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Autor: Ignacio

Muerte entre las flores

La filosofía del joven Wittgenstein y el héroe taciturno de las novelas de Dashiell Hammett

Publicada el 28 de noviembre de 2024 por Ignacio

Vaya por delante que al joven Wittgenstein le encantaban las revistas pulp donde aparecían relatos de autores de novela negra, muy presumiblemente de Dashiell Hammett, Raymond Chandler y otros autores… y también las películas de cine negro, para ver las cuales se situaba en las primeras filas, a fin de «ser absorbido» —por así decirlo— por la gran pantalla.

 

 

La intersección entre filosofía y literatura ha sido un terreno fértil para el análisis y la reflexión. Dos figuras aparentemente distantes en sus respectivos campos, Ludwig Wittgenstein, un filósofo del lenguaje, y Dashiell Hammett, un maestro de la novela negra, comparten una característica intrigante: el uso del silencio y la concisión como herramientas fundamentales en su obra. Wittgenstein, con su filosofía de la «inexpresabilidad» y el héroe taciturno de Hammett, personifican una economía del lenguaje que revela tanto como oculta. Este artículo explora cómo la filosofía taciturna de Wittgenstein se refleja en los héroes lacónicos y reservados de Hammett, y cómo ambos abordan la complejidad de la comunicación humana.

El joven Wittgenstein: El Silencio Filosófico

Ludwig Wittgenstein, uno de los filósofos más influyentes del siglo XX, centró gran parte de su trabajo en los límites del lenguaje. En su obra temprana, el Tractatus Logico-Philosophicus, Wittgenstein propone que sobre lo que no se puede hablar, es mejor callar. Esta afirmación, en el famoso aforismo «De lo que no se puede hablar, hay que callar», subraya la idea de que el lenguaje tiene límites y que más allá de estos límites reside lo inexpresable.

Wittgenstein sostenía que el lenguaje es un medio para representar el mundo, pero que ciertas experiencias y conceptos están más allá de su alcance. Este enfoque taciturno de la filosofía sugiere que el silencio no es una falta de comunicación, sino una forma de reconocer la profundidad y la complejidad de aquello que no puede ser dicho. El silencio, en este contexto, se convierte en una herramienta poderosa para explorar la esencia de la realidad y la condición humana.

El Héroe Taciturno de Hammett

Por otro lado, Dashiell Hammett, con sus novelas de detectives, introdujo al mundo literario héroes que comunican más con su presencia y acciones que con sus palabras. Personajes como Sam Spade en El Halcón Maltés y el Continental Op en Cosecha Roja son figuras lacónicas que emplean el silencio como una estrategia tanto de supervivencia como de comunicación. Estos personajes operan en un mundo donde la información es poder y la reserva es una forma de protegerse y mantener el control.

El héroe taciturno de Hammett refleja una economía del lenguaje similar a la de Wittgenstein. Sus silencios y breves respuestas a menudo revelan más sobre su carácter y sus intenciones que largos discursos. En un entorno de corrupción y peligro constante, la concisión se convierte en una herramienta esencial. La falta de comunicación explícita no implica una falta de profundidad; al contrario, estos personajes poseen una rica vida interior que se sugiere más que se declara.

Paralelismos y Convergencias

Tanto el joven Wittgenstein como los héroes de Hammett comparten una visión del lenguaje como algo que tiene límites definidos. Para Wittgenstein, estos límites son filosóficos y epistemológicos, mientras que para Hammett, son prácticos y existenciales. En ambos casos, el silencio y la concisión no son simplemente ausencia de palabras, sino formas deliberadas de comunicación que sugieren una comprensión más profunda y compleja de la realidad.

Además, ambos plantean una crítica implícita a la superficialidad y la ineficacia del lenguaje prolijo. Wittgenstein desafía la idea de que el lenguaje puede capturar todas las dimensiones de la experiencia humana, mientras que Hammett muestra cómo el exceso de palabras puede ser una distracción o una forma de manipulación. En lugar de confiar en el lenguaje para resolver todos los problemas, tanto el filósofo como los héroes literarios recurren al silencio y la acción.

Conclusión

La filosofía taciturna de Ludwig Wittgenstein y los héroes taciturnos de las novelas de Dashiell Hammett, aunque surgidos de contextos muy diferentes, convergen en su enfoque hacia el lenguaje y la comunicación. Ambos utilizan el silencio y la economía de palabras como herramientas esenciales para explorar y revelar la complejidad de la realidad y la naturaleza humana. Wittgenstein nos enseña que hay límites en lo que se puede expresar con palabras, y que el silencio puede ser una forma de reconocimiento de esos límites. Del mismo modo, los personajes de Hammett demuestran que a veces, lo que no se dice es tan importante, o incluso más, que lo que se dice. En ambos casos, el silencio se convierte en una forma poderosa y reveladora de comunicación.

 

 

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La segunda vuelta · Prólogo

Publicada el 1 de agosto de 20243 de septiembre de 2024 por Ignacio

A Pilar Blanco, por ayudar a tantos a emprender su segunda vuelta.

 A mis padres, por sobrellevar con tanta entereza sus vueltas y las de sus hijos.

 A Samuel Neris, porque en cierta ocasión

le pedí a mi jefe una buena travesía,

y mi jefe me escuchó.

 

 

 

Prólogo

 

 

 

Una noche, recientemente, me encontraba solo, bebiendo una cerveza en un garito de copas, e incumpliendo así cierto compromiso conmigo mismo… Reflexionaba sobre el absurdo de mi vida; más concretamente, sobre lo absurdo de tantas acciones innumerablemente repetidas, tantos errores cometidos una y otra vez –y siempre vueltos a cometer, de nuevo, en circunstancias muy parecidas; –y con finales similarmente patéticos, sórdidos, absurdos a fin de cuentas…

El fracaso, a horcajadas sobre la debilidad humana –mi debilidad–, como constante vital.

Pero esa noche, en ese momento, sentí de pronto que ya no iba a ser así; que ya no debía seguir siendo así…

Porque esa noche, en ese momento, comprendí de súbito que, independientemente de mis esfuerzos más o menos aislados o congruentes por mejorar mi vida, independientemente de mi voluntad o mi falta de ella, de mis aciertos y mis errores, de mis éxitos y mis fracasos, había un motivo de fondo –un motor, podría decir, utilizando la misma raíz léxica y ajustando un poco más el significado– que explicaba –y, en cierto sentido, incluso justificaba– que mis esfuerzos me condujeran una y otra vez al error, al fracaso, al absurdo.

Y es que, hasta entonces, yo aún no había concluido mi primera vuelta: no sabía de dónde venía ni adónde iba.

Pero ahora –esa noche, en ese momento– comprendía asimismo, en un mismo único acto de comprensión, que –sin saber exactamente dónde, ni cómo, ni cuándo– yo ya había concluido esa primera vuelta, y me encontraba en el comienzo de la segunda…

Supe entonces que, a partir de ese momento, iba a repetir de nuevo todas esas acciones, a volver de nuevo a los mismos lugares, a vivir las mismas situaciones… Pero, ahora, todo iba a ser –o debería ser, al menos– diferente. Porque yo ya estaba emprendiendo la segunda vuelta: ahora sabía –o debería saber, al menos– de dónde vengo, y adónde voy.

Porque estoy repitiendo el mismo camino, el camino que ya recorrí una primera vez; pero ahora lo hago, al menos en cierta medida –una medida suficiente– con conocimiento de causa, lo que me permite –debería permitirme– evitar el desgaste de tantos palos de ciego, tantas innecesarias tiradas al barro, tantos infiernos, charcos y pantanos… (Donde, dicho sea de paso, los errores no consistieron tanto en atravesarlos –lo que, sospecho, en muchos casos habré de volver a hacer–, cuanto en profundizar en ellos más de lo necesario… y perder voluntariamente el autocontrol.)

Ahora tengo la posibilidad de hacerlo bien. Lo que a su vez implica: tengo también la responsabilidad. Ya no valen excusas.

Es desde aquí –desde el comienzo de la segunda vuelta– desde donde escribo estas meditaciones.

