posición de un sabio. Si obrar mal es, según afirmaba Sócrates, fruto exclusivo de la ignorancia, sin duda soy un ignorante… Si, como sospecho yo, se puede también obrar mal a sabiendas, además de la ignorancia me adornan otras cualidades: soy miedoso, extremadamente torpe… y es muy posible que incluso sea un hombre malo.

De hecho, el promedio de mis errores ante cualquier acción que emprendo es considerablemente superior al de la mayoría de mis semejantes. Pero esto –en mi humilde opinión–, en lugar de restar interés a estas meditaciones, lo añade: cuando uno fracasa sistemáticamente donde tantos otros aciertan a la primera –o a la segunda–, se ve obligado a analizar detenidamente sus circunstancias y extraer conclusiones que lo ayuden a tornarse más eficaz…

 

En otro orden de cosas: hará unos doce años que abandoné el campo de la filosofía teórica, tras otra decena dedicándome a ella…

 

Es mi interés condensar aquí una serie de reflexiones que me he ido haciendo a lo largo de esta docena de años… Si bien son reflexiones teóricas, están claramente orientadas a la práctica vital (lo que los griegos llamaban praxis, vaya).

De hecho, dos criterios básicos pretendo aplicar para la redacción y condensación escrita de estas meditaciones:

  • El primero es rehuir las disquisiciones puramente teóricas, más propias de ámbitos académicos especializados.
  • El segundo es admitir sólo aquellas meditaciones que puedan ser de interés humano general; es decir, que puedan servir a otros seres humanos, de una u otra manera –aunque sólo sea para contrastar con nitidez su personal punto de vista al respecto, por diferentes o incluso opuestas que sean sus conclusiones–. Este segundo criterio implica, entre otras cosas: evitar así el narcisismo como el onanismo –extremos de la subjetividad que se tocan–, excluyendo del presente escrito aquellas historias y circunstancias personales que sólo me importan a mí y a las personas implicadas en tales –con lo que, de paso, protejo mi intimidad y la de terceros–. Ello no excluye, sin embargo, que en algún momento pueda tomarme alguna licencia, expresando alguna característica mía personal –que, por otra parte, sirva para salpimentar la aridez de las exposiciones (y también, siendo sincero: para dejar mi ego más ancho que un ocho, qué caramba).

 

Por último, soy consciente de que emprender esta andadura escrita entraña para mí un riesgo muy claro –dentro del riesgo general de caer en una mayor o menor impostura que supone toda fijación por escrito de temas vitales–: en el momento en que termine pueden convertirse en armas arrojadizas que, a la manera de boomerangs, recaigan sobre mí acusando mi inconsecuencia, mi debilidad, mi torpeza, mi –posiblemente lo que más tema en este mundo–… falta de dignidad.

Es un riesgo asumido, –y en esta asunción se revela el otro gran motivo que me impulsa a desarrollar este escrito: comprometerme abiertamente con el trabajo que he venido a hacer a este mundo.

 

 

 

 

 

 

Ignacio Iglesias, 15 de agosto de 2007

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Claves para la segunda vuelta

Publicada el 1 de agosto de 20243 de agosto de 2024 por Ignacio
  • La tensión entre la reflexión y la acción –preparación mediante–.
  • La simpática langosta que se coló en la oficina y el misterio de la vida: libertad y muerte.

No se trataba del crustáceo, sino del insecto.

Hará una decena de años, me encontraba solo en mi estudio trabajando a contrarreloj en sesión maratoniana. Era verano y tenía la ventana abierta. Lucía el sol.

De pronto, un bicho negro entró volando por la ventana. Al ser bastante voluminoso, y yo más bien aprensivo, me sobresalté. El bicho revoloteaba a intervalos por la estancia, y a intervalos desaparecía.

Tras inspeccionar la situación, logré localizarlo, posado en algún rincón: se trataba de una langosta negra. Me extrañó considerablemente su presencia, pues estos insectos no son comunes en la ciudad, y además mi estudio de aquella época estaba en un séptimo piso, sito en la calle Capitán Haya.

Al principio me inquietaba, e incomodaba, su presencia y su revoloteo. Pero llevaba mucho tiempo trabajando a destajo y me sentía muy solo, de manera que, paulatinamente, no sólo me acostumbré a ella, sino que incluso le cogí cariño: la sentía como una inesperada compañera en mis horas de fatiga y soledad.

Dijérase que a ella le ocurrió algo parecido conmigo, pues tras sus revoloteos, cada vez se posaba más cerca de mí, y prolongaba más su quietud: fue posándose en la mesa, sobre el ordenador, luego sobre mí…

Me embriagó un intenso sentimiento de comunión con ella, supongo que potenciado por las prolongadas horas de insomnio… Nos mirábamos con ternura (al menos por mi parte).

Tras varias horas, al fin concluí mi trabajo. Comencé a cerrar el chiringuito y, como de costumbre, fui a cerrar la ventana. Pero entonces pensé en la langosta, que, posada cerca de mí, me miraba con sus negros ojos saltones.

Sabía que, tras tres días sin dormir y terminada la faena, pasaría al menos dos días sin retornar al estudio… Consideré que dejarla dentro suponía condenarla a la muerte. De manera que acerqué mi mano a ella, tendiéndole la palma, y le dije: «Ven, sube».

La langosta se posó en la palma de mi mano. Saqué ésta por la ventana, y le dije: «Eres libre. ¡Vuela, amiga mía!».

Se echó a volar, cruzando raudamente la ancha calle, acompañada por mi mirada.

Entonces, cuando surcaba el aire a eso de una veintena de metros de la ventana, un veloz gorrión con el pico abierto se abatió implacable sobre ella, cazándola y engulléndola al vuelo.

Me quedé turbado.

Por una parte, porque el gorrión siempre ha sido mi pájaro preferido, mientras que hasta ese día las langostas me parecían bichos repugnantes y dañinos, por aquello de las temibles plagas de langosta. Pero aquí la situación se había invertido: la langosta se había convertido en mi entrañable amiga, mientras que ese gorrión se había manifestado como un feroz depredador.

Por otra parte, por mi sentimiento de culpabilidad: pretendiendo salvar a mi langosta, le había causado la muerte.

Ello me condujo a la siguiente reflexión (acertada o no): otorgarle libertad a alguien, implica exponerle a la muerte.

Esto incluye otorgársela a uno mismo. Quizá especialmente a uno mismo.

