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Autor: Ignacio

Wittgenstein by Kiefer Kazimir

Las investigaciones filosóficas de Ludwig Wittgenstein

Publicada el 20 de julio de 2024 por Ignacio

Investigaciones filosóficas (Philosophische Untersuchungen) es, junto al Tractatus logico-philosophicus, una de las dos obras principales del filósofo Ludwig Wittgenstein. En ella Wittgenstein discute numerosos problemas y rompecabezas de la semántica, la lógica, la filosofía de las matemáticas y la filosofía de la mente. Enuncia el punto de vista de que las confusiones conceptuales que rodean al uso del lenguaje son la causa de la mayoría de los problemas filosóficos. El libro está reconocido como una de las obras filosóficas más importantes del siglo xx y continúa ejerciendo influencia en filósofos contemporáneos, especialmente en el estudio de la mente y el lenguaje.

El texto

Ediciones

El libro no estaba listo aún para la publicación cuando Wittgenstein falleció en 1951. G. E. M. Anscombe tradujo los manuscritos de Wittgenstein y se editó por primera vez en 1953. El libro está ahora en su tercera edición la cual incorpora las revisiones finales de Anscombe y ha sido repaginado.

Existen cuatro ediciones en inglés de la Investigaciones filosóficas. Las tres primeras traducidas por Anscombe y la cuarta revisada por P.M.S. Hacker:

  • Prentice Hall, 1999 (ISBN 0-02-428810-1)
  • Blackwell Publishers, 2001 (ISBN 0-631-23127-7). Esta edición incluye el texto original en alemán junto a la traducción en inglés.
  • Wiley-Blackwell Publishers, 2009 (ISBN 978-1-4051-5929-6).

En español sólo existen dos traducciones de las Investigaciones filosóficas. La primera edición inglesa fue traducida al castellano por

  • Alfonso García Suárez y Ulises Moulines en 1988. Existen varias ediciones que ha mantenido inalterada la traducción primera. (ISBN 84-7423-343-7)

La cuarta traducción del texto alemán-inglés ha sido traducida y revisada en una edición crítica de las Investigaciones filosóficas por:

  • Jesús Padilla Gálvez en 2017 (ISBN 978-84-9879-674-2); 2ª edición, Madrid, Trotta, 2021, 332 páginas (ISBN 978-84-1364-020-4).

El texto está dividido en dos partes, las cuales consisten de lo que Wittgenstein llama en el prefacio Bemerkungen, traducido por Anscombe como «observaciones».1​ En la primera parte estas observaciones rara vez ocupan más de un párrafo y están numeradas secuencialmente. En la segunda parte, las observaciones son más largas están numeradas con numerales romanos. En el índice, las observaciones de la primera parte están referidas por su número en lugar de la página; sin embargo, las referencias a la segunda parte están citadas por el número de página. La naturaleza comparativamente inusual de la segunda parte se debe al hecho de que está compuesta de notas que Wittgenstein pretendía reincorporar a la primera parte. Debido a su muerte fueron publicadas como una segunda parte.

Se han realizado dos traducciones de la obra al castellano. La primera traducción en base al texto publicado por Anscombe contenía muchos errores que fueron subsanados por la segunda edición.2​ En esta última se supervisaron las fuentes y se mejoraron los errores que contenía la primera traducción,3​ si bien tampoco estuvo exenta de crítica.4​ Hay una respuesta crítica al comentario.5

Fuente: Wikipedia

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Ludwig Wittgenstein

El Tractatus Logico Philosophicus de Ludwig Wittgenstein

Publicada el 20 de julio de 2024 por Ignacio

El Tractatus Logico-Philosophicus es el título de una obra de Ludwig Josef Johann Wittgenstein.1​ Surgió como resultado de sus notas y de correspondencia mantenida con Bertrand Russell, George Edward Moore y Keynes, escritas entre 1914–1916, mientras servía como teniente del ejército austro-húngaro y, posteriormente, como prisionero de guerra en Italia, durante la Primera Guerra Mundial. El texto evolucionó como una continuación, y una reacción a las concepciones de Russell y Frege, sobre la lógica y el lenguaje. Apareció publicado originalmente en alemán, en 1921, bajo el título de Logisch-philosophische Abhandlung,2​ después en inglés un año más tarde, con el título actual en latín. Junto a sus Investigaciones filosóficas, este texto es una de las obras mayores de la filosofía de Wittgenstein.