Con la certeza de que volveré a cometer errores. Con la esperanza de hacerlo mejor que en la primera. Con el propósito de prepararme a fondo para la tercera.

 

Quiero advertir expresamente, sin embargo, que no escribo desde la posición de un sabio. Si obrar mal es, según afirmaba Sócrates, fruto exclusivo de la ignorancia, sin duda soy un ignorante… Si, como sospecho yo, se puede también obrar mal a sabiendas, además de la ignorancia me adornan otras cualidades: soy miedoso, extremadamente torpe… y es muy posible que incluso sea un hombre malo.

De hecho, el promedio de mis errores ante cualquier acción que emprendo es considerablemente superior al de la mayoría de mis semejantes. Pero esto –en mi humilde opinión–, en lugar de restar interés a estas meditaciones, lo añade: cuando uno fracasa sistemáticamente donde tantos otros aciertan a la primera –o a la segunda–, se ve obligado a analizar detenidamente sus circunstancias y extraer conclusiones que lo ayuden a tornarse más eficaz…

 

En otro orden de cosas: hará unos doce años que abandoné el campo de la filosofía teórica, tras otra decena dedicándome a ella…

 

Es mi interés condensar aquí una serie de reflexiones que me he ido haciendo a lo largo de esta docena de años… Si bien son reflexiones teóricas, están claramente orientadas a la práctica vital (lo que los griegos llamaban praxis, vaya).

De hecho, dos criterios básicos pretendo aplicar para la redacción y condensación escrita de estas meditaciones:

  • El primero es rehuir las disquisiciones puramente teóricas, más propias de ámbitos académicos especializados.
  • El segundo es admitir sólo aquellas meditaciones que puedan ser de interés humano general; es decir, que puedan servir a otros seres humanos, de una u otra manera –aunque sólo sea para contrastar con nitidez su personal punto de vista al respecto, por diferentes o incluso opuestas que sean sus conclusiones–. Este segundo criterio implica, entre otras cosas: evitar así el narcisismo como el onanismo –extremos de la subjetividad que se tocan–, excluyendo del presente escrito aquellas historias y circunstancias personales que sólo me importan a mí y a las personas implicadas en tales –con lo que, de paso, protejo mi intimidad y la de terceros–. Ello no excluye, sin embargo, que en algún momento pueda tomarme alguna licencia, expresando alguna característica mía personal –que, por otra parte, sirva para salpimentar la aridez de las exposiciones (y también, siendo sincero: para dejar mi ego más ancho que un ocho, qué caramba).

 

Por último, soy consciente de que emprender esta andadura escrita entraña para mí un riesgo muy claro –dentro del riesgo general de caer en una mayor o menor impostura que supone toda fijación por escrito de temas vitales–: en el momento en que termine pueden convertirse en armas arrojadizas que, a la manera de boomerangs, recaigan sobre mí acusando mi inconsecuencia, mi debilidad, mi torpeza, mi –posiblemente lo que más tema en este mundo–… falta de dignidad.

Es un riesgo asumido, –y en esta asunción se revela el otro gran motivo que me impulsa a desarrollar este escrito: comprometerme abiertamente con el trabajo que he venido a hacer a este mundo.

 

 

 

 

 

 

Ignacio Iglesias, 15 de agosto de 2007

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Claves para la segunda vuelta

Publicada el 1 de agosto de 20243 de agosto de 2024 por Ignacio
  • La tensión entre la reflexión y la acción –preparación mediante–.
  • La simpática langosta que se coló en la oficina y el misterio de la vida: libertad y muerte.

No se trataba del crustáceo, sino del insecto.

Hará una decena de años, me encontraba solo en mi estudio trabajando a contrarreloj en sesión maratoniana. Era verano y tenía la ventana abierta. Lucía el sol.

De pronto, un bicho negro entró volando por la ventana. Al ser bastante voluminoso, y yo más bien aprensivo, me sobresalté. El bicho revoloteaba a intervalos por la estancia, y a intervalos desaparecía.

Tras inspeccionar la situación, logré localizarlo, posado en algún rincón: se trataba de una langosta negra. Me extrañó considerablemente su presencia, pues estos insectos no son comunes en la ciudad, y además mi estudio de aquella época estaba en un séptimo piso, sito en la calle Capitán Haya.

Al principio me inquietaba, e incomodaba, su presencia y su revoloteo. Pero llevaba mucho tiempo trabajando a destajo y me sentía muy solo, de manera que, paulatinamente, no sólo me acostumbré a ella, sino que incluso le cogí cariño: la sentía como una inesperada compañera en mis horas de fatiga y soledad.

Dijérase que a ella le ocurrió algo parecido conmigo, pues tras sus revoloteos, cada vez se posaba más cerca de mí, y prolongaba más su quietud: fue posándose en la mesa, sobre el ordenador, luego sobre mí…

Me embriagó un intenso sentimiento de comunión con ella, supongo que potenciado por las prolongadas horas de insomnio… Nos mirábamos con ternura (al menos por mi parte).

Tras varias horas, al fin concluí mi trabajo. Comencé a cerrar el chiringuito y, como de costumbre, fui a cerrar la ventana. Pero entonces pensé en la langosta, que, posada cerca de mí, me miraba con sus negros ojos saltones.

Sabía que, tras tres días sin dormir y terminada la faena, pasaría al menos dos días sin retornar al estudio… Consideré que dejarla dentro suponía condenarla a la muerte. De manera que acerqué mi mano a ella, tendiéndole la palma, y le dije: «Ven, sube».

La langosta se posó en la palma de mi mano. Saqué ésta por la ventana, y le dije: «Eres libre. ¡Vuela, amiga mía!».

Se echó a volar, cruzando raudamente la ancha calle, acompañada por mi mirada.

Entonces, cuando surcaba el aire a eso de una veintena de metros de la ventana, un veloz gorrión con el pico abierto se abatió implacable sobre ella, cazándola y engulléndola al vuelo.

Me quedé turbado.

Por una parte, porque el gorrión siempre ha sido mi pájaro preferido, mientras que hasta ese día las langostas me parecían bichos repugnantes y dañinos, por aquello de las temibles plagas de langosta. Pero aquí la situación se había invertido: la langosta se había convertido en mi entrañable amiga, mientras que ese gorrión se había manifestado como un feroz depredador.

Por otra parte, por mi sentimiento de culpabilidad: pretendiendo salvar a mi langosta, le había causado la muerte.

Ello me condujo a la siguiente reflexión (acertada o no): otorgarle libertad a alguien, implica exponerle a la muerte.

Esto incluye otorgársela a uno mismo. Quizá especialmente a uno mismo.