  • Perderle el miedo al miedo.
  • La soledad y la compañía. La soledad es dura: fatigosa. Desde el punto de vista práctico: todo más complicado. Desde el punto de vista vital –y existencial–: más fácil que se le escape a uno el sentido de la vida, al no tener con quien compartirla.
  • La soledad II: el viajero solitario sólo se siente “en casa” cuando está de viaje. Explicar, matizar.
  • Metáfora de las escaleras mecánicas (precisar, ampliar, matizar: redondear)
  • Verdades y mentiras
  • Amores varios: la amistad
  • Amores varios: la familia
  • Amores varios: la pareja
  • Amores varios: los amores imposibles
  • El trabajo: la profesionalidad, la dignidad
  • Los lemas o mantras: Fe, esperanza, caridad; paz, alegría, bondad; libertad, humildad, dignidad; paciencia, prudencia, templanza; valor; AMOR y –si fuere posible–, un poquito de felicidad; pero sólo por añadidura [EXPLICAR]
  • Sobre los consejos ajenos > Cuidadín! > A menudo complican las cosas y promueven la toma de decisiones incorrectas. DIFERENCIAR entre la petición de consejo ante la ignorancia o la duda (muy adecuada) y la recepción de consejos no pedidos, ante situaciones sobre las que ya se ha reflexionado lo suficiente.
  • Sobre la excesiva cortesía –problemas que acarrea–; en relación con ella, la excesiva bondad: exposición a peligros innecesarios
  • Buenas y malas acciones; buenas y malas personas. Sobre los juicios morales
  • Liberarse de la exigencia de “ser bueno”, “ser sabio”, etc. Errores, desvíos y peligros a los que encamina esta autoexigencia. Como opción personal: en lugar de “bondad”, “profesionalidad”: Requisitos, condiciones, compromisos y características de un profesional.
  • “No es para tanto”. Y también: “Con dos cojones y p’alante”.
  • Las cosas siempre se estropean. Todas
  • El tiempo I. Control del ánimo y el comportamiento en el tiempo
  • El tiempo II. El tiempo ajeno y el tiempo propio: relaciones, (des)equilibrio
  • Deber, querer, desear. Similitudes y diferencias. Tensiones y contradicciones.
  • Presión social: lo que los demás piensan de uno.
  • Presión social: los inadaptados y los adaptados.
  • Disfruta el momento. Carpe diem. La reflexión ahoga el disfrute.
  • Estructuras de poder I. La pirámide invertida: el jefe no debe estar arriba, sino abajo.
  • Estructuras de poder II: relaciones sociales. Aprecios, desprecios, menosprecios y supravaloraciones. Categorías y roles. Posicionamientos en grupos humanos. Desmarques.
  • Las puertas son como las mujeres: hay que tratarlas con cariño y suavidad para que se abran.
  • Egoísmo y egocentrismo. Puntos en común. Diferencias. Valoraciones.
  • Egolatría
  • La importancia de vencer inercias como motor del cambio vital. Madre con los idiomas de ejemplo.
  • Lo importante no es ser invulnerable (la invulnerabilidad, aparte de una quimera, tampoco es deseable); lo importante es soportar las heridas y aprender a curarlas.
  • “No tener dónde caerse muerto”: expresión mal hecha; lo que uno necesita es tener dónde “caerse vivo”. Para caerse muerto siempre hay sitio; si –en el peor de los casos– no tienes dónde caerte muerto… pues no te mueres y listo –lo cual sería, por otra parte, una desgracia de cierta magnitud; más precisamente: de magnitud proporcional al tiempo en que, habiendo llegado tu hora, tardases en encontrar dónde “caerte”.
  • Expresiones invertidas: usos sibilinos del lenguaje.
  • Oh maravilla: por favor, dejad que los niños se acerquen a mí.

Oh, maravilla entre las maravillas! Hubo un tipo, a quien considero uno de mis maestros –el maestro entre mis maestros, mi capitán para ser más exacto–, que dijo: “Dejad que los niños se acerquen a mí”.

Siguiendo en esto a mi maestro, pero más cortés que él –y quede claro que mi cortesía en este caso no es una virtud, sino un defecto: el exceso de cortesía, como casi todos los excesos, es defectuoso (puede revelar debilidad: defecto de seguridad en uno mismo, o cosas peores; por ejemplo: carencia de buenas intenciones)–, yo también proclamo: “Por favor, dejad que los niños se acerquen a mí”.

Sin embargo, más mundanal que mi maestro (pese a ser muy trascendente), proclamo asimismo: “Oh, por favor, dejad que también las niñas se acerquen a mí”.

Pero ellas, con la instintiva sabiduría que les otorga la Mater Natura –y que sin duda tiene que ver con su potencial condición de madres– suelen mantener conmigo una distancia cuando menos prudencial… –Y que, dicho sea de paso anecdóticamente, quizá tenga que ver con el hecho de que bajo ningún concepto pretendo hacerlas madres (de unos hijos que, si dios no dispone expresamente lo contrario, bajo ningún concepto voy a tener…).

  • Sobre la locura I.

Cuando un tipo está loco, lo que se dice verdaderamente loco, jamás va a recuperarse de su locura. Ésta es inherente a su esencia: le es indispensable para preservar su identidad, –su destino vital.

Otra cosa es que consiga disimularla o –mejor dicho– sobrellevarla de manera digna y positiva.

Para cumplir este objetivo, otras personas pueden ayudar al loco… Pero no nos engañemos: el principal mérito –o demérito– va a ser siempre del loco en cuestión.

  • Sobre la locura II. La sancta locura.
  • Sobre la locura III. “Locos del mundo, uníos”.

 

 

LO QUE UNO TIENE QUE SABER

Publicada el 1 de agosto de 2024 por Ignacio

A mi juicio, lo verdaderamente importante que todo hombre –o mujer– tiene que aprender en la vida puede condensarse en los siguientes puntos:

  • Averiguar qué es lo que quiere hacer en la vida.
  • Averiguar qué es lo que tiene que hacer en la vida.[1]
  • Una vez aprende esto, empieza el saber práctico propiamente dicho: ahora tiene que conseguir que lo que quiere hacer coincida con lo que tiene que hacer.[2]
  • Después empieza lo más difícil: averiguar cómo hacer lo que quiere y tiene que hacer.
  • Finalmente, el punto crucial: averiguar cómo hacerlo… bien. Si lo hace, pero lo hace mal, puede ocurrir que el resultado sea mucho peor que no haberlo hecho.

[1] Un filósofo puntilloso (“¡Marditoh roedores!”) podría objetarme, no sin cierta razón, que, sensu strictu, uno no puede llegar a saber eso, sino, a lo sumo, “lo que cree que tiene que hacer…” –y no “lo que tiene que hacer”–. Desde un punto de vista ontológico o epistemológico podría concordar con él; pero no desde la perspectiva de la praxis vital desde la que escribo estas palabras: puesto que la única instancia absoluta a la que uno puede apelar desde el punto de vista vital –y admitiendo el presupuesto de su libertad de elección–, es, a fin de cuentas, uno mismo, “lo que tiene que hacer” es, justamente, “lo que cree que tiene que hacer”; esto no nos exhime, por supuesto, de responsabilidad moral: es muy fácil engañarse, equivocarse, dejarse seducir por objetivos inadecuados… y, por otra parte, “creencia” no implica en su concepto, en modo alguno, “carencia de fundamentos”.

En relación con esto: clásica objeción a la usanza budista-pasada-por-Occidente (“vuelta y vuelta”): “Todo este planteamiento está equivocado porque, para empezar, el “yo” es un engaño; la única instancia absoluta a la que apelar en cuestiones vitales es el Self –que sólo aparece tras la suspensión de la mente, e implica, precisamente, la disolución del yo–, o esencia universal que, radicando en mi ser, vincula mi microcosmos con el macrocosmos…” Veamos: hace ya un buen número de años que definí el yo –instalado en mi limitada perspectiva de la tradición epistemológica occidental– como la ficción necesaria constituyente de nuestra vida… y, lo peor: sigo sosteniendo esa afirmación. Que el yo sea una ficción no es nada nuevo (en Occidente –donde en algunos aspectos somos muy tardos–, ya Hume sentó cátedra al respecto); sin embargo: que sea una ficción no implica, en modo alguno, que no sea necesaria… en la vida humana, de hecho, lo es. Por mucho que uno se suma en meditación trascendental al estilo oriental, o en  éxtasis místico a la manera occidental, cuando regresa de su viaje retorna, velit nolit, a su yo: ni en su trabajo lo van a llamar por otro nombre, ni en sus papeles va a figurar “Self”, “Nadie”, “Espíritu” u otro tipo de denominación sino más bien su nombre; el color de sus ojos y su constitución corporal van a seguir siendo –milagros o fenómenos paranormales aparte– los mismos, etc. En rigor, para que se produzca la desaparición del yo, es necesaria la desaparición de este mundo –y hablo de un tipo de desaparición muy concreta: desaparición químico-físico-corpórea. O sea, la muerte en sentido clínico (u otro tipo de desaparición, como la de Elías el profeta, quien, al decir de las Sagradas Escrituras judeocristianas, ascendió al cielo en un carro de fuego); caput, en cristiano vulgar–. Hay, sin embargo, un tipo de casos excepcionales en que desaparece el yo sin que lo haga el cuerpo que lo sustenta; trátase, por poner dos casos: bien de amnesia total, bien de individuos que cambian radicalmente de lugar, circunstancias y nombre… Pero no se preocupen: la ficción necesaria del yo es muy persistente (si no, no sería “necesaria”); pues lo que ocurre en esos casos es que otro yo ocupa, con mayor o menor prontitud, el lugar del anterior. Todo esto dicho, ojo, con el mayor respeto a las prácticas transcendentes: No seré yo –que situé, muchos años ha, así en la base como en la cúspide de mi proyecto de sistema filosófico a la mística– quien menosprecie este tipo de prácticas, de las que el yo sale renovado y más integrado con el mundo… pero yo a fin de cuentas. Y –abundo y concluyo–: que nuestro yo no sea nuestra esencia me lo barrunto incluso yo… Pues, en la medida en que lo estipulo como ficción, si a la vez lo estipulara como esencia, no podría sino concluir que no somos más que entes de ficción (y no creo –no quiero creer– tal cosa). Pero, insisto: ya que no nuestra esencia, nuestro yo es el filtro inevitable desde el que los humanos vivimos la vida; de manera análoga a como, en cierto sentido, todos somos egocéntricos –pues no nos queda más remedio que ser el centro de nuestra propia existencia.