Obra bastante breve en extensión (alrededor de 70 páginas) pero muy compleja, el Tractatus dio lugar a numerosas interpretaciones. Mientras que el significado más profundo del texto era ético para Wittgenstein, la mayor parte de las lecturas han destacado su interés para la lógica y la filosofía del lenguaje. No fue sino hasta mucho más tarde, que estudios más recientes han empezado a destacar el aspecto místico de la obra como algo central.

Considerado ampliamente como uno de los libros de filosofía más importantes del siglo xx, este texto ejerció una influencia crucial en el positivismo lógico y en general sobre el desarrollo de la filosofía analítica. Así mismo, hizo del joven Wittgenstein uno de los exponentes del atomismo lógico junto a Bertrand Russell.

Fuente: Wikipedia

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La intencionalidad

Publicada el 20 de julio de 2024 por Ignacio

La única manera que tiene la conciencia pensante de rehuir el absurdo existencial, su único modo de introducir en la tragedia de la vida una cuña de sentido que torne valioso lo vivido, consiste en aventurar el posible funcionamiento teleológico de la realidad vital. Surge entonces la cuestión de si la vida misma no estará provista de inteligencia: pues, de no ser la vida inteligente, resultaría una increíble casualidad que caminase hacia fin alguno. Si la vida tiene una inteligencia, esta inteligencia es sin duda Dios. (Cfr. con el concepto wittgensteiniano del Supremo: “Dios es el sentido del mundo”.)

La teleología acaba, pues, conduciéndonos a la teología (no es caprichosa la recurrencia histórica con que se presenta el argumento teleológico de la existencia de Dios, cuya formulación paradigmática encontramos en una de las vías tomistas. El viejo doctor Kant le dedica una especial atención. Lo que es indudable es que todo argumento de este tipo arranca de una manifiesta petición de principio, para la cual hay infinitas razones aducibles a favor y en contra: la tesis de la constitución teleológica del mundo). Y la teología, a su vez, funda el discurso de la teodicea: Si Dios es la inteligencia de la vida, cobra sentido la existencia humana. En tanto entes rudimentariamente inteligentes, estaría en nuestras manos la posibilidad de ejercer una función rectora en la realidad, contribuyendo así a su gobierno por parte de la vida, cuyo entendimiento sería Dios.

 

 

Retratos de juventud de Ignacio Iglesias

La dimensión trágica

Publicada el 20 de julio de 2024 por Ignacio

La posición filosófica coherente con la emoción es la posición trágica. El hombre trágico se caracteriza por juzgar la realidad desde la perspectiva de la vida –su vida–. En otras palabras: se caracteriza porque mide todo juicio o consideración sobre la realidad por su rasero estético; y, desde el punto de vista estético, la cosmo‑visión más valiosa –más hermosa– es aquélla que interpreta al hombre, un tanto narcisistamente, como un ente grandioso en su pequeñez: “Estoy destinado a la perdición –clama el personaje trágico–; pero no por ello voy a dejar de luchar: como el boxeador que jamás tira la toalla, como el toro de lidia que arremete mientras vive, así soy yo. Mi dramático empeño en vencer la Conjura En Mi Contra De Los Elementos Del Universo –conjura que se manifiesta, en su primera fase, en una especie de susurro concertado de todos esos malditos elementos que me anuncia: “No te vamos a permitir que realices tu Deseo de deseos: ¡Jamás llegarás a ser Dios!”– me eleva a la condición de Héroe, esto es, me otorga el derecho de proclamar mi superioridad moral sobre todo lo demás, de confirmar mi diferencia cualitativa con el resto de lo viviente.”

Si, preñado de este sentimiento trágico, uno se fuma un porro, o se dedica a cualquier otra actividad que lo faculte para reírse de sí mismo, se conjuga ironía con tragedia, razón con emoción; y aparece así la posibilidad de alumbrar el sentido tragicómico de la vida (sentido sin duda el más adecuado, si no para la vida en general, sí al menos para la vida humana en particular): El “baile sobre todas las cosas” que preconizaba Zaratustra el tentador: la carcajada que brota de enjugar el llanto.