  • Perderle el miedo al miedo.
  • La soledad y la compañía. La soledad es dura: fatigosa. Desde el punto de vista práctico: todo más complicado. Desde el punto de vista vital –y existencial–: más fácil que se le escape a uno el sentido de la vida, al no tener con quien compartirla.
  • La soledad II: el viajero solitario sólo se siente “en casa” cuando está de viaje. Explicar, matizar.
  • Metáfora de las escaleras mecánicas (precisar, ampliar, matizar: redondear)
  • Verdades y mentiras
  • Amores varios: la amistad
  • Amores varios: la familia
  • Amores varios: la pareja
  • Amores varios: los amores imposibles
  • El trabajo: la profesionalidad, la dignidad
  • Los lemas o mantras: Fe, esperanza, caridad; paz, alegría, bondad; libertad, humildad, dignidad; paciencia, prudencia, templanza; valor; AMOR y –si fuere posible–, un poquito de felicidad; pero sólo por añadidura [EXPLICAR]
  • Sobre los consejos ajenos > Cuidadín! > A menudo complican las cosas y promueven la toma de decisiones incorrectas. DIFERENCIAR entre la petición de consejo ante la ignorancia o la duda (muy adecuada) y la recepción de consejos no pedidos, ante situaciones sobre las que ya se ha reflexionado lo suficiente.
  • Sobre la excesiva cortesía –problemas que acarrea–; en relación con ella, la excesiva bondad: exposición a peligros innecesarios
  • Buenas y malas acciones; buenas y malas personas. Sobre los juicios morales
  • Liberarse de la exigencia de “ser bueno”, “ser sabio”, etc. Errores, desvíos y peligros a los que encamina esta autoexigencia. Como opción personal: en lugar de “bondad”, “profesionalidad”: Requisitos, condiciones, compromisos y características de un profesional.
  • “No es para tanto”. Y también: “Con dos cojones y p’alante”.
  • Las cosas siempre se estropean. Todas
  • El tiempo I. Control del ánimo y el comportamiento en el tiempo
  • El tiempo II. El tiempo ajeno y el tiempo propio: relaciones, (des)equilibrio
  • Deber, querer, desear. Similitudes y diferencias. Tensiones y contradicciones.
  • Presión social: lo que los demás piensan de uno.
  • Presión social: los inadaptados y los adaptados.
  • Disfruta el momento. Carpe diem. La reflexión ahoga el disfrute.
  • Estructuras de poder I. La pirámide invertida: el jefe no debe estar arriba, sino abajo.
  • Estructuras de poder II: relaciones sociales. Aprecios, desprecios, menosprecios y supravaloraciones. Categorías y roles. Posicionamientos en grupos humanos. Desmarques.
  • Las puertas son como las mujeres: hay que tratarlas con cariño y suavidad para que se abran.
  • Egoísmo y egocentrismo. Puntos en común. Diferencias. Valoraciones.
  • Egolatría
  • La importancia de vencer inercias como motor del cambio vital. Madre con los idiomas de ejemplo.
  • Lo importante no es ser invulnerable (la invulnerabilidad, aparte de una quimera, tampoco es deseable); lo importante es soportar las heridas y aprender a curarlas.
  • “No tener dónde caerse muerto”: expresión mal hecha; lo que uno necesita es tener dónde “caerse vivo”. Para caerse muerto siempre hay sitio; si –en el peor de los casos– no tienes dónde caerte muerto… pues no te mueres y listo –lo cual sería, por otra parte, una desgracia de cierta magnitud; más precisamente: de magnitud proporcional al tiempo en que, habiendo llegado tu hora, tardases en encontrar dónde “caerte”.
  • Expresiones invertidas: usos sibilinos del lenguaje.
  • Oh maravilla: por favor, dejad que los niños se acerquen a mí.

Oh, maravilla entre las maravillas! Hubo un tipo, a quien considero uno de mis maestros –el maestro entre mis maestros, mi capitán para ser más exacto–, que dijo: “Dejad que los niños se acerquen a mí”.

Siguiendo en esto a mi maestro, pero más cortés que él –y quede claro que mi cortesía en este caso no es una virtud, sino un defecto: el exceso de cortesía, como casi todos los excesos, es defectuoso (puede revelar debilidad: defecto de seguridad en uno mismo, o cosas peores; por ejemplo: carencia de buenas intenciones)–, yo también proclamo: “Por favor, dejad que los niños se acerquen a mí”.

Sin embargo, más mundanal que mi maestro (pese a ser muy trascendente), proclamo asimismo: “Oh, por favor, dejad que también las niñas se acerquen a mí”.

Pero ellas, con la instintiva sabiduría que les otorga la Mater Natura –y que sin duda tiene que ver con su potencial condición de madres– suelen mantener conmigo una distancia cuando menos prudencial… –Y que, dicho sea de paso anecdóticamente, quizá tenga que ver con el hecho de que bajo ningún concepto pretendo hacerlas madres (de unos hijos que, si dios no dispone expresamente lo contrario, bajo ningún concepto voy a tener…).

  • Sobre la locura I.

Cuando un tipo está loco, lo que se dice verdaderamente loco, jamás va a recuperarse de su locura. Ésta es inherente a su esencia: le es indispensable para preservar su identidad, –su destino vital.

Otra cosa es que consiga disimularla o –mejor dicho– sobrellevarla de manera digna y positiva.

Para cumplir este objetivo, otras personas pueden ayudar al loco… Pero no nos engañemos: el principal mérito –o demérito– va a ser siempre del loco en cuestión.

  • Sobre la locura II. La sancta locura.
  • Sobre la locura III. “Locos del mundo, uníos”.

 

 

LO QUE UNO TIENE QUE SABER

Publicada el 1 de agosto de 2024 por Ignacio

A mi juicio, lo verdaderamente importante que todo hombre –o mujer– tiene que aprender en la vida puede condensarse en los siguientes puntos:

  • Averiguar qué es lo que quiere hacer en la vida.
  • Averiguar qué es lo que tiene que hacer en la vida.[1]
  • Una vez aprende esto, empieza el saber práctico propiamente dicho: ahora tiene que conseguir que lo que quiere hacer coincida con lo que tiene que hacer.[2]
  • Después empieza lo más difícil: averiguar cómo hacer lo que quiere y tiene que hacer.
  • Finalmente, el punto crucial: averiguar cómo hacerlo… bien. Si lo hace, pero lo hace mal, puede ocurrir que el resultado sea mucho peor que no haberlo hecho.

[1] Un filósofo puntilloso (“¡Marditoh roedores!”) podría objetarme, no sin cierta razón, que, sensu strictu, uno no puede llegar a saber eso, sino, a lo sumo, “lo que cree que tiene que hacer…” –y no “lo que tiene que hacer”–. Desde un punto de vista ontológico o epistemológico podría concordar con él; pero no desde la perspectiva de la praxis vital desde la que escribo estas palabras: puesto que la única instancia absoluta a la que uno puede apelar desde el punto de vista vital –y admitiendo el presupuesto de su libertad de elección–, es, a fin de cuentas, uno mismo, “lo que tiene que hacer” es, justamente, “lo que cree que tiene que hacer”; esto no nos exhime, por supuesto, de responsabilidad moral: es muy fácil engañarse, equivocarse, dejarse seducir por objetivos inadecuados… y, por otra parte, “creencia” no implica en su concepto, en modo alguno, “carencia de fundamentos”.

En relación con esto: clásica objeción a la usanza budista-pasada-por-Occidente (“vuelta y vuelta”): “Todo este planteamiento está equivocado porque, para empezar, el “yo” es un engaño; la única instancia absoluta a la que apelar en cuestiones vitales es el Self –que sólo aparece tras la suspensión de la mente, e implica, precisamente, la disolución del yo–, o esencia universal que, radicando en mi ser, vincula mi microcosmos con el macrocosmos…” Veamos: hace ya un buen número de años que definí el yo –instalado en mi limitada perspectiva de la tradición epistemológica occidental– como la ficción necesaria constituyente de nuestra vida… y, lo peor: sigo sosteniendo esa afirmación. Que el yo sea una ficción no es nada nuevo (en Occidente –donde en algunos aspectos somos muy tardos–, ya Hume sentó cátedra al respecto); sin embargo: que sea una ficción no implica, en modo alguno, que no sea necesaria… en la vida humana, de hecho, lo es. Por mucho que uno se suma en meditación trascendental al estilo oriental, o en  éxtasis místico a la manera occidental, cuando regresa de su viaje retorna, velit nolit, a su yo: ni en su trabajo lo van a llamar por otro nombre, ni en sus papeles va a figurar “Self”, “Nadie”, “Espíritu” u otro tipo de denominación sino más bien su nombre; el color de sus ojos y su constitución corporal van a seguir siendo –milagros o fenómenos paranormales aparte– los mismos, etc. En rigor, para que se produzca la desaparición del yo, es necesaria la desaparición de este mundo –y hablo de un tipo de desaparición muy concreta: desaparición químico-físico-corpórea. O sea, la muerte en sentido clínico (u otro tipo de desaparición, como la de Elías el profeta, quien, al decir de las Sagradas Escrituras judeocristianas, ascendió al cielo en un carro de fuego); caput, en cristiano vulgar–. Hay, sin embargo, un tipo de casos excepcionales en que desaparece el yo sin que lo haga el cuerpo que lo sustenta; trátase, por poner dos casos: bien de amnesia total, bien de individuos que cambian radicalmente de lugar, circunstancias y nombre… Pero no se preocupen: la ficción necesaria del yo es muy persistente (si no, no sería “necesaria”); pues lo que ocurre en esos casos es que otro yo ocupa, con mayor o menor prontitud, el lugar del anterior. Todo esto dicho, ojo, con el mayor respeto a las prácticas transcendentes: No seré yo –que situé, muchos años ha, así en la base como en la cúspide de mi proyecto de sistema filosófico a la mística– quien menosprecie este tipo de prácticas, de las que el yo sale renovado y más integrado con el mundo… pero yo a fin de cuentas. Y –abundo y concluyo–: que nuestro yo no sea nuestra esencia me lo barrunto incluso yo… Pues, en la medida en que lo estipulo como ficción, si a la vez lo estipulara como esencia, no podría sino concluir que no somos más que entes de ficción (y no creo –no quiero creer– tal cosa). Pero, insisto: ya que no nuestra esencia, nuestro yo es el filtro inevitable desde el que los humanos vivimos la vida; de manera análoga a como, en cierto sentido, todos somos egocéntricos –pues no nos queda más remedio que ser el centro de nuestra propia existencia.