[2] Consejo: si tu sistema vital te impide llegar a esta coincidencia, cambia de sistema; pues, si no la logras, serás un desgraciado para el resto de tus días, en perpetuo conflicto contigo mismo.

Jero tocando el Didgeridoo en El Barranco de los Asensios

Dos pensamientos

Publicada el 31 de julio de 2024 por Ignacio

1)

 

El tipo iba caminando por la calle, murmurando.

Una gente cercana, al notar que no se dirigía a ellos, ni a nadie cercano suyo, comentaron:

–Está loco: habla solo.

El tipo, mientras seguía caminando dejándolos atrás, murmuró para sus adentros:

–No estoy loco; hablo conmigo mismo.

 

2)

Una vez, caminaba con mi amigo Borja –carpintero, antaño un sabio[1], Jero lo conoce– por la Alameda de Segovia –un hermoso Paseo lleno de verdes árboles, supongo que álamos–. El día era nublado, pero el paseo me parecía tan bonito que, conmovido por la belleza que me circundaba, le comenté a mi amigo:

–Qué bonita es la Alameda, así con el día nublado… Seguramente, incluso más bonita que luciendo el sol… –. A lo que el amigo Borja replicó:–

–No te creas, Bicho… Cuando luce el sol, sus rayos caen entreverados por entre las ramas –y, sobre la marcha, me lo aclaraba con gestos y señales–, por aquí, por allá… y es un flipazo. Pero, ¿sabes cuando mola que te cagas…? Cuando nieva… Porque, cuando nieva, Bicho, la nieve, se acopla sobre las hojas de los árboles y… –Se interrumpió unos segundos–. Claro, que… Una vez, granizando, vine a correr por aquí y…

En ese momento se frenó en seco, tanto de paso como de palabra, como vislumbrando algo importante… Al cabo de unos segundos, su cara se relajó, y sus ojos se agrandaron en esa mirada sabia que yo ya conocía y tanto apreciaba…

–¿Sabes qué, Bicho? Que en el fondo me da igual: A mí la Alameda me parece un flipazo haga el tiempo que haga: así haga sol, llueva, granice o incluso truene… Me encanta haga el tiempo que haga.

Saqué una lección de esta charla. Porque me acordé del refrán: “Al mal tiempo buena cara”.

Es un refrán admirable; y, sin duda, indica dureza, determinación, y afán de salir adelante pase lo que pase…

Pero…

En teniendo en cuenta las palabras de Borja, lo piensas, y te dices:

“Ahora bien: si uno consiguiera que, haga el tiempo que haga, ese tiempo sea un buen tiempo para él… Entonces, ya no necesitará ponerle al mal tiempo buena cara… simplemente, pondrá buena cara siempre, porque siempre hará buen tiempo.”

 

 

 

A mi amigo Jero

de su amigo

Juan Rayos

 

3 de julio del 2008

 

 

[1] Contra lo que la mayoría de la gente piensa, la sabiduría no es una cualidad que se adquiera de una vez y para siempre; muy al contrario: el tipo más sabio del mundo puede volverse –de un día para otro, en casos extremos– el tipo más necio del mundo… Lo que nos advierte: no bajéis la guardia, muchachos, que la necedad es un arma que se carga sola, sin necesidad de munición.

Filosofía mística

Publicada el 24 de julio de 202424 de julio de 2024 por Ignacio
  1. Prólogo del Caminante

 

El SiEnte Venitivo, mancha en la nada, claro en el ser. Con la mirada al alba. La melancolía a cuestas en la concha de su ahora, navegante por la espiral viva de la memoria que anticipa.

La noche tiene, en efecto, el color de la melancolía, irradiante de una redonda luna azul. La inmensidad duerme, y su respiración se acompasa con la mía, que la miro dormir.

La noche es clara, mas no lo suficiente. ¿Cuándo amanecerá?

Todavía es tiempo de velar los sueños. A ojos cerrados y ojos abiertos. Los que se han de cumplir y los que se han de incumplir, los que se cumplirán y se incumplirán. Los que no pueden cumplirse.

Permanece en atenta vigilia, centinela de tu destino.

No vayas con quienes viven muy rápido, envejecen aún más deprisa, y mueren antes de estar muertos.

No vayas con quienes viven muy lento, no abren los ojos, y mueren cuando todavía no han empezado a vivir.

No te vayas de la olla.

 

No vayas: Ven.

Rehúye el desencuentro.

 

 

 

No vayas, ven. Asegura tu paso y ven al encuentro contigo mismo. En el Acontecimiento del SiEnte Venitivo.

 

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El soñador

Publicada el 22 de julio de 2024 por Ignacio

Llegará el momento y su lugar para la realización de cada sueño. Mas no todos se realizarán.

Unos porque no y otros porque no pueden realizarse. Estos últimos son los sueños de absoluto. Sueños que sólo pueden realizarse si el soñador es Dios, ens omnipotens.

En los sueños o ensoñaciones irrealizables la impotencia se hace consciente de sí misma y adviene el llanto: dolor y desconsuelo por este desgarramiento entre imaginación y realidad que deja entrever el fondo trágico de la existencia… latido trémulo, pálpito muriente, silencioso centro de gravedad de la vida –o más bien, del viviente que la vive.

No soy Dios, y por eso lo imposible no ocurre –no puede ocurrir.

Me da rabia y lloro. Después tallo mis lágrimas y las engarzo en espejismos que le ofrezcan un triste consuelo estético a la impotencia. El orgullo del vencido, la sangre purificadora de la herida en drama, la sabia tos de la vejez: contando historias al abrazo de la lumbre.

Espejos. La representación de la representación de la representación. El fabulador que fabula es él mismo fabulado y personaje de fábula. Todo espejos.

Contando cuentos, el cuentacuentos se olvida provisionalmente del abismo y llega por instantes pasajeros a la ausencia del vértigo: plenitud preñada de eternidad, bocanada de aliento divino.

La única forma de escurrir el bulto ante el abismo es contar historias, es decir, remedar –y a menudo remediar– al Creador de una forma u otra, en uno u otro lenguaje –porque renegamos de nuestra condición de creaturas, entidades finitas, limitadas y relativas, pero atravesadas por una fisura de absoluto: a fin de cuentas siempre la impotencia.

Si yo fuera Dios, si lo imposible ocurriese, si la realidad no tuviese límites para mis sueños…

Sin embargo, ¿podría entonces controlar mis sueños? ¿Acaso los controlo ahora?

¿Se puede respirar fuera de el aquí y ahora?

Cada vez estoy más convencido: el secreto de la sabiduría humana (no divina) se cifra en aceptar con alegría que no somos Dios: el hecho de no ser Dios, la alegría de vivir, el gozo de la impotencia.

La impotencia bien asumida deviene  potencia, –facultad de superación.

 

 

 

Haiku visual a contraluz

Diferencia entre dolor y sufrimiento

Publicada el 20 de julio de 202420 de julio de 2024 por Ignacio

El propio lenguaje español diferencia entre el dolor y el sufrimiento.