 


Nota

Cuando escribía este ensayo, yo era más joven, y la vida aún no me había castigado como lo ha hecho más tarde (jugaba con fuego, y aún no me había quemado); por eso suscribía ciertas máximas de Zaratustra. Pero Zaratustra era débil en su aparente fortaleza; o más precisamente: su fortaleza lo hizo débil, hasta el punto de enloquecerlo.

Sabido es que un hombre vulnerable que sabe que lo es está mejor protegido que otro que, siéndolo, no lo sabe o prefiere ignorarlo. Zaratustra era débil porque se negaba a aceptar sus limitaciones; paradójicamente, esto lo limitaba, encadenándolo a la pesada carga de una encubierta exigencia de autodivinización, merced a la cual acabó por tomarse en serio a sí mismo.

Hay que tener la entereza y, también, la humildad de aceptar las propias limitaciones, obrando la dolorosa transmutación, alcanzado cierto punto extremo, de la voluntad de poder en voluntad de no poder (ya más). Aunque a ciertos ojos dar este paso parezca una cobardía, en realidad es justamente lo contrario: una acción que entraña valentía y sinceridad, a las cuales debe añadirse la constancia, pues, dado el paso, adviene la travesía del desierto; pero, a medida que se avanza por ésta, uno comprueba aliviado la liberación de una carga muy pesada (la carga más pesada). Así que, en definitiva, no: de ningún modo se puede bailar “sobre todas las cosas” (no al menos más de unos instantes); no, por ejemplo, sobre las brasas: porque las brasas queman y nuestros sesos se derriten con facilidad.

Retratos de juventud de Ignacio Iglesias

Sobre la experiencia estética

Publicada el 20 de julio de 202420 de julio de 2024 por Ignacio

No es casual, en modo alguno, que el término ‘Estética’, cuyo significado original se circunscribía al campo de las sensaciones, se haya desplazado en su uso significativo hasta designarse con él la reflexión sobre lo bello, lo sublime y lo “artístico”. Pues el origen y el fundamento de la cacareada experiencia estética es puramente ‘sensacional’: la posibilidad del acontecimiento estético se funda en la capacidad humana de sentir –recibir sensaciones, puras u organizadas en impresiones– poniendo a la vez entre paréntesis, durante un mágico instante preñado de eternidad, toda reflexión sobre dicho sentir. Es entonces cuando la “verdad” del arte acontece: al desaparecer toda (ex)torsión de la emoción por la tenaza verbal (conceptual), el signo se con‑funde con lo significado, con lo que ambos desaparecen, quedando tan sólo la pura manifestación, en orgasmática epifanía, del Ser (es, sin embargo, seriamente discutible que semejante «pura manifestación» –la experiencia estética– exista, acontezca de hecho en toda su pureza; algunos lo juran, pero…).

Si nos propusiéramos acotar reflexivamente la experiencia estética, esto es, si nos propusiéramos encontrar una fórmula verbal siquiera lejanamente e‑vocante (orientada a la apertura) de dicho fenómeno, entonces tendríamos que inventar una forma imposible del verbo ‘ser’ que reuniese en fundamental y plena unidad las tres personas gramaticales; o sea, una palabra (una “idea”, diríamos a la antigua usanza filosófica) que expresase en indisoluble integridad, pero preservando a la vez la plenitud de sus respectivos sentidos, el ‘soy’, el ‘eres’ y el ‘es’. Hay una formulación cristiana alusiva a la imposibilidad de concebir este arcano verbal, cifra absoluta de todo acontecer (de la posibilidad misma de que algo ex‑ista). Se trata del Misterio de la Santísima Trinidad.

 

 

En torno a la esencia de la verdad

Publicada el 18 de julio de 202418 de julio de 2024 por Ignacio

PRÓLOGO: La intención profunda de la presente, y aún por venir, obra filosófica. El filosofar, el filósofo y la filosofía. Sabiduría, la amante inasequible: siempre virgen aunque también madre. El hombre es el ente esencialmente distinto a sí mismo: la contradictoria identidad. La esencia humana, imposible vocación de Dios. La filosofía, forma y manifestación esenciales humanas de la imposibilidad de alcanzar un conocimiento absoluto y, a la par, de la necesidad de alcanzarlo. Este ensayo, en su intención más originaria, otra tentativa imposible de la humanidad ad divinitas. En su propósito explícito, una historia de la concepciones filosóficas de la verdad en las épocas moderna y contemporánea: historia de la filosofía y filosofía de la historia que culmina en la posición metafísica de una nueva concepción de la verdad.