[2] Consejo: si tu sistema vital te impide llegar a esta coincidencia, cambia de sistema; pues, si no la logras, serás un desgraciado para el resto de tus días, en perpetuo conflicto contigo mismo.

Jero tocando el Didgeridoo en El Barranco de los Asensios

Dos pensamientos

Publicada el 31 de julio de 2024 por Ignacio

1)

 

El tipo iba caminando por la calle, murmurando.

Una gente cercana, al notar que no se dirigía a ellos, ni a nadie cercano suyo, comentaron:

–Está loco: habla solo.

El tipo, mientras seguía caminando dejándolos atrás, murmuró para sus adentros:

–No estoy loco; hablo conmigo mismo.

 

2)

Una vez, caminaba con mi amigo Borja –carpintero, antaño un sabio[1], Jero lo conoce– por la Alameda de Segovia –un hermoso Paseo lleno de verdes árboles, supongo que álamos–. El día era nublado, pero el paseo me parecía tan bonito que, conmovido por la belleza que me circundaba, le comenté a mi amigo:

–Qué bonita es la Alameda, así con el día nublado… Seguramente, incluso más bonita que luciendo el sol… –. A lo que el amigo Borja replicó:–

–No te creas, Bicho… Cuando luce el sol, sus rayos caen entreverados por entre las ramas –y, sobre la marcha, me lo aclaraba con gestos y señales–, por aquí, por allá… y es un flipazo. Pero, ¿sabes cuando mola que te cagas…? Cuando nieva… Porque, cuando nieva, Bicho, la nieve, se acopla sobre las hojas de los árboles y… –Se interrumpió unos segundos–. Claro, que… Una vez, granizando, vine a correr por aquí y…

En ese momento se frenó en seco, tanto de paso como de palabra, como vislumbrando algo importante… Al cabo de unos segundos, su cara se relajó, y sus ojos se agrandaron en esa mirada sabia que yo ya conocía y tanto apreciaba…

–¿Sabes qué, Bicho? Que en el fondo me da igual: A mí la Alameda me parece un flipazo haga el tiempo que haga: así haga sol, llueva, granice o incluso truene… Me encanta haga el tiempo que haga.

Saqué una lección de esta charla. Porque me acordé del refrán: “Al mal tiempo buena cara”.

Es un refrán admirable; y, sin duda, indica dureza, determinación, y afán de salir adelante pase lo que pase…

Pero…

En teniendo en cuenta las palabras de Borja, lo piensas, y te dices:

“Ahora bien: si uno consiguiera que, haga el tiempo que haga, ese tiempo sea un buen tiempo para él… Entonces, ya no necesitará ponerle al mal tiempo buena cara… simplemente, pondrá buena cara siempre, porque siempre hará buen tiempo.”

 

 

 

A mi amigo Jero

de su amigo

Juan Rayos

 

3 de julio del 2008

 

 

[1] Contra lo que la mayoría de la gente piensa, la sabiduría no es una cualidad que se adquiera de una vez y para siempre; muy al contrario: el tipo más sabio del mundo puede volverse –de un día para otro, en casos extremos– el tipo más necio del mundo… Lo que nos advierte: no bajéis la guardia, muchachos, que la necedad es un arma que se carga sola, sin necesidad de munición.

Retrato de juventud de Ignacio Iglesias

Pensamientos ingeniosos de un imbécil de 23 años recién cumplidos

Publicada el 31 de julio de 202431 de julio de 2024 por Ignacio

(tras noche en vela con borrachera incluida)

 

 

 

Cuando uno rebaja sus ideales, está rebajándose entero: lo rebaja todo de sí mismo, ––incluso, hasta las ganas de morir.

*          *          *

De acuerdo: la vida –al menos tu vida– es una apuesta perdida… ¡Pero, muchacho, te creía hecho de otra madera!: ¿Acaso esa inexorable pérdida –llámala “trágica”, si eres aficionado a la grandilocuencia–, acaso ésta tu perdición, es excusa para dejar de luchar?

*          *          *

No hay sentimiento más triste que éste de saberse innecesario: ¡Qué sórdido y asqueroso cuando, en medio de una situación, junto a aquellos a los que considerabas tus amigos, descubres que eres completamente indiferente ––o sea, que, a todos los efectos, da igual que estés o no presente!

*          *          *

Hermann Hesse –y con él, muchos y muy eminentes pensadores y artistas– afirma que los motivos reales, auténticos –“fundacionales”, podríamos decir– de nuestra conducta permanecen siempre al margen tanto de nuestra consciencia como de nuestra voluntad: esto es, ocultos en algún recóndito rincón de nuestro ser, en el rincón de los instintos –el rincón donde se instalarían estas especies de resortes que, supuestamente, nos gobiernan como a muñecos–.

Pues bien: no estoy de acuerdo, ni con Hesse, ni con nadie que piense lo mismo; bien es verdad que los hombres actúan, en innumerables ocasiones, movidos por oscuros, inconscientes, involuntarios y hasta indecibles instintos, deseos o querencias; pero, sin duda, también es verdad que un ser humano es capaz de actuar con arreglo a su clara, consciente, voluntaria –¿decible, indecible?– decisión. A éste lo llamo yo “torero”, pues se atreve a agarrarle los cuernos a su destino, –aún a riesgo de descornarse–. Lo jodido, a fin de cuentas, no es ignorar por qué hacemos lo que hacemos; lo jodido es averiguar que lo hemos hecho porque otro quiso que lo hiciéramos.

*          *          *

¿Por qué no vives de tal manera que, a la hora de mirarte al espejo, te enorgullezca enamorarte de ti mismo?

*          *          *

Algo tienen en común estas palabrejas con los proverbios de Confucio, las máximas de Buda, las sentencias de Mahoma o los preceptos de Jesús: muchos concuerdan en ellos, pero ninguno los practica.

*          *          *

¡Ay Dios mío! Líbrame de esta degeneración: no permitas que llegue a convertirme en un puñetero moralista.

*          *          *

Esto de poner por escrito las normas de un buen vivir… Esta ridícula pretensión de adoctrinar a los semejantes en la esperpéntica aventura de la vida con palabras, seducciones, razonamientos, camelos y caramelos… me parece una putísima mierda. Mucho más vale un beso en la mejilla, una sonrisa sincera, un caluroso apretón de manos, un puñetazo a tiempo.

*          *          *

“Rebajar el sufrimiento a la categoría de costumbre”, dijo una vez Rosa Chacel. Y yo le doy la razón a Rosa: ¿Qué otra cosa mejor cabe hacer, si, desde el principio de los tiempos, los humanos hemos rebajado la costumbre a la categoría de sufrimiento?

*          *          *

¡Qué admirable es aquél que hace el bien sin ni siquiera caer en la cuenta de lo que está haciendo! ––Pues éste, al acometer la buena acción, no ha pensado ni en su deber ni en el derecho de los otros, no se ha sometido a obligaciones morales: el bien le mana espontáneo, su corazón es fresco y tierno como un pedazo de pan recién hecho.