Cuando algo te duele, dices «Me duele»: es algo que recae sobre ti, pero que no eres tú. Casi nada importante de la vida puede llevarse a cabo sin experimentar algún tipo de dolor… El ejemplo paradigmático es el parto: el alumbramiento de una nueva criatura supone para la madre -por lo general- un tremendo dolor, pero es la fuente del mayor milagro cotidiano que vemos todos los días.

En cambio, cuando sufres, dices «Yo sufro»: es la autoconciencia que se ha desplegado sobre el dolor y se ha replegado sobre éste convirtiéndolo en sufrimiento; surge entonces el sentimiento de culpa: la necesidad de buscar culpables, seamos nosotros mismo o sean otros.

 

Don Miguel de Unamuno

Carta a don Miguel desde la niebla de A. Pérez, o Cómo se hace un ensayo de Unamuno

Publicada el 20 de julio de 2024 por Ignacio

Con prólogo, glosas y redacción de Ignacio María Iglesias Labat

 

PRÓLOGO

[EN QUE SE JUSTIFICA EL TÍTULO DEL ENSAYO, SE EXPLICA

SU INTENCIÓN Y SU FORMA, Y SE INICIA LA EXPOSICIÓN

DE LA FILOSOFÍA UNAMUNIANA]

 

Este título, y lo que inequívocamente anuncia respecto de la forma y el contenido del presente ensayo, parecen doblemente pretenciosos. Por una parte, el trabajo se presenta como una carta firmada por quien, según las apariencias, no parece ser sino un personaje del propio Unamuno, y no precisamente un personaje cualquiera, sino el protagonista de su nivola más conocida; por otra parte, el título alternativo parafrasea, asimismo, un curioso ensayo novelístico, o novela ensayística, de Unamuno, de carácter autobiográfico y confesional, obsesivamente autorreflexivo, intensamente dramático.

Le debo esta seria objeción, la de la doble pretenciosidad, a mi atento y estimado colega Simón Royo, cuyas juiciosas apreciaciones y sano sentido común no dudo sean compartidos por una mayoría de filósofos y pensadores dignos de tales calificativos. Me veo, pues, en la obligación de rebatir las dos posibles acusaciones de desmedida pretenciosidad.

Empezaré refutando la última, para, a partir de ella, concluir que tampoco la primera está justificada; o concluir, al menos, que, si ambas acusaciones tienen razón de ser, es decir, si ambas partes del título son pretenciosas, resultan las suyas en todo caso unas pretensiones justificadas.

La última parte del título, o Cómo se hace un ensayo de Unamuno, no pretende prescribir cómo debería elaborarse todo ensayo acerca de Unamuno, del mismo modo que el ensayo cuyo título parafrasea no se propone dictaminar cómo debe hacerse toda novela, sino tan sólo esa singular novela autobiográfica cuya forma y meollo consisten en el relato de cómo se va haciendo.

Ocurre, pues, que este ensayo sólo puede escribirse, por su aliento e intenciones, en la forma en que ha sido escrito: como una carta personal, dirigida a Unamuno por su criatura más desgraciada, aquella a la que precisamente él dictaminó y le anunció la hora de su muerte. Este recurso literario permite escribir el ensayo de cómo hacer este ensayo con la pasión contradictoria que exponer la obra de Unamuno requiere en este caso, y quizá en todo caso, pues tomarse en serio las proposiciones de Unamuno supone explicarlas contestando a ellas a la vez, desde una posición apasionada a la par que rebelde y crítica. [1]

Y es que, realmente, no le veo demasiado sentido a empeñarse en llevar a cabo una exposición ordenada y sistemática –fría y racional­– de sus ideas: “No le gustaría que en un estudio consagrado a él se hiciera el esfuerzo de analizar sus ideas. De los dos capítulos de que se compone habitualmente este género de ensayos –el Hombre y sus ideas– no logra concebir más que el primero. La ideocracia es la más terrible de las dictaduras que ha tratado de derribar. Vale más en un estudio del hombre conceder un capítulo a sus palabras que no a sus ideas.” [2] A lo que replica Unamuno: “Dice luego Cassou que yo no tengo ideas, pero lo que creo que quiere decir es que las ideas no me tienen a mí.” [3]

Y es que Unamuno siempre renegó, y aún abominó, de las ideas rígidas, enquistadas en la conciencia en forma de sistemas; y esgrimió su derecho a usar ideas, gastarlas y cambiarlas por otras, así como su prerrogativa, y aún obligación moral, de contradecirse. [4] Porque “la incertidumbre, la duda, el perpetuo combate con el misterio de nuestro final destino, la desesperación mental y la falta de sólido y estable fundamento dogmático, pueden ser base de moral”; y lo son, de hecho, en el caso de Unamuno: “Es la contradicción íntima precisamente lo que unifica mi vida, le da razón práctica de ser. O más bien es el conflicto mismo, es la misma apasionada incertidumbre lo que unifica mi acción y me hace vivir y obrar”. [5]

 

[1] El propio Unamuno nos dice a sus lectores: “os encargo que no se funde escuela o teoría sobre mí”, tal como hiciera Walt Whitman, el “enorme poeta yanqui”. (Cfr. Del sentimiento trágico de la vida, “En el fondo del abismo”.)

[2] Jean Cassou, “Retrato de Unamuno”, incluido en el ensayo de Unamuno Cómo se hace una novela, traducido al español por el propio Unamuno.

[3] “Comentario” al retrato que Cassou hace de él en la ob. cit. en nota anterior.

[4] “De las tiranías todas la más odiosa me es, amigo Maeztu, la de las ideas¸no hay cracia que aborrezca más que la ideocracia, que trae consigo, cual obligada secuela, la ideofobia, la persecdución, en nombre de unas ideas, de otras tan ideas, es decir, tan respetables o tan irrespetables como aquellas. Aborrezco toda etiqueta; pero si alguna habría de ser más llevadera es la de ideoclastas, rompe-ideas. ¿Qué como quiero romperlas? Como las botas: haciéndolas mías y usándolas.” Ahora bien: “Necesario, o más bien inevitable, es tener ideas, sí, como ojos y manosmas para conseguirlo jay que no ser tenido de ellas: No es rico el poseído por el dineo, sino quien lo posee.”

[5] Cfr. Del sentimiento trágico de la vida –STV en adelante–, “El problema práctico”.

 

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Retrato de René Descartes, por Frans Hals

Doctrina cartesiana de la verdad: La verdad como certidumbre de la representación subjetiva

Publicada el 20 de julio de 202420 de julio de 2024 por Ignacio

En su célebre mito de la Caverna, Platón, al someter la a–létheia (“des–ocultamiento”) al yugo de la îdea (“aspecto”: lo que, del ente, es, y a éste le hace ser), propugna una mutación en la esencia de la verdad: verdad hácese orthotés, rectitud de la percepción y de la expresión. El reajuste de la mirada del conocedor, hacia la idea, establece una òmoíosis: una concordancia (en virtud de la rectitud de la mirada) del conocimiento con la cosa misma.

“En adelante este carácter de la esencia de la verdad: rectitud de la representación enunciativa, regirá todo el pensamiento occidental.” Heidegger, Doctrina de la Verdad según Platón, Univ. de Chile 1953, trad. de García Bacca, p.149.

 

El concepto de verdad como òmoíosis se consolida en la teología medieval: “veritas est adaequatio rei et intellectus”. La teología es ontología que transpone el ser a Dios como su “causa originaria”, causa que en sí misma encierra el ser y de sí lo emite a todo ente (Cfr. Heidegger, ob.cit., p.154). De modo que la adaequatio en que consiste la veritas es ahora primordialmente concebida como adaequatio rei (creandae) ad intellectum (divinum), y sólo por derivación óntica se estipula a la vez adaequatio intellectus (humani) ad rem (creatam); –puesto que la correcta inteligencia o conocimiento de las cosas, por parte de los humanos (imago Dei), entra en el proyecto divino de la Creación (Cfr. Heidegger, en ¿Qué es Metafísica?, ed. S.XX, pp.112–113).