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El problema de la verdad analizado desde la relación entre el sujeto y el objeto de conocimiento

Publicada el 18 de julio de 202418 de julio de 2024 por Ignacio

     1. Por “verdad” se entiende comúnmente la “conformidad de las cosas con el concepto que de ellas se forma la mente”, o bien la “conformidad de lo que se dice con lo que se siente o se piensa”.[1] La primera de estas dos acepciones del término viene a ser su definición epistemológica, mientras que la segunda constituye su definición moral. Este último significado de la verdad alude a la veracidad o sinceridad de quien conforma sus palabras a su sentimiento o a su pensamiento. Es esta alusión implícita al sujeto que la dice lo que la define como verdad “moral”. A la verdad moral se contrapone la mentira, no tanto en cuanto “falsedad”, como en cuanto “engaño”: pues el moralista no hace hincapié en la disconformidad de lo dicho con lo sentido, pensado o sabido en que incurre la mentira, sino en su carácter intencional. La intencionalidad, así de la verdad como de la mentira morales, las señala a ambas como el resultado de actos conscientes y voluntarios del sujeto que en cada caso las dice (quien ha de poseer potencialmente la facultad de la veracidad, y al par la de la mendacidad –las cuales, en realidad, están coimplicadas entre sí: o se poseen las dos, o ninguna–, para constituirse, en el terreno de las declaraciones verbales, sujeto moral –pues no aparece la moralidad donde no haya una cierta libertad de elección y acción–). Al ser el producto de acciones humanas deliberadas, ambas –la verdad y la mentira en sentido moral– quedan sometidas a enjuiciamiento ético.

     Existe, sin embargo, un modo de conformidad de lo dicho con lo sentido o pensado completamente amoral. Tal es el caso propio de la conformidad que guardan con su referente interno subjetivo los testimonios de quien acierta a expresar adecuadamente sus ideas o afecciones. Verdad, entonces, como efecto de la perfección expresiva –“perfec-ción”, ya sea en el sentido de “exactitud” (vgr., el empleo del lenguaje matemático en la expresión de teorías físicas), ya en el sentido artístico (vgr., la excelencia del poeta en la evocación de sentimientos).

      2. La primera de las definiciones de la verdad arriba citada es, según ya dijimos, su definición epistemológica, puesto que se refiere a la verdad de nuestras ideas o conceptos sobre las cosas, o sea, de aquello que entendemos que las cosas son; esto es, se refiere a la verdad del conocimiento. En realidad, no es otra cosa que una formulación del concepto tradicional de verdad: la verdad como conformidad, correspondencia o concordancia entre la cosa y su conocimiento. De modo que, frente a la verdad moral, consistente en la conformidad entre lo dicho y lo pensado, la verdad epistemológica radica en la conformidad de lo pensado con la cosa en la que se piensa. Ambos tipos de verdad son estructuralmente idénticos, y son también adyacentes. Estructuralmente idénticos, pues uno y otro se muestran como una conformidad entre dos términos. Adyacentes, porque comparten un término común: el pensamiento; ahora bien, mientras que éste ocupa la posición “absoluta”, por así decirlo, en la verdad moral –pues es el otro término (o sea, lo dicho) el que debe esforzarse en concordar con él–, en la epistemológica se ve desplazado a la posición “relativa” –ahora es él quien precisa a-similar-se a su correspondiente (o sea, la cosa)–. La diferente naturaleza de ambos tipos de verdad queda también señalada en el hecho de que a la verdad epistemológica no cabe, en principio (desde un punto de vista ingenuo), oponerle la falsedad de la mentira, sino la del error.

     3. La presente investigación acerca de las doctrinas de la verdad contenidas en los discursos de algunos destacados filósofos concierne exclusivamente a la verdad epistemológica, o verdad en sentido extramoral. A la cual, según ya se ha dicho, la define la tradición –la tradición filosófica occidental– como una conformidad entre dos términos, el término real (la res) y el mental o intelectual (la idea o inteligencia de esa res). Tomando como punto de partida esta definición, cabría figurarse la verdad como un puente tendido entre lo real y su conocimiento. Pero esta figura metafórica de la verdad es engañosa, en tanto que induce a considerarla como una especie de ente bípedo, el cual apoyaría un pie sobre el terreno real, y al par dejaría caer el otro en el entendimiento. Sin embargo, la verdad carece de “pies”: su aparente bifrontalidad proviene de la proyección, en ella, así del dominio real como del epistémico; pero la verdad no es, en rigor, más que una suerte de relación entre ambos: una relación de conformidad. Desde un punto de vista ideal, podría representarse esta relación como una relación especular entre la realidad y su conocimiento. Resulta bastante correcto, de hecho, imaginar la verdad como un espejo: ese fidedigno espejo de superficie absolutamente lisa que revertiría al entendimiento la cosa real, al reflejar en aquél su imagen idéntica, la réplica mental exacta. Conviene insistir en la uniforme tersura del espejo: su mínima rugosidad o curvatura implicaría ya una verdad deforme.[2]