Aunque, por otra parte, ¡Qué admirable es aquél que hace el bien porque –y sólo porque– cree que es lo que debe hacer! ––Pues éste sacrifica sus propios intereses a la bondad, renuncia a su egoísmo, se sobrepone –incluso se contrapone– a la naturaleza: es un mártir del amor (sólo es mártir quien se percata de su martirio).

*          *          *

Te voy a dar una lección, amigo mío, con la esperanza de que la aprendas: yo no soy quién para darte lecciones. Desconfía de mí, jamás se te ocurra juzgarme un valor absoluto: no soy Dios, y si no lo recuerdas, acabaré defraudándote, y dejaremos de ser amigos.

*          *          *

Soy como la espiga de trigo: la más leve brisa la doblega, pero ni siquiera un huracán puede desarraigarla. Por esto ni los más feroces ventarrones son capaces de arrastrar consigo a la endeble espiga: porque ésta se ha humillado tantas veces, conoce tan bien sus inevitables flaquezas, que nunca se creerá Dios.

*          *          *

¿Quieres ser un héroe? ––Mantén tensos tus músculos, vigilante tu consciencia: siempre al acecho de la circunstancia oportuna para tu heroísmo, esperada por él. Puede que sí, puede que no; quizá llegues a ser un héroe.

*          *          *

¿Por qué dije antes que la vida es una apuesta perdida? ––Porque sé que es imposible que llegue a ser el que quiero ser, llegue a tener lo que quiero tener, llegue a vivir tal y como aspiro a vivir. Lo lógico, entonces, sería que me suicidase de una puta vez. Pero… ¡me gusta tanto el acto ilógico de quien lucha rabiosamente aunque –o precisamente por ello– se sepa perdedor! ¡Bendita lucha desesperada!

 

20 de mayo de 1990

Ignacio María Iglesias Labat

NOTA DEL 2024:

Ahora tengo 56 años, y no concuerdo en absoluto con lo de que «quiero ser Dios»: sé perfectamente que no lo soy, y no aspiro ni a «comprender» a Dios (la infinitud es totalmente incomprensible, a Dios gracias).

Filosofía mística

Publicada el 24 de julio de 202424 de julio de 2024 por Ignacio
  1. Prólogo del Caminante

 

El SiEnte Venitivo, mancha en la nada, claro en el ser. Con la mirada al alba. La melancolía a cuestas en la concha de su ahora, navegante por la espiral viva de la memoria que anticipa.

La noche tiene, en efecto, el color de la melancolía, irradiante de una redonda luna azul. La inmensidad duerme, y su respiración se acompasa con la mía, que la miro dormir.

La noche es clara, mas no lo suficiente. ¿Cuándo amanecerá?

Todavía es tiempo de velar los sueños. A ojos cerrados y ojos abiertos. Los que se han de cumplir y los que se han de incumplir, los que se cumplirán y se incumplirán. Los que no pueden cumplirse.

Permanece en atenta vigilia, centinela de tu destino.

No vayas con quienes viven muy rápido, envejecen aún más deprisa, y mueren antes de estar muertos.

No vayas con quienes viven muy lento, no abren los ojos, y mueren cuando todavía no han empezado a vivir.

No te vayas de la olla.

 

No vayas: Ven.

Rehúye el desencuentro.

 

 

 

No vayas, ven. Asegura tu paso y ven al encuentro contigo mismo. En el Acontecimiento del SiEnte Venitivo.

 

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El soñador

Publicada el 22 de julio de 2024 por Ignacio

Llegará el momento y su lugar para la realización de cada sueño. Mas no todos se realizarán.

Unos porque no y otros porque no pueden realizarse. Estos últimos son los sueños de absoluto. Sueños que sólo pueden realizarse si el soñador es Dios, ens omnipotens.

En los sueños o ensoñaciones irrealizables la impotencia se hace consciente de sí misma y adviene el llanto: dolor y desconsuelo por este desgarramiento entre imaginación y realidad que deja entrever el fondo trágico de la existencia… latido trémulo, pálpito muriente, silencioso centro de gravedad de la vida –o más bien, del viviente que la vive.

No soy Dios, y por eso lo imposible no ocurre –no puede ocurrir.

Me da rabia y lloro. Después tallo mis lágrimas y las engarzo en espejismos que le ofrezcan un triste consuelo estético a la impotencia. El orgullo del vencido, la sangre purificadora de la herida en drama, la sabia tos de la vejez: contando historias al abrazo de la lumbre.

Espejos. La representación de la representación de la representación. El fabulador que fabula es él mismo fabulado y personaje de fábula. Todo espejos.

Contando cuentos, el cuentacuentos se olvida provisionalmente del abismo y llega por instantes pasajeros a la ausencia del vértigo: plenitud preñada de eternidad, bocanada de aliento divino.

La única forma de escurrir el bulto ante el abismo es contar historias, es decir, remedar –y a menudo remediar– al Creador de una forma u otra, en uno u otro lenguaje –porque renegamos de nuestra condición de creaturas, entidades finitas, limitadas y relativas, pero atravesadas por una fisura de absoluto: a fin de cuentas siempre la impotencia.

Si yo fuera Dios, si lo imposible ocurriese, si la realidad no tuviese límites para mis sueños…

Sin embargo, ¿podría entonces controlar mis sueños? ¿Acaso los controlo ahora?

¿Se puede respirar fuera de el aquí y ahora?

Cada vez estoy más convencido: el secreto de la sabiduría humana (no divina) se cifra en aceptar con alegría que no somos Dios: el hecho de no ser Dios, la alegría de vivir, el gozo de la impotencia.

La impotencia bien asumida deviene  potencia, –facultad de superación.

 

 

 

El yo ideal y el yo real

El yo ideal y el yo real

Publicada el 22 de julio de 202430 de julio de 2024 por Ignacio

Yo. Yo, yo, yo. Yoyó.

Todo lo veo, menos a ti: permaneces siempre oculto, como el ojo detrás de la mirada.

“Yo”. Ay, palabra mendaz y maldita.

Eres una artimaña del lenguaje, ese tramposo que siempre juega sucio, vendiéndonos gato por liebre cuando de conocer la realidad, “lo que hay”, se trata. Este Gran Embaucador entre cuyos barrotes, los signos, estamos fatalmente presos.

“Yo”: ¿Cómo osas aunar en un solo concepto dos objetos tan dispares, tan contrapuestos, tan irreductibles el uno al otro, como lo son el yo ideal y el yo real, el sujeto metafísico y el sujeto empírico?

El primero es esa supuesta substancia que yo me supongo que soy: la cacareada unidad de sentimiento, pensamiento y acción, unidad de cuerpo y espíritu, unidad transcendental. La causa mei et toti, el soporte de todo mi ser y del mundo entero en cuanto mundo por mí conocido.

El segundo es este yo, mucho más cercano y familiar, del que se ocupa la psicología: el yo que yo realmente soy: un amasijo multiforme de innumerables instintos, impulsos, pulsaciones, tendencias, deseos, aspiraciones, sentimientos-pensamientos, ideales, actitudes, actuaciones, acciones, amagos, posturas, posiciones, disposiciones, gestos, señales, imágenes, reflejos, suspiros, huellas, figuras… mezclados unos en otros y otros en unos y todos en mí; un anárquico ovillo hecho con un sinnúmero de hilos a los que enreda una precaria experiencia común; una enloquecida mascarada donde bailan infinitas identidades, persiguiéndose y rechazándose mutuamente, atrayéndose y eludiéndose, descubriéndose y encubriéndose. Engañándose y engañándome. Tantas máscaras, en fin, que ya no me reconozco en ninguna de ellas, ya no sé cuál es mi auténtico rostro, si es que tengo alguno.

Ignacio Iglesias con arcadas

El mundo de los impotentes

Publicada el 22 de julio de 20244 de agosto de 2024 por Ignacio

El mundo de los impotentes está hecho de condicionales contrafácticos, o sea, de lo que podría haber sido si no hubiera sido lo que fue.

Yo soy un impotente. Y me doy cuenta de que si hubiese hecho esto ayer o lo otro siete años atrás mi vida sería diferente, y yo quizá no fuese ahora el monicaco que en efecto soy.