 

La metafísica cartesiana sigue aún fundamentando la posibilidad de un correcto acceso epistémico a los entes (o lo que es casi equivalente, la posibilidad de verdad del conocimiento) desde la instancia divina: Dios, ens perfectissimum, no puede querer engañarnos. Sin embargo, Descartes introduce una modificación crucial en la investigación epistemológica, respecto de la metafísica escolástica que lo precede: el ente que yo soy, el ens qui ergo sum, se autofundamenta epistémicamente a sí mismo, sin necesidad del concurso divino: “pienso luego soy”. En virtud de este autofundamentarse, que es una “evidencia inmediata”, el ente humano que en cada caso conoce, adquiere, en lo tocante a su conocimiento, preeminencia sobre todos los demás entes, incluído el divino; de tal modo que, si bien Dios sigue siendo la, en rigor, única substantia ontológica (la única que “es”, en sentido estricto y absoluto: subsistente en sí y por sí, proporciona el ser a todo lo demás), yo que conozco paso a ser el subiectum epistemológico de mi conocimiento; soy el fundamento de este conocimiento: me conozco en mí y por mí, y proporciono el ser conocido –por mí– a todo lo demás –en la medida de mis humanas capacidades.

La corrección de esta lectura interpretativa, de evidentes resonancias heideggerianas, se hace patente en el camino de fundamentación del conocimiento recorrido en las Meditationes de Prima Philosophia de Descartes, así como en su Discours de la méthode: de la duda al sujeto que duda; del sujeto dubitativo a sus ideas; de entre éstas, a la idea de Dios; de la idea de Dios al propio Dios; de Dios al resto de los entes.

 

En las Meditationes cartesianas la duda se hace método, y en este hacerse método rechaza sistemáticamente la validez de todo aquello que quede atrapado en sus redes; esto es, de todo aquello que sea, no ya dudoso, sino dudable. En efecto, Descartes comienza anunciando que se propone destruir todas sus antiguas opiniones, “con encontrar en cada una el más pequeño motivo de duda” (Las Meditaciones Metafísicas de René Descartes, trad. de Vidal Peña, en Alfaguara, 1977, p.17).

 

Es éste, pues, un método negativo, consistente en exponer todos los conocimientos humanos (los de Descartes, los míos, los de cualquier individuo humano) a la voracidad de la duda sistemática, a fin de ver si hay alguno que se le atragante, que le resulte incomestible. Un conocimiento así, hallado bajo tan extremas condiciones, sería sin duda un conocimiento indudable, un conocimiento cierto, aquello que persigue afanosamente nuestro hombre, Descartes; pues no otro es el propósito de su proceder: “seguiré siempre por este camino, hasta haber encontrado algo cierto, o al menos, si otra cosa no puedo, hasta saber de cierto que nada cierto hay en el mundo.” (ob.cit., p.23) Sugiere incluso la posibilidad de un engaño divino: “¿Quién me asegura que el tal Dios no haya procedido de manera que no exista tierra, ni cielos, ni cuerpos extensos, ni figura, ni magnitud, ni lugar, pero a la vez de modo que yo, no obstante, sí tenga la impresión de que todo existe tal y como lo veo?” (p.19).

Para prestarle fuerza a su duda, para armarla de buena “dentadura”, Descartes recurre a la hipótesis de un “genio maligno” –eufemístico disfraz de un posible Dios perverso– que “ha usado de toda su industria para engañarme”, lo que le obliga a tomar por falso todo lo dudoso (Cfr. p.21). Y aún, en el colmo de la audacia escéptica, asegurará que ni siquiera es necesario que haya un Dios, o algún otro poder externo, que infunda en su espíritu los pensamientos (verdaderos –Dios bondadoso– o falsos –genio maligno–): “…tal vez soy capaz de producirlos por mí mismo” (p.24).

A pesar de la industria del genio, Descartes se topará con algo capaz de enfrentarse a la duda, y salir indemne de este embate, sin ser conmovido, afectado ni socavado por ella: su propia existencia, inferida de su pensar. “…si yo estoy persuadido de algo, o meramente si pienso algo, es porque yo soy… engáñeme cuanto quiera, nunca podrá hacer que yo no sea nada, mientras esté pensando que soy algo.” De manera que “es preciso concluir y dar como cosa cierta que esta proposición: yo soy, yo existo, es necesariamente verdadera cuantas veces la pronuncio o la concibo en mi espíritu.” (p.24) –”Cuantas veces la pronuncio o la concibo en mi espíritu”: ‘yo soy’ no implica que ‘siga siendo’ cuando dejo de pensar ‘que soy’; hará falta el recurso a Dios para asegurar la continuidad de mi yo.

Así como Arquímedes hubiese trasladado la tierra de lugar con sólo un punto de apoyo firme e inmóvil (p.23), así Descartes reconstruirá el edificio de toda su ciencia sobre este otro su punto de apoyo, pilar o cimiento onto–epistemológico, cosa cierta e indudable: esa “cosa que piensa” que es su propio espíritu.

 

A la duda cartesiana pueden achacársele dos objeciones: la primera –una acusación estética o reproche sentimental antes que una objeción propiamente dicha–, que no es una verdadera duda, sino una duda provisional, un artificio retórico que da mayor lustre a lo que luego se afirma tras ella; “la duda de uno que hace como que duda sin dudar”, en palabras de Unamuno (Del sentimiento trágico de la vida, “En el fondo del abismo”). La segunda, que no es tan radical como Descartes pretende; pues, aunque afirme que “podría ocurrir que Dios haya querido que me engañe cuantas veces sumo dos más tres” (pp.19–20), la duda sólo afecta de hecho a lo sensible (“suspenderé mis sentidos…”, p.31), mientras que la validez del pensamiento racional no se pone realmente en tela de juicio, como muestra el frecuente recurso a la misteriosa “luz natural” (pp.42,44,51), que probablemente debe interpretarse como el “buen entendimiento” libre de prejuicios (Cfr., al respecto, la breve Investigación de la verdad por la luz natural, en Meditaciones metafísicas y otros textos de Descartes, trad. de López y Graña, en BHF Clásicos Gredos, 1987). Sin embargo, Descartes deja entrever que su duda encierra mucha más fuerza que la de un mero artificio retórico, y, probablemente a su pesar, enseña que se puede dudar de la esencia lógica del mundo (aunque él, en rigor, no lo haga; se lo impiden las evidencias “claras y distintas”). Así, no es de extrañar la reacción escéptica de Hume, quien considera que quien entra en la duda jamás sale de ella, y concluye que todo saber humano no es, a fin de cuentas, sino un producto de la regularidad sancionado por el hábito y la costumbre. Por su parte Kant, al constatar que concebimos la realidad con figura y apariencia lógicas, pero que, en rigor, no podemos afirmar que sea así, replegará la “razón” humana a la conciencia del sujeto trascendental.

 

La solución propuesta por Descartes al problema de la verdad del conocimiento se vertebra sobre dos ejes epistemológicos: la evidencia del cogito (entimema ya propuesto por Agustín), por la que me afirmo a mí mismo como conocimiento cierto, y la demostración de la existencia de Dios (ya preludiada por el “argumento ontológico” de Anselmo de Canterbury) [1], por la que afirmo a Dios, y, con Él como garante, al resto de las cosas. No puede evitar Descartes, sin embargo, incurrir en un circulus in probando al abordar esta empresa fundamentadora. Dicho círculo va de las evidencias claras y distintas a la existencia de Dios, y vuelve de la existencia de Dios a las evidencias claras y distintas: Descartes necesita probar la existencia de Dios, para que sirva como garantía de verdad de las evidencias claras y distintas del entendimiento humano (las cuales son los cimientos del conocimiento); pero tal prueba consiste, a su vez, en mostrar que la existencia de Dios es una evidencia clara y distinta.