     4. El símil del espejo ilustra el hecho de que la verdad no habita en el entendimiento[3]: la verdad, idealmente concebida a la manera de un espejo, se situaría entre la cosa real puesta a su frente y su fiel “reflejo” intelectual; residiría, por lo tanto, no en el mismo entendimiento, sino entre éste y su objeto de reflexión. 

     Lo que induce a considerar, erróneamente, al entendimiento como sede o residencia de la verdad es el hecho de que ésta se predica del conocimiento, y no de las cosas mismas (las cuales, consideradas en sí mismas, ni son verdaderas ni falsas; simplemente existen). Ahora bien: precisamente este mismo hecho indica que, en tanto que la verdad es siempre verdad del conocimiento, no puede ser, a su vez, conocimiento mismo; puesto que no es conocimiento, supera los límites del entendimiento –comprendido éste, en sentido kantiano, como la facultad de conocer–: la verdad trasciende el conocimiento.

     5. Lo cual acarrea la siguiente consecuencia, a saber: la indemostrabilidad de la verdad del conocimiento. Verdad es verdad del conocimiento. Mas, por esto mismo, no es conocimiento propiamente dicho. En consecuencia, no puede conocerse. Tratar de conocer la verdad del conocimiento –de cualquier conocimiento– es empresa imposible, escalada del infinito. Pues semejante empeño, de satisfacerse, proporcionaría el conocimiento de la verdad del conocimiento. Pero este nuevo conocimiento requeriría, a su vez, ser verdadero: habría entonces que aventurarse en pos de la verdad del conocimiento de la verdad del conocimiento. Y el conocimiento de esta verdad demandaría una nueva verdad… Y así, ad infinitum.[4]

     En este juego de palabras no se ha hecho otra cosa que proceder lógicamente. Pero si la lógica, aplicada al problema de la verdad del conocimiento, nos conduce al infinito, ello sucede porque cabalgamos sobre la nada: pretendemos arrastrar el conocer más allá de los límites del propio conocimiento. La imposibilidad de certificar la verdad del conocimiento puede describirse imaginariamente recurriendo, de nuevo, al símil del espejo: para adquirir la certidumbre de que un conocimiento es verdadero, sería menester viajar a través del espejo y aterrizar con las entendederas en el otro lado –o sea, el lado real–, a fin de examinar ‘sobre el terreno’ la presencia real ‘desnuda’ –la realidad en sí– y comprobar que, en efecto, el ‘original’ se identifica con la ‘copia’ –con su imagen intelectual–. Ahora bien: resulta que el único medio de acceso a la realidad con el que contamos es, precisamente, el propio conocimiento.

     “Bueno, ¿y qué? –puede objetarse–: no veo ninguna complicación en mirar la realidad y compararla con el conocimiento”; objeción que revelaría una total incomprensión de lo que acaba de explicarse: pues eso es precisamente lo que no puede hacerse. Porque, cuando se “mira” la realidad, se está ya, velis nolis, conociéndola. Y lo que se compara, entonces, es tan sólo un conocimiento con otro conocimiento de la realidad: no poseemos realidad, tan sólo (supuesto) conocimiento suyo.


[1]     Definiciones de la RAE, ed. de 1970.

[2]    El símil adolece, no obstante, de un obvio error: un espejo físico siempre devuelve la imagen gemela de lo que ante él se coloca; esto es, una imagen, aunque igual, simétrica.

[3]  Hecho éste que resultaría superfluo mencionar de no ser porque tantos y tantos filósofos han afirmado justamente lo contrario.