Siempre igual: toda la vida agarrado a la cola de la vida intentando subirme sobre sus lomos, cometiendo sucesos a fin de remediar, o anular, o compensar el efecto de otros sucesos que jamás tenían que haber sucedido. Y mi identidad, mientras, extraviada en este oleaje de sucesos, siempre temerosa y frágil, soñando con llegar algún día a tierra firme.

Soy un vencido, una derrota, una apuesta perdida, el fondo del agujero. Soy una lágrima que baja rodando por la cuesta de la vida y que, como la vieja bola de nieve, no hace sino crecer mientras rueda por la pendiente.

Y el Mundo, el mundo es un gigantesco chicle de menta al que hace siglos se le gastó su sabor. Y ahora tiene mal aliento. Mi mal aliento. El mundo es el espejo en el que se impregna el vaho de mi mal aliento. Es el pulmón que todo lo respira y que me devuelve este pútrido aliento, haciéndomelo tragar por la boca y la nariz y las orejas y hasta por el culo.

Al fin y al cabo, ¿qué es el Mundo sino mi mundo, sino el mundo tal y como yo lo veo y lo siento clavarse en mis carnes y mi sangre? Yo soy el mundo, soy su retrato mal hecho. Soy ese chicle gastado al que toneladas de inmundicia han ahogado su sabor y su voluntad.

¿Qué puedo hacer? –Caramba, pues, o apago la luz, o ¡me compro otro chicle de menta! ––A ser posible, de mejor sabor y mayor duración que éste que mastico. ––Aunque también puedo comerme un chicle de fresa y volverme definitivamente loco: ver la vida… ¡de color de Rosa!

Ésta es mi única salida: convertirme en una canción y redimirme haciendo bailar al Mundo.

Tantas cosas destruídas a mi alrededor. Tanta desolación por fuera y por dentro. El Mundo en ruinas, y yo, en él, un yermo desierto. Cuánta sequía en mi alma. (Tengo que exprimirla, y arrancarle hasta la última gota de su llanto: que llore, que llore un espumoso océano de vida en el que bañarme y renacer luego hecho un sol.)

El mundo está equivocado, y empieza a parecerme que yo sólo voy a estar de acuerdo con él cuando me haya vuelto un maldito cadáver. El otro día soñé que me clavaba un puñal en el corazón y luego visitaba mi tumba. “A este impotente lo mató el ansia de vivir”, rezaba mi epitafio.

El Mundo es una equivocación o Yo soy una mentira o las dos cosas a la vez. La Vida es un túnel lleno de púas haciéndonos agujeros. La Humanidad, un genérico montón de muñecos retorciéndose sobre las brasas de su impotencia.

Unos lo hacen mejor y otros lo hacemos peor. Algunos están hechos de amianto y son lo que se dice Triunfadores (¡Un hurra por ellos!). Los mejores son ¿valientes? soldaditos que se abrasan con gusto por Amor a alguien o a algo. A mí de nada me ha valido llevar tantos años jugando a que soy un Duro y que por eso no me quema. En el fondo estoy hecho de cera, la cual se derrite con facilidad. No soy un tipo apto para vivir esta perra vida (eso para los fuertes, los listos y los tontos). Todo me duele, todo me lastima, soy un blandengue. Soy un pecado, porque tenía que haber nacido siendo Dios. Ya que no me fue posible, me gustaría ser Satanás el Soberbio. Pero tampoco soy capaz. Satanás es poderoso y dinámico. No llora como lo hago yo a todas horas. Yo soy un pobre diablo.

Soy un alcohólico.

Pero esto se acabó. Hasta aquí hemos llegado. Se acabaron los malos rollos y la impotencia, se acabó también mi alcoholismo. Por fin me he construído mi torre de marfil, una torre de marfil en una isla paradisíaca. En realidad, ni la isla ni la torre existen sino en mi cabeza. Pero qué más da. Me basta con amarrarme a mi mesa de trabajo, bolígrafo en mano y montones de papel delante, para alcanzar la redención.

Por fin, a fuerza de una introspección exhaustiva, he empalmado vida y filosofía en una sola línea maestra. Ahora sólo tengo que dibujarla, tarea sin embargo nada fácil, puesto que jamás se ha visto línea tan enrevesada y encima me tiembla el pulso.

Pero antes, antes he de expulsar de mis entrañas a todos los demonios que las corroen y a toda la mierda que las anega. Operación de limpieza que sólo puede llevarse a buen término mediante la aplicación de la vieja técnica curativa homeopática. Debo, pues, dejarme barba, ponerme los cuernos y el rabo, y lancinarme con el tridente. Debo volverme un excremento.

A fuerza de tenacidad e incontinencia en todos los vicios, lo he conseguido. He caído lo más bajo que se puede caer. Me he vuelto un degenerado absoluto; un borracho, una babosa, un blasfemo, un sacrílego, un pervertido –puta, homosexual y sadomasoquista–, un violador, un asesino. Me han golpeado, pisoteado, violado, sodomizado y crucificado. He golpeado, pisoteado, violado, sodomizado y crucificado. Me he perdido todo el respeto y se lo he perdido también al mundo. No queda en mí ni un solo vestigio de valía. Ya nada tengo que perder, ya nada puede hacerme daño. He aquí, desnudo, el fundamento sobre el que identificar mi identidad, el estiércol de abono para un espíritu en proceso de purificación. Pero es duro, muy duro, acostumbrarse a la negra y áspera miseria de uno mismo. Es difícil sostenerse la mirada: uno se marea, y siente miedo de sí mismo, pánico de los pozos negros de su alma. Hace falta valor para afrontar la propia Leyenda negra, ésa que cada cual porta en su interior. Tiene uno que armarse de un ánimo bien templado a fin de no sucumbir ante los terribles hallazgos que le depara el escarbar, a fondo y decidido a no detenerse ante nada, en las zonas prohibidas de su persona. Porque bien puede averiguar que es aún más asqueroso de lo que creía ser.

 

 

Ignacio Iglesias sorprendido

Yo y yo

Publicada el 22 de julio de 2024 por Ignacio

—¿Quién eres?

—Yo soy tu Yo transcendental.

Soy aquel que está siempre detrás de ti –como el ojo lo está detrás de la mirada.

Soy tu “yo pienso”, el hilo invisible que engarza tus pensamientos en una misma consciencia.

Soy, dicen, la causa agente de tu obrar, pero eso está muy alejado de lo que te acontece en realidad: tú danzas al son del primer aire que te sopla.

Yo soy una semilla rara y delicada que en el baldío terreno de tu alma –repleta de malas hierbas– jamás florecerá. Soy el destello en tus ojos de una Luz inalcanzable. La distancia inconmensurable que te separa de las estrellas. Soy las Alas que tú echas de menos.

Soy tu quiero y no puedo. Lo mejor de tus sueños. Tus más altas aspiraciones.

Soy la parte más pura y noble de tu ser (aquella que no te pertenece). Soy tan noble y puro que no existo.

Soy una ilusión: tu ilusión necesaria.

 

—Y yo… ¿Quién soy yo?

—Tú, pobre infeliz… eres el desdichado yo de carne y hueso a mí correspondiente. Eres la sombra de una ilusión, la huella de una fantasía, la historia de una Impotencia.

Eres mi fracasado espejo: ese espejo que, en su infructuosa tentativa de reflejarme, se quiebra en millones de añicos de vida; ese que, al intentar atrapar en sí y para sí mi sublime imagen, se fragmenta en un sinfín de caras, gestos, momentos, recuerdos, pasiones, actitudes, acciones, suposiciones… Eres la reacción de una acción imposible.

Eres un susurro perdido en un enjambre de alaridos (y uno y otros forman parte de ti). Un niño despedazado por una manada de voraces alimañas (y tuyos son el llanto del niño y los afilados colmillos). Un débil hombrecillo maltratado por fuera y por dentro, a la entera merced de las circunstancias. Un llorón al que todo le lastima (lo que le hacen y lo que hace, lo que deja de hacer y lo que le dejan de hacer).

Eres una lucha a muerte contigo mismo –y ambos pereceréis–. Un toro que se embiste a sí mismo, y en cada embestida se deja los cuernos, pierde otro trozo de identidad. Una legión de desalmados “en guerra de todos contra todos” en el desolado desierto de tu alma.