En la segunda meditación, Descartes sentaba su primer conocimiento, punto de partida de todos los demás: el ‘cuando pienso que pienso, soy’. En la tercera meditación, tras reiterarse en su provisional suspensión de los sentidos (si bien matizando que, aunque nada de lo percibido por los sentidos es cierto –seguro–, sí lo son las propias percepciones, en tanto que se hallan en mí), deriva de aquél el primogénito de sus conocimientos una regla general de validación del conocimiento: “Sé con certeza que soy una cosa que piensa; pero, ¿no sé también lo que se requiere para estar cierto de algo? En ese mi primer conocimiento, no hay nada más que una percepción clara y distinta de lo que conozco, la cual no bastaría a asegurarme de su verdad si fuese posible que una cosa concebida tan clara y distintamente resultase falsa. Y por ello me parece poder establecer desde ahora, como regla general, que son verdaderas todas las cosas que concebimos muy clara y distintamente” (p.31). –Largo camino para llegar a una regla tan arbitraria e insegura: ¿Cómo sé yo cuándo concibo algo “clara y distintamente”? ¿Cómo sé que no puedo concebir “clara y distintamente” algo falso? ¿Qué grado de “claridad y distinción” se precisa para tomar algo por verdadero? Esta regla viene prácticamente a prescribir: “Esto es verdadero porque sé que lo es.” Volveremos a esta cuestión.

A continuación se dice Descartes: “…debo examinar si hay Dios… y, si resulta haberlo, debo examinar también si puede ser engañador; pues, sin conocer estas dos verdades, no veo cómo voy a poder alcanzar certeza de cosa alguna.” (p.32) –Descartes comienza aquí a trazar su círculo vicioso: sin Dios, sin un Dios veraz, no hay certeza de cosa alguna. Mas, ¿y la previa certeza del cogito? Y ¿dónde queda la regla inmediatamente antes postulada? Paradójicamente, Descartes concluirá la existencia de Dios mediante la aplicación de esta regla –una regla incierta en tanto que, para esta singular aplicación, aún no puede contar con el espaldarazo de la divinidad–, cerrando así el círculo.

De las diversas razones que Descartes ofrece para probar la existencia divina se destacan nítidamente dos argumentos principales, los cuales arrancan, ambos, de la idea de Dios. En el primero arguye Descartes que no podría tener la idea de un ser infinito y perfecto, siendo él imperfecto y finito, si no hubiera de hecho un Ser Supremo a quien tal idea correspondiese (puesto que la realidad “objetiva” de las ideas –esto es, su realidad en tanto que entidades ideales existentes en el pensamiento–, tomada como efecto, ha de provenir de una causa “en la cual haya tanta realidad formal, por lo menos, cuanta realidad objetiva contiene la idea”, p.36). Nuestro racionalista francés se ve forzado, entonces, a defender el carácter positivo de ambos conceptos, infinitud y perfección, tal y como aparecen en su conciencia (la conciencia humana). Pues, de concebirse negativamente estos atributos divinos, esto es, como lo que no son (infinito: lo no finito; perfecto: no imperfecto), su argumento no probaría nada.[2] En cuanto al segundo argumento (una nueva formulación del argumento de Anselmo), aunque lógicamente impecable, descansa en una premisa falsa: “si del hecho de poder sacar yo de mi pensamiento la idea de una cosa, se sigue que todo cuanto percibo clara y distintamente que pertenece a dicha cosa, le pertenece en efecto, ¿no puedo extraer de ahí un argumento que pruebe la existencia de Dios?”. De hecho, lo extrae: “yo hallo en mí su idea –es decir, la idea de un ser sumamente perfecto– y no conozco con mejor claridad y distinción que pertenece a su naturaleza una existencia eterna, de como conozco que todo lo que puedo demostrar de alguna figura o número pertenece verdaderamente a la naturaleza de éstos” (p.55). Ergo, Dios existe.

En cuanto a la posibilidad de que Dios sea falaz, Descartes despacha la cuestión afirmando que “es imposible que Dios me engañe nunca, puesto que en todo fraude y engaño hay una especie de imperfección”, y Dios es el supremo ser perfecto (p.45).

 

Al final de la quinta meditación anuncia Descartes que sin el conocimiento de la existencia divina “sería imposible saber nunca nada perfectamente”, pero “tras conocer que hay un Dios, y a la vez que todo depende de Él, y que no es falaz, y, en consecuencia, que todo lo que concibo con claridad y distinción no puede por menos de ser verdadero; entonces, aunque ya no piense en las razones por las que juzgué que esto era verdadero, con tal de que recuerde haberlo comprendido clara y distintamente, no se me puede presentar en contra ninguna razón que me haga ponerlo en duda, y así tengo de ello una ciencia verdadera y cierta.” (p.58) Es decir, que Dios no sólo asegura la validez de mi conocimiento, sino que, además, conserva esa validez. –Aquí se cierra el círculo cartesiano.

 

La sexta meditación consiste en la reconstrucción, si bien reflexiva y crítica, del edificio del conocimiento de las cosas materiales, para concluir en el rechazo, “por hiperbólicas y ridículas”, de todas las dudas anteriores (p.74), y en una confesión de “la endeblez de nuestra naturaleza” (p.75).

 

Hay en las Meditaciones otra cuestión importante, que he reservado ex profeso hasta ahora, con el fin de emparentarla directamente con la cuestión más profunda que la determina. Aquella cuestión es la que trata de la relación entre el alma y el cuerpo; y ésta otra, epistemológicamente prioritaria, que fundamenta, e incluso exige, el radical dualismo de la constitución humana sostenido por nuestro filósofo, es la que trata de la relación entre el sujeto y el objeto de conocimiento implícitamente establecida en el pensamiento cartesiano.[3]

 

Cuando Descartes alcanza la evidencia del cogito, en la segunda meditación, ya sabe “que soy”; pero aún no sabe “qué soy”. En el hacerse esta pregunta se propone Descartes tanto un responderla como un subrayar “lo que no soy”: no soy un cuerpo, sino una “cosa que piensa”, esto es, “una cosa que duda, que entiende, que afirma, que niega, que quiere, que no quiere, que imagina también, y que siente.” (p.26) (Pensar es, pues, lo que define al ser humano: su esencia. Podríamos decir, a la manera heideggeriana, que según Descartes el ‘pensar’ es el “modo de ser constitutivo del Da–sein”, y que, a su vez, ‘entender’, ‘dudar’, ‘imaginar’, ‘sentir’… son “modos de conducirse” del pensar mismo; más llanamente: modos de pensar.) Con mayor contundencia, si cabe, sentencia Descartes la distinción neta entre alma y cuerpo en la sexta meditación: “me basta con poder concebir claramente una cosa sin otra, para estar seguro de que la una es diferente de la otra” (p.65); “puesto que, por una parte, tengo una idea clara y distinta de mí mismo, en cuanto que yo soy sólo una cosa que piensa –y no extensa– y, por otra parte, tengo una idea distinta del cuerpo, en cuanto que él es sólo una cosa extensa –y no pensante–, es cierto entonces que ese yo (es decir, mi alma, por la cual soy lo que soy), es enteramente distinto de mi cuerpo, y que puede existir sin él” (p.66). No es casual, en absoluto, que Descartes comience esta meditación afirmando que sólo le queda examinar “si hay cosas materiales”. Y es que lo que Descartes está separando, al distinguir esencialmente el alma del cuerpo, no se circunscribe a la entidad humana; antes bien, se extiende al territorio de toda la realidad. En la separación alma/cuerpo, Descartes está independizando el mundo espiritual del mundo material, si bien subordina éste a aquél, al mostrar, con el ejemplo de la cera (la cual, a través de su posible infinidad de cambios, es concebida por mí como la misma cosa) y el de los sombreros y capas (que yo juzgo hombres) que “los cuerpos no son propiamente concebidos sino por el solo entendimiento, y no por la imaginación ni por los sentidos” (pp.28–30). Al mundo espiritual le adjudica, como atributo esencial activo, el pensamiento; mientras que al mundo material lo define como pasiva extensio. Teniendo en cuenta la pertenencia exclusiva de la esencia humana (es decir, el yo: “mi alma, por la cual soy lo que soy”) al ámbito espiritual, se muestra entonces la tajante escisión obrada entre el sujeto y el objeto de conocimiento. Pero aquí yace una contradicción. Y mi intención es demostrar que tal contradicción es intrínseca a la estructura de la filosofía cartesiana.