[4]  Una explicación del problema del retroceso ad infinitum del conocimiento de la verdad del conocimiento se encuentra en La verdad y el tiempo, de García-Baró. Este filósofo arranca de una perspectiva Husserliana, y expone el mencionado problema desde la constitución del conocimiento en ‘juicios’, deduciendo lo que ocurre si, en la aprehensión de la verdad (o falsedad) del juicio, se concibe dicha aprehensión como un ‘acto de saber’ añadido a la aprehensión del juicio en cuanto tal: se emprendería entonces una remontada a lo infinito, que concluiría (o más bien, no concluiría nunca, propiamente hablando) en la tesis absurda de que, para comprender la verdad de un juicio, es precisa la realización simultánea de una serie infinita de actos de saber. Ahora bien: García-Baró decide, entonces, que la verdad no puede consistir en un ‘acto de saber’, sino en una “evidencia” revelada al conocedor por la “energeia” con que la cosa misma se le manifiesta, y ante la cual aquél no puede sino dar su asentimiento. (Cfr. Ob.cit., pp.33-34). Nosotros, por el contrario, sólo podemos decidir, en el estadio actual de la investigación, que la verdad es inconocible –o, si se prefiere, que la comprensión de la verdad de un conocimiento no constituye, en sí misma, conocimiento alguno.

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Retratos de juventud de Ignacio Iglesias

Cómo hay que hacer las cosas

Publicada el 18 de julio de 202418 de julio de 2024 por Ignacio

La única manera de hacer las cosas es haciéndolas.

Todo lo que sean preparativos para planear aquello que nos proponemos realizar–siempre y cuando no caigamos en el exceso de preparación, que suele encubrir miedo a la acción o la incapacidad de decidir–, bienvenido sea.

A fin de cuentas, lo que queda es que el movimiento se demuestra andando.

¿Cuándo está uno preparado para pasar a la acción?

No creo que haya reglas fijas al respecto; ni menos, universales.

Hay tipos que son auténticos maestros en el arte de la improvisación; esto es, que disponen de un talento natural para lanzarse a hacer cosas sin apenas previa preparación –y aún así las hacen bien.

Hay otros que son duchos en el arte de la aplicación, entendiendo por tal la correcta interpretación –paso anterior– y traslación –paso posterior– a la acción práctica de lo previamente aprendido.

Maestros, sin embargo, no abundan, –ni en este arte, ni en aquel… ni en arte alguno que merezca tal nombre.

Sólo hay que advertir que la preparación excesiva puede ser tan peligrosa para llevar alguna acción a buen puerto como la falta de preparación. Mientras que acometer una acción, o pretender hacer algo, sin la debida preparación es imprudencia o temeridad –especialmente si la citada acción entraña riesgo para seres humanos, ya sea el propio sujeto de la acción, ya sean otros–, no hacerlo cuando ya se está lo suficientemente preparado –y dado por supuesto, lógicamente, el propósito de hacerlo– es paralización y delata miedo; o falta de autocontrol, inseguridad, nerviosismo, etc. … Miedo a fin de cuentas.

Hay casos, sin embargo, en los que hacer algo sin preparación puede ser, no ya aconsejable, sino incluso un deber moral: se trata de casos de necesidad vital, en los que la supervivencia física –sea propia o ajena– está en juego… Por poner un par de ejemplos: tratar de detener el curso de la acción de un asesino sin ser un experto en artes marciales ni en el uso de armas, cuando no hay otra persona más cualificada que pueda hacerlo; o conducir un vehículo sin saber hacerlo, a falta de conductor, para trasladar a alguien que se está desangrando a un lugar donde puedan salvarlo.

Personalmente, un procedimiento que viene funcionándome bastante bien en los últimos tiempos, es el de fijar plazos de ejecución razonables para el cumplimiento de mis propósitos; a partir de este plazo, resulta relativamente sencillo trazar un plan de preparación adecuado para el propósito en cuestión.

Ahora bien: el plazo de ejecución –o fecha límite en que el propósito debe cumplirse– debe considerarse, por así decirlo, “sagrado” –salvo razones de fuerza mayor–. Lo que quiero decir con esto es que, llegado el plazo del cumplimiento, hay que abstraerse de si uno está o no lo suficientemente preparado para llevar a cabo su propósito y, simplemente, hacerlo.