Eres un hatajo de valoraciones, ideales e instintos. Un tropel de sucios y nobles instintos. Una avalancha de buenas y malas intenciones –una piedra más del infierno–.

Eres un montón de carne, huesos y excremento, con una pizca de principium vitae. Eres un pedazo de carne duro y corniforme, frenético por acertar en el agujero; eres también ese agujero ansioso de ser acertado.

Eres el sinfondo de una botella de whisky. Un saco roto de vicios. Las cuatro patas de una borrachera y la pesantez de la consiguiente resaca. El mal sueño de una indigestión. La malavida, la malasangre, tu propia perdición: un pozo tapiado.

Eres una voz enronquecida por las circunstancias y el humo del tabaco. Eres un viejo de alma chepuda.

Eres barro herido por el aliento divino, monigote a la imagen de Dios, pedorreta del Creador, ángel caído, hijo bastardo de Dios. Eres una acometida a todo lo sagrado. Eres un Pensamiento impuro, un sentimiento prohibido. Eres el revólver que le reventó los sesos a Pepito Grillo.

Eres Narciso cuando se desenamoró de sí mismo.

Eres el signo de los significados que los otros atribuyen a ti. Un insignificante puñado de consideraciones ajenas. Un muñeco más. Una peonza que gira desatadamente sobre sí misma, sin fuerzas para frenarse.

Eres una puta preñada de herejías, eres una histérica.

Eres el arrepentimiento que siempre llega tarde.

Eres una malhadada consecuencia de la Ley de Vida. Un jodido efecto de quiénsabequé causas. Un argumento equivocado, una falsa solución. Un punto ficticio del Universo.

Eres una lánguida y romántica estela de llanto. Una maldición del Universo, el resultado de tu orgullo contra la Conjura de los Elementos. Eres un desecho de las Estrellas, el detrito de un Hombre, el desdeño de una Mujer, la burla de un Niño.

Eres Amor y Muerte: Ansiedad. Eres un aullido a la Luna. Sangre de lobo. Eres Autodestrucción indestructible. La espiga, que por más que el viento la echa abajo siempre vuelve a levantarse. Eres una mala salud de hierro, la enfermedad mortal de un inmortal.

Eres los Doce Trabajos de Heracles, el trabajo de Sísifo, el suplicio de Tántalo, el castigo de Prometeo, la cólera roja de Zeus…

Eres el sinsentido de la vida. Eres las ganas de vivir. Eres más chulo que un ocho.

Eres todo esto, y aun eres mucho más.

Eres, en una palabra, un Laberinto. Pero, amigo: también eres la salida de ese laberinto.

 

—Dime, por favor, ¿dónde está la salida?

—Soy Yo.

 

 

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Tocando fondo

Publicada el 22 de julio de 202422 de julio de 2024 por Ignacio

Se habla a menudo del amor propio; en cambio, se ha hablado poco del pánico propio. A éste le es constitutivo el primero: no cabe el miedo a uno mismo en quien reina un desprecio absoluto de sí. Dicho miedo sólo puede aparecer en quien en alguna medida se quiere. (Quizá habría que añadir que esta medida ha de ser, probablemente, una gran medida.)

Quien experimente el “pánico propio” o miedo de sí experimentará, en rigor, muy poco de lo que aquí voy a decir. Para empezar, es bien difícil encontrarle justa expresión a los sentimientos humanos. Pero, además, en la medida en que los presentes apuntes sobrepasan la mera expresión de sentimientos, esto es, en la medida en que constituyen una tentativa de racionalización de ciertas experiencias sentimentales, implican, como toda racionalización del mundo afectivo, una deformación de tales experiencias. Deformación que es, por así decirlo, el “impuesto” que se paga por efectuar el tránsito de la experiencia a la reflexión conceptual, del sentimiento al pensamiento.

En primer lugar, la “vivencia”, o “sentimiento”, o “experiencia”, no se corresponde, ni mucho menos, enteramente con su concepto… Se corresponde, en todo caso, como se correspondería un ser vivo con el cadáver en que luego se convertirá. Y ni siquiera esto. Pues hay un sinnúmero de vivencias carentes de correlato conceptual; y a la inversa, unos cuantos conceptos que son puro artificio de la razón.

Pero, en segundo lugar, incluso aunque se supusiera un ingenuo isomorfismo entre la vivencia y su concepto, nada aseguraría entonces una nueva correspondencia: la que habría de darse entre el encadenamiento intelectual de conceptos, y el encadenamiento real de vivencias.

En tercer lugar, el problema se agudiza cuando caemos en la cuenta de que la justificación racional de nuestra experiencia requiere cadenas de conceptos que se remontan, eslabón tras eslabón, a conceptos de segundo, tercer, …, enésimo orden, esto es, conceptos alejados de nuestra –ya remota– experiencia inmediata. Y entonces sí que nos encontramos definitivamente perdidos: porque nuestros conceptos “meta-físicos” no admiten confrontación directa con la experiencia.

En efecto, dada su naturaleza metafísica, habrían de corresponderse con entidades reales homólogamente metafísicas; mas, ¿cómo se manifiesta la existencia de entidades metafísicas? –Por definición, no se manifiesta, no puede hacerlo. Quedamos, pues, condenados a la confrontación indirecta, a la frágil cuerda floja del “Todo concuerda (por ahora)”, que en cualquier momento puede romperse.

En fin. No podemos embarcarnos –estábamos a punto de hacerlo– en disquisiciones epistemológicas que nos forzarían a reconsiderar, desde sus cimientos, el edificio entero de la filosofía (¿Qué edificio?). Espero que se me disculpe, por otra parte, la superficialidad simplificadora con la que he tratado el problema del conocimiento, puesto que no es él el objeto de mis apuntes. En realidad, lo que quería decir con tanta palabrería no es sino que el requisito de la inteligibilidad (inexcusable en todo mensaje que se quiera comunicable) impide que lo aquí escrito llegue a ser más que un pálido reflejo de lo que acontece realmente bajo nuestro torturado pellejo. Mas quizá esto sea suficiente, al menos para quien haya padecido en sus propias carnes los inquietos y tenaces sentimientos que aquí intento describir y, en la medida de lo posible, explicar.

No aspiro, pues, sino a facilitar la evocación del dolor que produce la mordedura del “pánico propio” (lo que justifica el frecuente recurso a modos de expresión más propios del género poético que del filosófico), así como a suministrarle a dicha mordedura alguna que otra explicación plausible (en la que, por otra parte, tampoco confiaré demasiado). Y, al fin y al cabo, ¿pueden acaso llegar más lejos nuestros pobres aparejos conceptuales? (Aquí serían pertinentes, entre otras muchas, las reflexiones de mi colega Simón Royo sobre “la sinestesia de los pensamientos”, sinestesia que sólo puede hacerse efectiva merced a la colaboración del receptor del mensaje. En efecto, lo que no puede poner en palabras el autor, debe suplirlo el lector, y tanto al uno como al otro compete la correcta añadidura de lo indecible a lo dicho: el autor debe escribir con la suficiente precisión evocadora; el lector debe llevar dentro eso que se pretende evocar.)

Hay que distinguir entre el amor propio y el mero instinto de supervivencia: todo bicho viviente se aprecia a sí mismo en tanto que quiere seguir vivo, en cuanto que quiere seguir siendo. (“Instinto de persistencia”, diríamos, si enfatizamos el ansia de ser –de no dejar de ser– del individuo, en lugar del ansia de vivir. Pero este énfasis en el ser podría dar pie a una generalización probablemente falsa: afán de ser de todo ente, sea o no viviente.)

Cuando nos amamos a nosotros mismos, lo que amamos en realidad es una imagen de nosotros mismos: uno no puede abrazar a su yo como abraza a su amante en la cama. Sobre esa imagen “egótica” proyectamos lo que sabemos y/o creemos ser; y también, sin duda alguna, parte de lo que queremos ser (lo seamos o no de hecho). Pues no puede haber amor hacia uno mismo si no se es, al menos en alguna medida, lo que se quiere ser. –Lo cual muestra una diferencia fundamental entre el amor propio y el instinto de supervivencia: frente a éste, aquél no es incondicional. (Además, el amor propio es autoconsciente.)