 

El Discurso del método expresa aún más abiertamente que las Meditaciones la soberana independencia del alma, respecto del cuerpo; y, de resultas de ello, expresa también más abiertamente la contradicción de la que hablo.[4] Descartes, después de aceptar “esta verdad: pienso, luego existo… como el primer principio de la filosofía que andaba buscando… examinando con atención lo que yo era, y viendo que podía imaginar que no tenía cuerpo y que no había mundo ni lugar alguno en que estuviese, pero que no por eso podía imaginar que no existía, sino que, por el contrario, del hecho mismo de tener ocupado el pensamiento en dudar de la verdad de las demás cosas se seguía muy evidente y ciertamente que yo existía; mientras que, si hubiese cesado de pensar, aunque el resto de lo que había imaginado hubiese sido verdadero, no hubiera tenido ninguna razón para creer en mi existencia, conocí por esto que yo era una substancia cuya completa esencia o naturaleza consiste sólo en pensar, y que para existir no tiene necesidad de ningún lugar ni depende de ninguna cosa material; de modo que este yo, es decir, el alma, por la que soy lo que soy, es enteramente distinta del cuerpo, y hasta más fácil de conocer que él, y aunque él no existiese, ella no dejaría de ser todo lo que es” (Discurso del método, trad. de Rodríguez Huéscar, Orbis, 1983; pp.72 y ss. La cursiva es mía).

La citada contradicción se encuentra contenida en las palabras en cursiva. Para ponerla de manifiesto, acudamos ahora a las Regulae ad directionem ingenii. Descartes, en la regula XII, asegura que “En el conocimiento no hay más que dos puntos que considerar, a saber: nosotros, que conocemos, y los objetos, que deben ser conocidos” (en Orbis, incluido en ob.cit., trad. de Samaranch); y en la regla octava, “que ningún conocimiento puede preceder al del entendimiento, puesto que de él depende el conocimiento de todo lo demás, y no a la inversa” (ídem).

¿Cómo es posible, no habiendo más que dos puntos en el conocimiento (uno, los sujetos que conocemos, otro, los objetos a conocer), el conocimiento del entendimiento, sin embargo imprescindible para el conocimiento de todo lo demás? ¿Cómo es posible el conocimiento del propio sujeto de conocimiento, o sea, de mí mismo­? (Recuérdese que yo soy “una substancia cuya completa esencia o naturaleza consiste sólo en pensar”; soy, pues, puro entendimiento.)

 

Desde la postura cartesiana, que no reconoce más que “dos puntos que considerar” –el subjetivo y el objetivo– en el conocimiento, hay una sola respuesta: el autoconocimiento sólo será posible mediante la objetivación del sujeto de conocimiento; esto es, sólo podremos conocernos concibiéndonos como “objetos” de conocimiento, proyectándonos en una autorrepresentación objetiva. Descartes carecía de un aparato conceptual adecuado para describir el complejo y discutible proceso de objetivación del sujeto de conocimiento; y, de cualquier modo, no hubiera podido llevar a cabo semejante descripción, en tanto que ni siquiera se percata de la problematicidad inherente a su afirmación de la posibilidad –incluso, “facilidad”– del autoconocimiento. Pero la posición epistemológica adoptada por Descartes (aún no examinada a fondo) lo libra de la incómoda obligación de explicar –y fundamentar– este proceso objetivador (por cuanto lo hace, no ya innecesario, sino inexistente), al tiempo que rehúye la problematicidad del cogito y salva la coherencia interna de su sistema filosófico.

 

[1] S. Agustín: De libero arbitrio, libro II, cap. III; De trinitate, X, 14; Contra academicos 1, III, c. XI; De civitate Dei, XI, 26. S. Anselmo: Proslogion, c. II.

[2] Este argumento no es ninguna tontería. Muchos creyentes en Dios –y especialmente muchos de los creyentes que, conscientes o no de su creencia, reniegan de Él– fundan su creencia en esa idea de absoluto que atraviesa su alma como un dardo sutilísimo pero mortífero: la grieta de infinitud, la tendencia a la perfección, el ansia de inmortalidad… Hambre de Dios que uno no se explica sin el aliento de su esencia.

[3] ¿En qué sentido cabe afirmar que la relación sujeto-objeto «determina», en el pensamiento de Descartes, la relación alma-cuerpo? En el sentido epistemológico: el dualismo radical cartesiano es una tesis ontológica que brota de una concreta posición epistemológica. Por «posición epistemológica» se entiende aquí, precisamente, un modo de relacionar el sujeto con el objeto del conocimiento, del cual resulta una peculiar concepción de la verdad.

[4] Advirtamos, de pasada, que, salvando la enumeración de las cuatro reglas metódicas, la continua insistencia en la unidad y sistematicidad del saber, y la mayor rotundidad en la formulación de las tesis, el desarrollo del Discurso es enteramente análogo al de las Meditaciones.

 

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En torno a la esencia de la verdad

Publicada el 18 de julio de 202418 de julio de 2024 por Ignacio

PRÓLOGO: La intención profunda de la presente, y aún por venir, obra filosófica. El filosofar, el filósofo y la filosofía. Sabiduría, la amante inasequible: siempre virgen aunque también madre. El hombre es el ente esencialmente distinto a sí mismo: la contradictoria identidad. La esencia humana, imposible vocación de Dios. La filosofía, forma y manifestación esenciales humanas de la imposibilidad de alcanzar un conocimiento absoluto y, a la par, de la necesidad de alcanzarlo. Este ensayo, en su intención más originaria, otra tentativa imposible de la humanidad ad divinitas. En su propósito explícito, una historia de la concepciones filosóficas de la verdad en las épocas moderna y contemporánea: historia de la filosofía y filosofía de la historia que culmina en la posición metafísica de una nueva concepción de la verdad.

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El problema de la verdad analizado desde la relación entre el sujeto y el objeto de conocimiento

Publicada el 18 de julio de 202418 de julio de 2024 por Ignacio

     1. Por “verdad” se entiende comúnmente la “conformidad de las cosas con el concepto que de ellas se forma la mente”, o bien la “conformidad de lo que se dice con lo que se siente o se piensa”.[1] La primera de estas dos acepciones del término viene a ser su definición epistemológica, mientras que la segunda constituye su definición moral. Este último significado de la verdad alude a la veracidad o sinceridad de quien conforma sus palabras a su sentimiento o a su pensamiento. Es esta alusión implícita al sujeto que la dice lo que la define como verdad “moral”. A la verdad moral se contrapone la mentira, no tanto en cuanto “falsedad”, como en cuanto “engaño”: pues el moralista no hace hincapié en la disconformidad de lo dicho con lo sentido, pensado o sabido en que incurre la mentira, sino en su carácter intencional. La intencionalidad, así de la verdad como de la mentira morales, las señala a ambas como el resultado de actos conscientes y voluntarios del sujeto que en cada caso las dice (quien ha de poseer potencialmente la facultad de la veracidad, y al par la de la mendacidad –las cuales, en realidad, están coimplicadas entre sí: o se poseen las dos, o ninguna–, para constituirse, en el terreno de las declaraciones verbales, sujeto moral –pues no aparece la moralidad donde no haya una cierta libertad de elección y acción–). Al ser el producto de acciones humanas deliberadas, ambas –la verdad y la mentira en sentido moral– quedan sometidas a enjuiciamiento ético.