Lo contrario –darles entrada a cábalas y dudas sobre si uno está o no lo suficientemente preparado, si puede o no hacerlo bien, etc.– no conduce más que a una ansiedad evitable, que a menudo desemboca en la parálisis del propósito –o, peor todavía, en una deficiente ejecución provocada por el exceso de nervios.

Cuando uno, ante un determinado propósito que se ha fijado a sí mismo, se falla en repetidas ocasiones, incumpliéndolo una y otra vez, debe revisar con lupa este propósito, así como las circunstancias, dificultades y motivaciones que implican su posible cumplimiento: porque quizá no sea un propósito adecuado, quizá no sea un propósito lo suficientemente deseado… o quizá sea, simplemente, un propósito de imposible cumplimiento. En tales casos, un examen atento de uno mismo y sus circunstancias, y la consecuente supresión en su vida de propósitos inadecuados, ahorra penalidades, frustraciones y desgastes innecesarios.

Retratos de juventud de Ignacio Iglesias

No soy un incomprendido

Publicada el 18 de julio de 202418 de julio de 2024 por Ignacio

No soy un incomprendido. Soy un incomprensible.

Tampoco puedo comprender a nadie.

No he perdido la brújula. Son los puntos cardinales los que se han desintegrado. Y yo con ellos.

Des-integrado, radicalmente.

El que tenga oído, escuche esta cadencia en su propia caoticidad. El que no, que se meta un dedo en el culo.

No es lo mismo oído que larga oreja.

No es lo mismo oído que destreza de compás.

No es lo mismo oído que dureza de ritmo.

El primero creerá que rebuzno: está oyendo el eco de su propia voz, que rebota en mis palabras.

El segundo sentenciará. “Te contradices”. No le cabe en su razón que el compás puede trazar círculos acirculares. Por eso me río en sus narices.

El tercero me mirará por encima del hombro. No te equivoques, tú: ¿Quién es el acojonado? ––Espectáculo hermoso verte nadar guardando la ropa (ropa de calidad, por supuesto). Al compañero orejilargo le parece admirable y terrorífico: se estremece de pies a cabeza con tu risa de pirata hollywoodiense. El compañero diestro lo encuentra divertido y abominable: Buena música para copas de lujo.

Pero yo…

Yo te escupo a la cara mi verdad, o sea, tu mentira: No soy yo El Cobarde.

Siempre, siempre estoy desnudo: así cuando nado como cuando, tiritando, me estremezco más allá de la orilla.

No tengo harapos con los que cubrir mi soledad. Ni mucho menos trapitos.

Soy El Solitario.

Siempre solo. Sin raíces. Sin estrellas. Sin amantes.

Siempre.

Solo.

Viento y oscuridad: única compañía.

Me chupo, chupo, chupo la sangre.

Me sorbo, sorbo, sorbo los sesos.

Me masturbo, turbo, turbo.

Sin piedad.

Estrello contra mi cabeza el ariete de la locura: espantosos, demoledores ataques de angustia.

Sigo adelante retrocediendo, sin tregua, sin pausa, sin freno.

Hundido en un valle desierto. Hundido en la cuenca del ojo de una luna negra.

Barro al que se le secó el agua.

Agua que flota sin cauces.

Perdido.

Sin direcciones.

Ni hombre, ni bestia, ni Dios.

Un interrogante en la sombra.

La encarnación del único Misterio, sólo si encarnado misterio.

¿Por qué, por qué, por qué?

¿Dónde, dónde, dónde?

¿Dónde estás, mi amante?

¿No hay tú? ¿No existes, alma mía? ¿No hay grieta en el sinsentido?

Con una cuchilla de afeitar me achiné los ojos, me rasgué el escroto, me afeité los pelos del pecho.

Con un puñal me atravesé el corazón.

¡Ven, vampiro, ven, ven a chuparme la sangre antes de que caiga la noche!

¡Ven, lejana, perdida estrella de mi alma, atrévete a acariciar a la pobre Bestia de la Noche!

Envuelve, vuelve, vuélveme en tu útero caliente. Riégame con tu sangre. Antes de que la presión de mis colmillos me rompa las sienes estrujadas.

Acércate, Luz. Reconoce a tu sombra viajera.

Quiero echarte el lazo y trepar hasta ti, para que me ciegues, pequeña estrella errante.

¡Abrázame, tú, sí: Tú!

Mi amada, las montañas, el pasto de los ciervos…

Ignacio Iglesias

Madrid, hacia finales de los 80

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