Hay en el amor propio, pues, una proyección, sobre el yo imaginario (proyección de lo real o de lo ilusorio), de lo que uno quiere de sí mismo. Tan significativo es lo proyectado en esta proyección, como lo que en ella se omite. Del mismo modo que uno puede proyectarse ante sí mismo como lo que no es, puede también no proyectarse como lo que es.

El “pánico propio”, en caso de germinar, hunde sus raíces en la tensión existente entre el “ser” y el “querer ser” del sujeto en cuestión. Está, entonces, estrechamente emparentado con el amor propio: éste demanda una elevada imagen egótica, cuyo contraste con el ser efectivo es condición necesaria para el conflicto del que nace el miedo de uno mismo.

Todas estas consideraciones no valen un duro. Cambio radical de estrategia.

Exhortado por el terrible “conócete a ti mismo”, miro en mi interior, y lo que veo me hace sentir vértigo. Escarbo en las entrañas más profundas de mi alma y, en este inquisitorial removerme por dentro, levanto hedores que lo tumban a uno por su pestilencia.

A poco que me investigo descubro que, no sólo no soy quien quiero ser, sino que, además, soy, precisamente, quien no quiero ser.

Ráfagas de viento helado sacuden mi espinazo. Siento frío interior, porque otra vez se apaga el sentido del mundo y de mi vida. Es el eterno miedo a mí mismo. Miedo a la ignorancia de mi autoconsciencia; miedo aún mayor a su sabiduría.

Miedo terrible, de una parte, a no saber de mí todo lo que me convendría saber, a fin de conducirme rectamente. Y miedo mucho más terrible, de otra parte, a averiguar de mí cosas que jamás querría saber; cosas que preferiría ignorar, también a fin de conducirme rectamente –a fin de poder conducirme siquiera de alguna manera.

En efecto: hay determinadas cosas (tendencia, impulsos, deseos… sentimientos) inherentes al ser de ése que yo soy que no me es dado conocer (pregúntaselo a Freud, ese neurótico marrullero que alivió su neurosis echándola sobre los hombros del resto de la humanidad). Mas también hay otras cosas (del mismo género que las anteriores) entre las que llevo dentro, que me aterraría conocer (también se lo puedes preguntar a Freud –pero éste no conoce toda la respuesta).

En pocas palabras: no podemos saberlo todo acerca de nosotros mismos; mas tampoco queremos saberlo todo.

En ese no-poder, en esa imposibilidad de la autoconsciencia total consiste cierta impotencia humana (uno de los modos de la impotencia humana). De este no-querer, de esta indeseabilidad de la autoconsciencia total deriva cierta mendacidad humana (uno de los modos de la mendacidad humana: la mendacidad necesaria). Lo esencial de esta mendacidad no estriba en que, con ayuda de retóricas, logremos engañar a los demás; lo esencial, antes bien, es que nos engañamos, en primera instancia, a nosotros mismos.

Un cura ingenuo y bonachón –J.L. Martín Descalzo, en el Blanco y Negro nº …– asegura que bastaría un cuarto de hora de oración “a lo” San Ignacio de Loyola para erradicar la melancolía de nuestro sentir: y ello porque –sigue asegurando– no hay más que mirar al fondo de nuestra alma, para ver que lo esencial de ella se mantiene intacto a los embates de la vida: nuestros desvanecimientos vitales sólo afectan a la “corteza”, a la superficie.

Quizá precisamente en esto radique la grandeza de los santos: en su capacidad de salir fuera de sí mismos y depositar su alma sobre un fondo inhumano (un fondo suprahumano: divino). Pero nosotros, los de la raza maldita de los filósofos, empeñados como estamos en desentrañar lo que en realidad somos –lo consubstancial a nosotros en tanto que seres humanos– encontramos, al mirar hacia el fondo de nuestra alma, que ésta gravita temblorosa sobre abismos de insondable negrura: simas y pozos amenazadores que sospechamos fundamentalmente poblados de acechantes bestias negras.

Muchacho, es peligroso acercarse a esos abismos. Esto inquieta, agita, aviva, excita a sus moradores, las bestias negras. Aléjate, pasa de largo, no detengas tu oído: ¡Ya la estridente jauría de alaridos perfora tu cabeza! ¡Huye mientras puedas! No te pares, no las mires, no se te ocurra mirarlas con ojos demasiado curiosos, no oses mirarlas frente a frente: ¡Ya desgarran tu alma sus mortales zarpazos!

Son las Huestes Negras, a las que tu mórbida curiosidad sacó de su infecto cubil, y que ahora avanzan, avanzan frenéticas, imparables, enardecidas, devorándolo todo a su paso, tiñendo el mundo de gris, apoderándose de tu alma, carcomiéndote la cabeza, enloqueciéndote, empujándote a la hasta ahora demorada Autodestrucción.

Esto –estas malditas bestias negras que llevamos en nosotros encerradas, pruebas vivientes de nuestra congénita bastardía– es lo que mueve a los humanos a escapar de sí mismos: ya sea pegándose un tiro en la sien, ya entregándose a Dios y así santificándose. (A la mayoría, sin embargo, le basta con cerrar los ojos –“ojos que no ven corazón que no siente”– y seguir circulando.)

La escalera mecánica (epílogo)

La vida es una frenética carrera sobre una escalera mecánica. Tú corres desesperadamente hacia arriba, mientras la maldita escalera te arrastra hacia abajo.

—Si mueves el culo con la suficiente rapidez –apunta la experiencia–, puedes contrarrestar la velocidad de descenso de la escalera. Y si aún aumentas el ímpetu de tu movimiento de culo, entonces conseguirás avanzar en un sentido absoluto, o sea, acortar la distancia entre tu culo y tu meta: la salida superior, el final de la escalera.

—Pero jamás, por nada del mundo, se te ocurra detenerte a descansar –advierte de nuevo la experiencia–. Porque entonces, mientras recuperas el resuello fumándote un bien merecido pitillo, la escalera, sin que tú te apercibas de ello, te devolverá abajo. Y, cuando quieras darte cuenta, estarás como al principio; como al principio, pero el doble de cansado y de viejo, ya que los años no pasan en balde.

Y es que la vida es lucha eterna, incesante y dura refriega en la que nada hay más fácil que perder lo antaño conquistado: basta con quedarse quieto, con no añadir nuevas conquistas a las ya ganadas, para acabar perdiendo también estas. (Quién sabe, quizá la “meta” sea sólo una excusa: quizá corremos, no tanto para llegar arriba, sino para no caer abajo, en el principio de la escalera, en ese pozo desfondado que somos nosotros mismos).

Tratamos de exorcizar nuestros demonios y nuestras impotencias mediante acciones. Pero no caemos en la cuenta de que el exorcista no es la acción en sí, sino el propio hecho de actuar.

De este modo, creemos que un acto valiente nos vuelve hombres valientes; una buena obra, seres bondadosos; una acción heroica, héroes; una dádiva generosa, espléndidos de corazón.

Y, claro, nos aturdimos cuando una situación comprometedora nos pone de nuevo a prueba. Habíamos creído que, una vez conquistada –conquistada por una vez– la valentía, o la bondad, o la grandeza, o la prodigalidad, seríamos capaces de afrontar y superar sin esfuerzo cualquier otra circunstancia que nos adviniese. Pero ahora vemos que no es así.

—Vemos que temblamos, o sudamos, tanto como aquella primera vez, o más, si cabe, puesto que al temor original se le añade ahora el temor a la decepción, el miedo de no estar a la altura de las expectativas que albergaban o albergábamos respecto a nuestro poderío.

Vemos que no existe la redención en este mundo: porque no hay acto o serie de actos que nos redima. A no ser una acción continua, un hacer constante, un dinamismo plenamente actualizado, un no parar: no-dejar-de-superarse-a-sí-mismo hasta caerse muerto. ¡Combate hasta que revientes!

Madrid, diciembre de 1990

 

 

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