     Existe, sin embargo, un modo de conformidad de lo dicho con lo sentido o pensado completamente amoral. Tal es el caso propio de la conformidad que guardan con su referente interno subjetivo los testimonios de quien acierta a expresar adecuadamente sus ideas o afecciones. Verdad, entonces, como efecto de la perfección expresiva –“perfec-ción”, ya sea en el sentido de “exactitud” (vgr., el empleo del lenguaje matemático en la expresión de teorías físicas), ya en el sentido artístico (vgr., la excelencia del poeta en la evocación de sentimientos).

      2. La primera de las definiciones de la verdad arriba citada es, según ya dijimos, su definición epistemológica, puesto que se refiere a la verdad de nuestras ideas o conceptos sobre las cosas, o sea, de aquello que entendemos que las cosas son; esto es, se refiere a la verdad del conocimiento. En realidad, no es otra cosa que una formulación del concepto tradicional de verdad: la verdad como conformidad, correspondencia o concordancia entre la cosa y su conocimiento. De modo que, frente a la verdad moral, consistente en la conformidad entre lo dicho y lo pensado, la verdad epistemológica radica en la conformidad de lo pensado con la cosa en la que se piensa. Ambos tipos de verdad son estructuralmente idénticos, y son también adyacentes. Estructuralmente idénticos, pues uno y otro se muestran como una conformidad entre dos términos. Adyacentes, porque comparten un término común: el pensamiento; ahora bien, mientras que éste ocupa la posición “absoluta”, por así decirlo, en la verdad moral –pues es el otro término (o sea, lo dicho) el que debe esforzarse en concordar con él–, en la epistemológica se ve desplazado a la posición “relativa” –ahora es él quien precisa a-similar-se a su correspondiente (o sea, la cosa)–. La diferente naturaleza de ambos tipos de verdad queda también señalada en el hecho de que a la verdad epistemológica no cabe, en principio (desde un punto de vista ingenuo), oponerle la falsedad de la mentira, sino la del error.

     3. La presente investigación acerca de las doctrinas de la verdad contenidas en los discursos de algunos destacados filósofos concierne exclusivamente a la verdad epistemológica, o verdad en sentido extramoral. A la cual, según ya se ha dicho, la define la tradición –la tradición filosófica occidental– como una conformidad entre dos términos, el término real (la res) y el mental o intelectual (la idea o inteligencia de esa res). Tomando como punto de partida esta definición, cabría figurarse la verdad como un puente tendido entre lo real y su conocimiento. Pero esta figura metafórica de la verdad es engañosa, en tanto que induce a considerarla como una especie de ente bípedo, el cual apoyaría un pie sobre el terreno real, y al par dejaría caer el otro en el entendimiento. Sin embargo, la verdad carece de “pies”: su aparente bifrontalidad proviene de la proyección, en ella, así del dominio real como del epistémico; pero la verdad no es, en rigor, más que una suerte de relación entre ambos: una relación de conformidad. Desde un punto de vista ideal, podría representarse esta relación como una relación especular entre la realidad y su conocimiento. Resulta bastante correcto, de hecho, imaginar la verdad como un espejo: ese fidedigno espejo de superficie absolutamente lisa que revertiría al entendimiento la cosa real, al reflejar en aquél su imagen idéntica, la réplica mental exacta. Conviene insistir en la uniforme tersura del espejo: su mínima rugosidad o curvatura implicaría ya una verdad deforme.[2]

     4. El símil del espejo ilustra el hecho de que la verdad no habita en el entendimiento[3]: la verdad, idealmente concebida a la manera de un espejo, se situaría entre la cosa real puesta a su frente y su fiel “reflejo” intelectual; residiría, por lo tanto, no en el mismo entendimiento, sino entre éste y su objeto de reflexión. 

     Lo que induce a considerar, erróneamente, al entendimiento como sede o residencia de la verdad es el hecho de que ésta se predica del conocimiento, y no de las cosas mismas (las cuales, consideradas en sí mismas, ni son verdaderas ni falsas; simplemente existen). Ahora bien: precisamente este mismo hecho indica que, en tanto que la verdad es siempre verdad del conocimiento, no puede ser, a su vez, conocimiento mismo; puesto que no es conocimiento, supera los límites del entendimiento –comprendido éste, en sentido kantiano, como la facultad de conocer–: la verdad trasciende el conocimiento.

     5. Lo cual acarrea la siguiente consecuencia, a saber: la indemostrabilidad de la verdad del conocimiento. Verdad es verdad del conocimiento. Mas, por esto mismo, no es conocimiento propiamente dicho. En consecuencia, no puede conocerse. Tratar de conocer la verdad del conocimiento –de cualquier conocimiento– es empresa imposible, escalada del infinito. Pues semejante empeño, de satisfacerse, proporcionaría el conocimiento de la verdad del conocimiento. Pero este nuevo conocimiento requeriría, a su vez, ser verdadero: habría entonces que aventurarse en pos de la verdad del conocimiento de la verdad del conocimiento. Y el conocimiento de esta verdad demandaría una nueva verdad… Y así, ad infinitum.[4]

     En este juego de palabras no se ha hecho otra cosa que proceder lógicamente. Pero si la lógica, aplicada al problema de la verdad del conocimiento, nos conduce al infinito, ello sucede porque cabalgamos sobre la nada: pretendemos arrastrar el conocer más allá de los límites del propio conocimiento. La imposibilidad de certificar la verdad del conocimiento puede describirse imaginariamente recurriendo, de nuevo, al símil del espejo: para adquirir la certidumbre de que un conocimiento es verdadero, sería menester viajar a través del espejo y aterrizar con las entendederas en el otro lado –o sea, el lado real–, a fin de examinar ‘sobre el terreno’ la presencia real ‘desnuda’ –la realidad en sí– y comprobar que, en efecto, el ‘original’ se identifica con la ‘copia’ –con su imagen intelectual–. Ahora bien: resulta que el único medio de acceso a la realidad con el que contamos es, precisamente, el propio conocimiento.

     “Bueno, ¿y qué? –puede objetarse–: no veo ninguna complicación en mirar la realidad y compararla con el conocimiento”; objeción que revelaría una total incomprensión de lo que acaba de explicarse: pues eso es precisamente lo que no puede hacerse. Porque, cuando se “mira” la realidad, se está ya, velis nolis, conociéndola. Y lo que se compara, entonces, es tan sólo un conocimiento con otro conocimiento de la realidad: no poseemos realidad, tan sólo (supuesto) conocimiento suyo.


[1]     Definiciones de la RAE, ed. de 1970.

[2]    El símil adolece, no obstante, de un obvio error: un espejo físico siempre devuelve la imagen gemela de lo que ante él se coloca; esto es, una imagen, aunque igual, simétrica.

[3]  Hecho éste que resultaría superfluo mencionar de no ser porque tantos y tantos filósofos han afirmado justamente lo contrario.

[4]  Una explicación del problema del retroceso ad infinitum del conocimiento de la verdad del conocimiento se encuentra en La verdad y el tiempo, de García-Baró. Este filósofo arranca de una perspectiva Husserliana, y expone el mencionado problema desde la constitución del conocimiento en ‘juicios’, deduciendo lo que ocurre si, en la aprehensión de la verdad (o falsedad) del juicio, se concibe dicha aprehensión como un ‘acto de saber’ añadido a la aprehensión del juicio en cuanto tal: se emprendería entonces una remontada a lo infinito, que concluiría (o más bien, no concluiría nunca, propiamente hablando) en la tesis absurda de que, para comprender la verdad de un juicio, es precisa la realización simultánea de una serie infinita de actos de saber. Ahora bien: García-Baró decide, entonces, que la verdad no puede consistir en un ‘acto de saber’, sino en una “evidencia” revelada al conocedor por la “energeia” con que la cosa misma se le manifiesta, y ante la cual aquél no puede sino dar su asentimiento. (Cfr. Ob.cit., pp.33-34). Nosotros, por el contrario, sólo podemos decidir, en el estadio actual de la investigación, que la verdad es inconocible –o, si se prefiere, que la comprensión de la verdad de un conocimiento no constituye, en sí misma, conocimiento alguno.

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